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"La Luz que hay dentro de las personas"
de: Banana Yoshimoto
Puesto que durante estos cinco años me he ganado la vida principalmente
escribiendo historias, siempre intento observar las cosas en profundidad, hasta
llegar a sus entrañas.
Observar las cosas en profundidad no tiene nada que ver con entregarse a
interpretaciones personales. Evidentemente, es imposible que no afloren
interpretaciones personales, aversiones, impresiones e ideas, pero trato de
contenerlas para poder profundizar.
Una vez conseguido, se llega a la perspectiva final. Aquella que no se puede
cambiar de ninguna manera.
Alcanzado ese punto, el aire se torna calmo, todo se vuelve transparente y me
invade cierta inquietud. Y, por asombroso que parezca, ninguna idea acude a mi
mente.
Solo siento que me encuentro terriblemente sola y, sin embargo, como sé que
alguien, en alguna parte, está experimentando lo mismo que yo, tengo la impresión
de no estar sola.
Soy incapaz de decir si eso es algo bueno o malo. Sólo observo. Sólo siento.
Nací en una ciudad con montañas y un gran río. No tengo hermanos, soy hija única.
Mi padre vendió la mitad de un terreno que había heredado de su padre y con el
dinero obtenido abrió en la ciudad una librería, en la que mi madre lo ayudaba. Mi
padre adoraba la lectura y sabía mucho de libros, y como la tienda contaba con un
peculiar catálogo de obras y mi padre trabajaba en cierto modo por placer, nunca
faltaban clientes.
Vivíamos en la primera planta, encima de la librería, por lo que viví toda mi
infancia rodeada por el olor de los libros. Ese olor seco, propio de los lugares en los
que se acumula mucho papel, con ese silencio que reina en los espacios donde todo
ruido se apaga.
Dado que tenía una salud delicada y no me divertía demasiado fuera con los demás
niños, pasé buena parte de mi niñez en mi habitación, mirando los libros que cogía a
escondidas de la librería.
Desde la ventana se veía el río.
Los ríos son algo enigmático y siempre esconden una espantosa amenaza. Aunque
cuando el cielo estaba despejado el agua fluía con un suave murmullo y el sol que