Satélite.pdf

Vista previa de texto
hacía tanto y a veces soltaba en un lamento que me revelaba
famélico.
Debería haber escuchado mejor y quizás las cosas serían distintas, o
al menos habría retenido algo más, no solo esos momentos que se
exhiben como en un álbum fotográfico que pasando las páginas se va
deteriorando, hasta terminar en la postal que muestra el quiebre
definitivo con Maira, quien necesita olvidar al menos una parte de
esto que la atormenta. Oía los rezos nocturnos que se multiplicaban
en la ciudad y entraban por la ventana del hotel. Y otras noches, en
que estaba más apabullado, creía oir la voz de Lou, las voces de ellas,
y parecían lejanas, pasadas por veinte filtros, pero siempre
expresaban lo mismo. Maira: determinación. Flor: pena. Lou:
desesperación. Y se repetían en los días posteriores, mezclándose
con frases y oraciones que sí habían sido dichas.
Las empinadas calles de Tánger cada tanto ofrecían esquinas llenas
de colores, pero en general me parecían tristes y no podía sentir la
compañía de esos comerciantes o turistas con los que uno
inevitablemente chocaba cada tres pasos en aquellos estrechos
pasajes oscuros donde era fácil perderse o ser perdido, pensaba yo,
alejándome de las ilusiones cándidas -encontrar en una esquina a
Lou, tomar su mano, viajar hasta Perú, Bolivia, Ecuador, donde fuera
que estuviera Maira, y escucharla otra vez, verla, apreciar cómo la
vejez ha aumentado su belleza- que me habían llevado tan lejos.
Mañana voy a tal parte, le decía a Susana. Cuídate, me decía y nada
8
