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yo la trataba de pergenia, pero ella no tenía idea qué quería decir y se
mataba de la risa. Íbamos a fiestas y cuando se nos hacía más tarde
dormíamos juntos, hombro con hombro, en algún paradero, con la
borrachera viva y esperando que avanzara el reloj y con las últimas
sombras de la noche arrancando empezaran a pasar micros.
Incluímos en estas dinámicas, siempre que se pudo, a nuestras
parejas, que algunas veces miraron feo tanta confianza y terminaron
convirtiéndose en fugaces aventuras que luego derivaron en
recuerdos difusos y hasta chistosos. Irene, Marta -un nombre
demasiado parecido como para que llegara a funcionar-, Paula -que
me coqueteaba cuando Maira le soltaba la mano- y así, una que otra
más, hasta que llegamos a Flor.
Yo estuve un tiempo con Pía y Maira empezó a salir con Flor.
Tímidamente, al principio, pues Maira todavía guardaba para sí la
mayor parte de su vida privada -al contrario de Flor, que era abierta,
y puede que en eso radicara su simpatía- y jugaba al misterio con
quienes le coqueteaban o la invitaban a salir. Otros, los más
paranoicos, seguían creyendo que éramos novios o, cuando
resultaba que yo era el emparejado, amantes que aprovechaban las
esquinas sin cámaras para pegarnos un revolcón en hora de trabajo.
No, flaco, yo estoy con la Pía, les respondía cuando estaba con Pía,
pero luego terminamos y pasé un tiempo soltero. Durante esos
meses Maira seguía con Flor, así como cuando conocí a Bárbara,
como cuando pasé un semestre en México o cuando celebramos mi

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