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por algún conocido y diciéndole que había cambiado el número y que lo
iba a llamar prontamente. Cada desbloqueo, cada segundo leyendo un
texto o llamada respondida, era un pequeño triunfo. Y en eso nos fuimos,
hasta agotarnos y, sin trucos de por medio, terminamos asumiendo que el
asunto se estaba poniendo muy denso y poco a poco perdía su brillo.
Entonces, tras una sentida reflexión, Char se lamentó de haber roto el
código de honor. Si no hubiéramos estado tan lejos, el abrazo habría sido
apretado y emotivo.
Pero estábamos relejos. Pasaron semanas que se volvieron meses y que
transformaron la competencia, la que, más allá de las formas que adoptó,
funcionó como esperábamos que lo hiciera. Si el final de la época oscura
estuvo marcado por ese abrazo que nunca se concretó, el inicio de la época
mística se puede situar justo en el momento en que termina este enlace
ficticio, esta forma de afecto imaginaria, es decir, cuando nos
desenlazamos y, tras agachar un momento la cabeza, volvemos la vista al
frente y nos damos cuenta que hay algo que ha cambiado. Dejamos de
usar el teléfono, nos dijimos. Y, por ahí, dejamos de hablar.
Las primeras dos semanas de esta época mística tuvieron un matiz similar
al de la clásica, pero luego adquirieron la forma que tienen hasta el día de
hoy.
Cuando nos encontramos en la feria, esa primera vez, poco conversamos.
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