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sino por todas las imágenes que asocié. En lugar del rostro
carreteado y malas pulgas que me vino a la cabeza las primeras veces
que entró en discusión el tema ubiqué uno amable, brillante en su
sinceridad infantil. Al decir o escuchar Lou pensaba en las piernas
diminutas que tomaban fuerza y sostenían una cómica estructura
que en cada tambaleo me ayudaba a entender un poco más quien
era yo, pensaba también en las fotos de su primer día de clases que
me envió Flor y que me obligaron a detener lo que estaba haciendo,
para observar con detenimiento la corbata arreglada, la sonrisa
nerviosa y el abrazo de sus madres que no podían más de dicha.
Lou y la vez que se cayó del triciclo y no se quiso parar porque desde
esa parte del mundo el pasto se veía más lindo, Lou olvidándose la
letra y sudando de nervios porque el coro seguía cantando y se venía
la parte en que solo las voces de los hombres se escucharían, Lou y el
fin de semana en que dio su aprobación para casarme con Susana
porque, según sus propias palabras, olía rico. Él y las imágenes que lo
acompañan y que ahora son parte de mis recuerdos, lo único que
resta de esa época. El bálsamo a todas esas tardes en que la vida se
detiene y vuelve la vista al pasado para juzgar qué tan eficiente he
sido con los materiales que se me han ofrecido.
A la sombra de un árbol gigante y con el desierto a la vuelta de la
esquina, por ejemplo, es imposible no recordar la vez que Maira
llamó muy tarde y entre palabras aceleradas y llantos que las
entrecortaban, sollozos conmovedores, me preguntó si él estaba

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