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Makoto era buena prueba de ello, pero la familia poseía tal fuerza que superaba y
asimilaba incluso eso. Estaban el abuelo y la abuela, el padre y la madre, y los hijos.
Todo seguiría funcionando eternamente en medio de aquella luz.
Esa impresión tenía yo.
Nosotros éramos sólo tres: mis padres y yo; además, como ellos dos procedían de
prefecturas distintas, no teníamos parientes en los alrededores. Por eso me parecía
tranquilizadora esa estructura familiar que, semejante a un organismo vivo, en
ciertas partes sobresalía y en otras se hundía.
Cuando, tras cerrar la librería, los tres nos sentábamos a la mesa a cenar, a veces
pensaba, consternada en lo pequeña que era nuestra familia. Y si papá tuviera un
cáncer? Y si mamá cayera enferma por exceso de trabajo? En ese caso, aquella
felicidad - el sonido de la televisión, el ruido de la vajilla, las conversaciones que se
alternaban con el silencio -desaparecería por completo. Me parecía tan fácil, tan
probable que ocurriera...
En la familia de Makoto, cuando el bisabuelo falleció todavía quedó una familia
numerosa; y aunque sus padres estuvieran ocupados y ausentes de casa, la asistenta
siempre encendía las luces y preparaba la comida.
Nosotros, en cambio, sólo éramos tres. Tan poca gente no daba para mucho. Así
pensaba yo.
Sin embargo, Makoto lo veía de otro modo.
Cada vez que me llamaba para decirme << Hoy voy a tu casa >>, yo replicaba:
<<Porqué? Si tu casa esta más grande y tenéis unos dulces deliciosos!>>
Entonces él respondía: << Es que en tu casa me siento más a gusto >>.
Yo, con mi mentalidad infantil, pensaba:<< Cómo se puede sentir más agusto
pasando la tarde en mi habitación, pequeña y sucia, leyendo libros y comiendo los
dulces duros y poco apetecibles que prepara mi madre ? >>.
No conocía mayores penalidades que las de la infancia, y no estaba preparada para
comprender cuán complicada era la situación en la casa de Makoto.
El tópico de que las personas ricas son indiferentes a todo y sólo les importa la
apariencia y el dinero no podía aplicarse a la familia de Makoto. Si hubiera sido así,
yo, intuitivamente, me habría dado cuenta. En su casa reinaba el cariño propio de
una gran familia.
Con todo, las dificultades del negocio debían de arrojar sin duda cierta sombras.
Mi familia, de estructura simple, llevaba una vida simple. Cada vez que pienso que
ése era el lado bueno que Makoto le veía, me vienen las lágrimas a los ojos.
