Huida de las cerdas.pdf

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-Lo conseguiremos, Ranaguay -dijo Amber, con un deseo de intensidad hasta
entonces desconocida.
La nieta de Lee ya había hablado con las seis, todas estaban de acuerdo con el
nuevo y definitivo plan de evacuación. Al fin se iban a mover en terreno seguro
forever and ever, como decía Malibú, que sabía idiomas. De hecho, la habían
nombrado jefa de comunicaciones por unanimidad, ella sería la intérprete de las
aves que las iban a acompañar hasta la orilla, avisando de peligros, trampas o
cualquier otro problema que pudieran vislumbrar desde el cielo.
Cuando todo estaba preparado (Amber había cosido unos pequeños bolsitos que les
ató al cuello, cada una llevaría su elixir de transmutación dentro de una cápsula de
azúcar que sólo deberían disolver en la boca), se dijeron adiós.
La humana había supuesto que le costaría mucho no volver a verlas, pero en ese
momento descubría que era más duro de lo que pensó. Lloró y lloró, haciendo llorar
a las cerdas, todas lloraron por la maldición que no las dejaba vivir tranquilas.
-¡Recordad, el viaje lo tenéis que hacer sólo de noche, de día os escondéis!
-Amber, ya lo sabes, pero te vuelvo a decir que nunca te olvidaremos.
-Calla, Lylith, que lloro otra vez...
Formaron piña, un saludo que Amber aprendió de las cerdas; se trataba de frotarse
las cabezas unas a otras en una especie de juego de transmisión de sentimientos.
Alondras, ánades, palomas, lavanderas, ruiseñores, búhos, lechuzas, autillos, azores,
gorriones callejeros... ya estaban dispuestos para ayudar a Xisca, Mami, Malibú,
Susi, Lilith y Eva. El viaje no sería largo, no se encontraban lejos de la costa. Pero
sí peligroso, tendrían que cruzar bosques de tendido eléctrico, autopistas, ciudades y
pueblos grandes, y era imprescindible que nadie las viera. Amber sabía que eran
muy inteligentes y responsables, pero... ¡qué ganas tenía de recibir la noticia de su
llegada al mar...!
