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estrellas trazadas en un piso de madera roñosa. Y no es que vayamos a ir
por ese camino, pero el espíritu de la actividad será similar.
Poco más que esto bastó para convencernos, y a los días ya estábamos
sumergidos en estos primeros experimentos de hechicería casera, que
tardaron un poco en tener efecto, pero cuyos resultados podrían
sorprender a cualquiera que no estuviera iniciado. Porque los primeros
días las palabras se movían tan lento que no alcanzaban a moverse cien
metros antes de perderse en la espesura de la noche. Veíamos un hilo
grueso y antiguo que salía de nuestras ventanas y que solo se alcanzaba a
estirar la distancia que mide una cuadra, por ejemplo, y llegado a ese
punto límite empezaba a cortarse, y cada pequeño tramo caía o se volvía
transparente. Entonces hasta se podían ver las palabras cayendo, una por
una, en los techos de las casas vecinas. Era un poco frustrante, pero el
espectáculo, bien profundamente, nos conmovía. Y nos llevaba a entender
que era cosa de tiempo y ejercicio. Sin el esfuerzo necesario hasta la tarea
más simple se puede volver una pesadilla.
Puede que hayan pasado unos seis días para que el método diera sus
primeros frutos. Recuerdo esa noche. Una hilera de palabras escapaba a
una velocidad inhumana desde mi ventana y partía el cielo en dos. Desde
cualquier punto de la ciudad se podía ver este delgado trazo que unía la
superficie de la tierra con la luna, que rebotaba en algún cráter y se
proyectaba hacia el sur, perdiéndose en lo que parecía un horizonte

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