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Satélite
Matías Castro
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Antes de hacernos amigos estuve enamorado hasta la tusa de Maira.
Cuando supe que todas o una abrumadora mayoría de las películas
que me había pasado con ella se quedarían en los vastos dominios de
la ficción, casi me muero, pero llevé la procesión por dentro y solo le
dije que a mí tampoco me gustaban los hombres. Después de la talla,
claro, vino la sinceridad más dura, esa que te puede desarmar o
termina al fin encajando las partes que parecen inestables cuando
nos llenamos de palabras que evitan nombrar la realidad tal como es.
Y de ahí unos silencios pesados. Disculpas mutuas y la
incertidumbre, el deseo de que ciertos eventos nunca hubieran
ocurrido y que la vida volviera a un punto del pasado en que todo
parecía más simple y placentero.
Pasaron varias semanas hasta que volvimos a hablar. No fue un
regreso natural ni amistoso, tan solo pasó que no aguantamos seguir
compartiendo tantos espacios en silencio. Al principio fue algo
agresivo, pero conforme avanzó el tiempo pudimos retomar algunos
temas que siempre ocuparon nuestras antiguas conversaciones,
fingiendo que teníamos la misma confianza que antes. Fue difícil,
pero ambos siempre admiramos cómo el mismo tiempo horadaba
hasta las uniones mejor soldadas y juntaba aquellos elementos que
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