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A veces, en noches despejadas, cuando Venus brilla con nitidez en el cielo,
mientras contemplo las casas iluminadas, recuerdo las palabras de Makoto y me
echo a llorar.
<<Cuando se hace de noche y bajo las escaleras de tu casa para marcharme, en la
tienda, con su olor a libros, siempre están tu padre y unos cuantos clientes, todo
siempre igual, y la luz amarilla de una bombilla ilumina la ventana de la cocina,
donde se oye a tu madre preparar la cena. Me gusta tanto verlo cuando me voy...>>
La última noche, Makoto no quería marcharse a su casa.
Insistió tanto que mi madre llamó por teléfono a sus padres para preguntarles si esa
noche podía quedarse a dormir en nuestra casa. En Makoto, que siempre se iba sin
problemas cuando llegaba la hora, ése era un comportamiento insólito.
Como mi padre había publicado unos cuantos libros sobre escritos antiguos y, de
vez en cuando, daba clases en la universidad, la famila de Makoto siempre nos había
visto con buenos ojos, probablemente dejando de lado el <<código social>> que
regía en aquella casa.
Sin embargo, resultó que Makoto no podía quedarse; tenía que regresar a su casa y
acostarse pronto, pues a la mañana siguiente, temprano, la familia iba a recibir a
numerosos parientes llegados de diversos lugares. Al final, decidieron que enviarían
a la asistenta a buscar a Makoto.
No sé cómo describir la intensidad de los minutos que transcurrieron mientras
esperábamos a la asistenta.
Makoto enterró su cara entre mis brazos, Se quedó quieto, con el libro abierto
sobre las rodillas. No lloraba; simplemente estaba pegado a mií, como un cachorro.
Su aliento cálido humedecía mi blusa.
-No quiero irme. Tengo miedo -dijo.
Acaricié sus finos cabellos mientras le repetía que se tranquilizara, pero me di
cuenta de que la atmósfera se volvía cada vez más densa. Como si algo funesto
estuviera observándonos desde la ventana. Tuve la sensación de que, esa noche,
nunca amanecería, de que a Makoto y a mí nos privarían de la luz del mundo, de la
transparencia de las alas de las libélulas, de la belleza de las cuatro estaciones
representada en los dulces tradicionales japoneses, del rosa pálido de los cerezos
que bordeaban el río, de nuestro disfrute cuando comíamos cosas ricas, de la
emoción previa a un viaje...
-Si nos casamos, no tendrás que volver a marcharte.
En esos momentos pensaba que el matrimonio era algo definitivo: mis padres
seguían juntos, a pesar de sus roces por aquella época, y la familia de Makoto seguía