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sana -la época clásica-; a la segunda parte: las semanitas de trampas y
traiciones -la época oscura- y a la tercera, la que vivimos estos mismos
días -el renacimiento, según Char, la época mística, según yo-.
Char es buena persona. Nos conocimos en la feria, varios años atrás. Me
acuerdo que estaba en el puesto de su papá y yo le pregunté qué era esa
verdura, porque nunca había visto una romanesca. Y ahí me contó que era
como la coliflor. Le compré una y a la semana siguiente, otra. Echamos la
talla un par de veces y después, cosas del azar, nos volvimos a topar en
otros lados. Más vueltas no se le puede dar a esa parte de la historia. La
gente conversa, encuentra ideas que se pueden compartir con gusto y
descubre, si se da la posibilidad, que hay materiales en su espíritu que
parecen similares. Con un poco de suerte se miran a los ojos un buen rato
y si lo que se encuentra más allá de los colores profundos del iris
reconforta, no hay mucho más que pensar. Para qué complicarse tanto la
vida, digo yo.
Los mensajes que mandaba, cuando recién empezó el encierro, eran
brutales. O diminutos o extensísimos. Con pausas de horas en medio o sin
frenos, reflejo de una escritura frenética. Estaba fuera de control. Y yo
también, para qué mentir. Pero trataba de mostrarme más calmado, y tras
horas de tomar mate y jugar sudokus marcaba su número de teléfono y le
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