Satélite.pdf


Vista previa del archivo PDF satelite.pdf


Página 1 2 3 4 5 6 7 8 9

Vista previa de texto


en su individualidad parecían distantes e incompatibles. Veíamos
esas jugarretas como niños, impresionados de esto que pasaba
frente a todos y tan pocos notaban, pues parecía tan obvio que no
valía la pena pensar en ello. El mismo tiempo dirá qué pase con
nosotros, le dije mientras nos alejábamos de la pega. ¿Ya no somos
amigos?, me preguntó. Bueno, nunca hemos sido amigos, pero
siempre podemos empezar a serlo, le respondí, arrepintiéndome al
par de cuadras de cada una de esas palabras, pero sintiéndome
incapaz de rectificarlas por el miedo a perder todo contacto con ella.
Los motivos de su rechazo deberían haber sido suficiente evidencia
para parar un momento y a otra cosa mariposa, pero por alguna
razón que entonces me era desconocida o solo intuía -y no tenía la
fuerza ni disposición para llegar al fondo del asunto- seguí cerca de
ella. Y a pesar de que esperaba que en algún punto este impulso
romántico fuera desapareciendo o encontrara otra figura a la que
dedicar tanta energía, no pasaba, al contrario, adquiría distintas
formas que interpretaba equivocadamente como una señal de
madurez. ¡Qué época!, pienso ahora, de viejo, pero para eso se es
joven, para inventarse historias y vivirlas, ojalá historias disparatadas
y peligrosas que le den un sabor adicional a la vida, que muchas
veces empieza a perder su sabor al añejarse.
Hablábamos todos los días. Salíamos a comer. Conocíamos a las
personas que nos rodeaban. Me llevaba bien con sus padres y ella
con mi mamá. Su hermana me tenía un apodo que no me gustaba y

2