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cumpleaños número treinta. Entonces la presentó como su novia y
noté varias veces que la miraba de una forma distinta, decidida. Y
usted mijito, preguntó una tía, tan encachao y soltero, no me diga
que juega para el otro equipo. Cuál equipo, tía, le dije y caminé hacia
el patio, sosteniendo apenas un vaso de vidrio a medio vaciar.
Al tiempo, por supuesto, se fueron a vivir juntas, venciendo el temor
a lo desconocido y armando una casa de lo más acogedora. En cada
visita me parecía estar más completa y se me hacían menos
evidentes los espacios perdidos. Era muy difícil distinguir cuáles eran
los muebles de Maira y cuáles los de Flor, así como imaginar qué
espacio ocupaba cada una cuando buscaban escapar del ruido. Qué
lugar del sillón ocupaba cada una cuando discutían o trataban de
ponerse de acuerdo respecto a cómo abordar el futuro, si Flor, que
estaba convencida de que yo era el indicado, se ubicaba a la derecha
o Maira ocultaba sus dudas en ensoñaciones que las alejaban del
punto en cuestión apoyando su espalda en el brazo izquierdo del
sillón. Era, insisto, casi imposible adivinarlo, y quería hacerlo,
anhelaba ser parte como en otro momento lo fui, entonces no es
difícil entender por qué les dije que sí.
Preparamos el terreno durante poco más de cuatro meses. Nos
juntábamos cada tres días y hablábamos del asunto, establecíamos
acuerdos y nos preguntábamos si queríamos seguir adelante.
Evaluábamos los posibles escenarios y cómo los enfrentaríamos. Por
lo general las conversaciones se desviaban hacia otros caminos, pero
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