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Yo quería saber qué era la romanesca, más que nada porque su forma me
llamó la atención. Nunca había visto algo así, salvo en películas o videos de
youtube. Así que hablamos, pero solo un poco. Luego algo más. Con el
tiempo, mucho más. Teníamos ciertos intereses en común. Nos gustaba
música similar, por ejemplo. Aunque a Char le gusta Slint y yo cuando los
escucho siento puras ganas de tirarme del quinto piso, ojalá con una bolsa
de plástico en la cabeza. Nos gustaban, eso sí, las mismas películas. Y
habíamos votado igual en las últimas elecciones: una línea blanca sobre el
nombre que nunca existió. El resto de similitudes son un poco difíciles de
definir, tienen que ver, por ejemplo, con el tiempo que nos toma recorrer
una plaza o con las formas que vemos en las nubes grises que escupen las
chimeneas. Incluso con el modo en que le echamos mantequilla al pan.
Difícil de explicar, pero supongo que se entiende, pues todos encuentran
conexiones de ese tipo en al menos un par de personas.
En un momento nos dimos cuenta que nos entendíamos y que podíamos
ser completamente transparentes. Y puta que vale harto eso.
Entonces, volvamos a conversar, le propuse, pero busquemos otro
sistema, por lo menos hasta que se acabe el encierro, que no creo que se
extienda más allá de un par de semanas más. Esto lo creía, iluso,
guiándome por algunas noticias y por las mentiras que me contaban los
trabajadores de Char durante esas semanas oscuras en que se inventaban
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