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hablaba por largo rato. Conversábamos de las noticias que habíamos visto,
que no eran tantas, de las tallas que había en la internet o las películas que
pasaban en el cable. Como si nada estuviera pasando. Me contaba sus
dramas amorosos y yo matizaba sus historias llenas de épica con mis
anodinos relatos, que parecían tomados de un volumen que antes de ser
publicado pasó por las manos de una docena de los censores más
conservadores que se podía encontrar. Igual nos reíamos, en todo caso.
Porque es gracioso, ahora que lo pienso.
Despierto todos los días con dolor de cabeza, me escribió una vez. Y puede
que ese haya sido el momento en que nos decidimos a competir.
Durante la época clásica tuvimos una competencia implacable, con reglas
que cada vez eran más complejas y llevaban a desafíos que se veían
ridículos, pero que ahora me parecen tan sensatos. Al principio le
otorgamos distintos valores al tiempo según cómo fuera utilizado: un
segundo utilizado en llamada valía un segundo, pero el mismo segundo
utilizado en mensajería valía dos, en navegación, tres, y en redes sociales,
cuatro. Cada desbloqueo de pantalla añadía un segundo extra al conteo
final. Y un segundo, al final del día, era un punto. El objetivo, por
supuesto, era sumar la menor cantidad de puntos. Y así nos íbamos,
sacando estadísticas, buscando estrategias para reducir el uso e
intercambiándonos el primer lugar cada dos o tres días. Sacábamos la
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