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iluminaba la orilla realzaba el verde de la vegetación que allí crecía, por alguna
razón siempre lo asociaba a algo oscuro, profundo y amedrentador.
Sin embargo, cuando me iba de viaje y visitaba otras ciudades, si no tenían río me
parecían tremendamente insulsas.
Quizás, a causa de mi carácter sereno, necesitaba ver algo en movimiento.
Ya adulta, pasé algunos años en París estudiando francés. Por aquel entonces me
había aficionado a la literatura francesa y me entraron ganas de leer las obras en su
idioma original; me gustaba tanto esa literatura que me parecía vergonzoso no haber
estado nunca en París, como esas personas que, sin haber ido nunca a Italia,
regentan un restaurante italiano (aunque esto ocurre a menudo).
Allí fue donde me di cuenta de lo fácil que me resultaba adaptarme a las ciudades
que tienen un río.
También comprendí que sentarse en un café y observar a los transeúntes era
exactamente igual que observar el fluir de un río.
Esto solo ocurre en ciudades que tienen una larga historia.
Ver pasar a las personas ante esos edificios de formas y colores antiguos, tan
imponentes que inspiran miedo, es como ver fluir un río.
Fue así como lo supe.
El pavor que infunde ver el río es el pavor y la inmensidad inescrutable que suscita
el fluir del tiempo.
Del mismo modo, me dediqué a reflexionar sobre la luz.
Como estaba ociosa, le daba vueltas a un mismo tema y me planteaba diversas
preguntas. En Japón no abundan las personas como yo, y me costaba encontrar mi
lugar;sin embargo, cuando me marché a estudiar a París, supe que allí éramos
numerosos. Comprendí que si uno profundizaba en esos gustos y obsesiones, sin
considerarlos algo enfermizo, se sentía cada vez mejor, y en adelante dejé de
avergonzarme por pasar el tiempo meditando.
Y de repente la vida se volvió de color de rosa; se había transformado en un
espacio ancho y profundo en el podía respirar todo el aire que quisiera y donde las
cosas se expandían y se contraían con una energía vertiginosa.
Cuando me relacionaba con los demás, ese espacio se tornaba angosto, pero como
sabía que enseguida podía regresar a mi propio mundo, no me resultaba agobiante.
Así fue como me hice escritora y por fin encontré mi lugar.