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Incluso cuando ayudaba a arrancar malas hierbas del jardín, siempre lo hacía con
sumo cuidado, extrayéndolas de raíz. Y únicamente de la zona en la que había
trabajado él manaba un aire de una pureza divina y reconfortante. desprovista de
tensiones, y por allí el viento corría libremente. Sólo esa zona, fruto de la
combinación de la naturaleza y la mano del hombre, se tornaba bella.
Nuestro mayor pasatiempo y nuestra amistad consistían en estar en casa de
Makoto, a donde iba cargada con los libros y tebeos de nuestra librería.
También, de vez en cuando, tomados de la mano, paseábamos por la orilla del río.
No discutíamos ni nos pelábamos; tampoco cantábamos. Tan sólo dábamos un paseo.
La mano sudada de Makoto, pequeña y blanda, y poco a poco, estrechada por la
mía, se iba secando. En esos momentos, instintivamente yo siempre pensaba: <<
Tengo que protegerlo>>.
-Dentro de tí, Mitsuyo, veo algo redondo, bello y al mismo tiempo triste. Como una
luciérnaga- me dijo en una ocasión Makoto.
- Y siempre está ahí?- pregunté yo.
- No, sólo cuando estamos callados. Me gusta mirarlo.
Me decepcionó un poco que no se refiriera a lo guapa que era, pero esas palabras
me hicieron tan feliz como si fuera una declaración de amor.
Porque cuando Makoto me miraba embobado, con sus diáfanos ojos abiertos de
par en par y las espesas cejas formando una bella línea recta, estaba observando esa
especie de luz que emitía mi alma.
Y entonces tenía la sensación de que desaparecían mis preocupaciones y temores a que me raptaran, a no haber hecho los deberes, a lo que ocurriría si mis padres,
que entonces pasaban por un mal momento, se divorciaran- y me sentía protegida.
Protegida por esa luz intensa y de color rosado.
Solo mucho más tarde comprendí que, en realidad, era mi propia luz, y que a
Makoto le gustaba esa luz y me protegía porque la amaba.
Cada vez que pasaba por delante de la casa de Makoto y veía todas las ventanas de
aquella espléndida mansión iluminadas, me sentía aliviada.
Allí residía una familia que perduraba desde tiempos inmemoriales. Sus miembros
podían cambiar, pero algo inmutable permanecía.
Empleaban a muchos pasteleros artesanos , siempre atareados, y mientras hubiera
ceremonias del té y festividades nacionales, no podrían escapar a aque frenético
ritmo de trabajo. En ocasiones el padre le era infiel a la madre, y el nacimiento de
