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conmigo, porque hacía horas se largó de la casa súper enojado, dijo,
y no tenemos idea de dónde se fue. Ya me había pedido que le
comprara un teléfono, por lo que sabía de su rebeldía ante estas
normas que le establecían Flor y Maira, rebeldía que detonaba con
ímpetu volcánico cuando eran reforzadas con la negativa a sus
intentos de romperlas. No se medía y fácilmente uno terminaba
cargando con el peso de sus recriminaciones por varios días. Y como
costaba un montón entender el valor de esas experiencias no fuimos
lo suficientemente prudentes o perceptivos o inteligentes o
cualquiera sea el adjetivo adecuado, cualquiera sea, no lo fuimos y
pasamos por alto un montón de señales: el escape de ese día, el que
vino dos meses después o cualquiera de los sucesivos, el pololeo con
esta mujer mayor o repetir tercero medio por inasistencia. Era muy
difícil anticipar un juicio certero en ese entonces, pues estos eventos,
bien aislados en el tiempo, eran matizados con los innumerables te
quiero y las tardes que disfrazadas en conversaciones anodinas eran
pródigas en sentido.
O no acordarse que tras decidirme a venir por cuarta vez a
Marruecos, Susana me exigió aceptar la realidad y dejarme de
cuentos. Han pasado muchos años y ya ni siquiera sus madres van,
dijo, suplicante, incapaz de ocultar cuánta lástima sentía al verme
moviendo el ratón y aceptando los términos y condiciones, buscando
la tarjeta de coordenadas y evitando deliberadamente su mirada,
agachando la cabeza y masticando la rabia que me acompañaba

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