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unida porque su madre no se había divorciado pese a las infidelidades del padre; y
también quería que esas palabras fueran como un peso que ligase a Makoto con
todas las cosas las cosas bellas que hay en el mundo.
Makoto se rió y, azorado, dijo:
-Sería genial! Podríamos estar siempre juntos, leer libros, merendar.... Como
Doraemon y Nobita.
-Pero Doraemon y Nobita son dos chicos! -repliqué.
Me arrepentí de haber estropeado el ambiente en cierto modo romántico que se
había creado. Pero Makoto, entusiamado, siguió hablando:
-Sería como en un sueño! Los dos tirados en el suelo, sobre cojines, todo el día
comiendo dorayaki y leyendo manga...
-Te vale cualquier dorayaki, Makoto?
-Sí, cualquier dorayaki corriente, con una masa normal y sin castañas de Tanba.
Sólo en ese instante su rostro se iluminó con una pizca de alegría.
Dulcemente, con suavidad, como los capullos de los cerezos al abrirse.

Pero al cabo de un rato llegó la asistenta, y Makoto, desilusionado y con cara
llorosa, emprendió el oscuro camino de regreso a casa sin darse la vuelta ni una sola
vez.
Contemplé su triste figura de espaldas, avanzando lentamente como si hubiera
perdido toda la energía.
Y esá fue la ultima vez que lo vi.

De noche, desde la ventana del primer piso de nuestra casa, se entreveía la
mansión donde vivía Makoto, un poco más allá de los árboles que crecían en su vasto
jardín.
Viendo luces encendidas, dormía tranquila, Allí estaban todas esas personas que
llevaban una vida estable, comían juntas, dormían en sus futones. Incluso yo me
sentía protegida por aquella visión.
Pero aquella noche, pese a que las luces estaban encendidas como de costumbre,
me sentí intranquila. Aquellas luces proyectaban en la arboleda del jardín una
claridad triste, vacía y sombría, igualq ue Makoto al marcharse.