Huida de las cerdas.pdf


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partido de risa. Ese cuerpo dirigió sus ojos como platos a un cartón de vino D.
Vinegrón, situado en lo que podría haber sido la mesilla de su cama, pero como
tampoco había cama, el vino yacía, como el cuerpo, sobre unos cartones reciclados.
Volviéndolas a mirar, intentando limpiar los cristalinos con incrédulos guiños,
declaró:
-Si sois presencias óptimas, manifestadme vuestra buena voluntad mediante un
gruñido grave, que los sonidos agudos no los soporto. Si sois producto de mi
imaginación, igualmente bienvenidas, imágenes que me representáis el rostro de lo
inesperado.
Menos mal que la gaviota era amiga del vagabundo, un hombre que siempre estaba
cerca de la playa, y habían aprendido a comunicarse. Ella le contó, a grandes rasgos,
el objetivo de las cerdas. Quedó el hombre un momento pensando, con la mano
izquierda sobre la barbilla, escondida bajo una larga y rizada barba blanca, hasta
que dijo:
-Aquí no podéis quedaros ni un minuto más, es imprescindible acelerar este tiempo
que aún nos pertenece.
Malibú estaba extasiada, escuchando a esa buena persona que no sabía si le
recordaba más a Max Estrella o a Don Quijote de la Mancha.
Entre todos, y mediante las traducciones de la gaviota y de la instruida cerda,
decidieron que apenas una hora después sería un suicidio intentar llegar a la costa,
pues, al ser verano, con los primeros rayos del sol acudirían en masa los turistas
jubilados con la idea de clavar la sombrilla en primerísima linea de playa, para
cuando llegara la familia, cinco horas después, por lo menos.
El vagabundo tenia una roulotte, como llamaba a un carro de la compra tamaño XL,
porque lo consiguió en un macro, que le servía como baúl de todas sus pertenencias.
Se levantó con actitud de “no preocuparse”, comenzó a vaciar el carricoche y,
cuando lo hubo hecho, las miró: