Huida de las cerdas.pdf


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-¿Quién es la primera? Os llevaré ahora mismo, de una en una y tapadas con mis
mantas. Imposible que os vean los que riegan el paseo marítimo, nínfulas
afortunadas por el encuentro con mi persona...
Mami precedió a las demás, luego Xisca, Malibú, Susi, Eva y, por último, Lilith.
Todas ellas fueron conducidas por el vagabundo, que las dejó en una cueva formada
por farallones a los que besaban las olas, recuerdo lejano de un algún acantilado
extinguido.
Apenas eran las cinco de la mañana, pero no podían perder tiempo. Una vez en la
gruta, las cerdas desataron, las unas a las otras, con el morrete, los bolsitos
anudados a los cuellos, y sacaron las cápsulas de azúcar color de algas eléctricas,
absorbiendo su contenido. Dijo Mami, por medio de la gaviota y de Malibú, a la
última persona que verían:
-Por humanos hemos padecido, por humanos nos salvamos. Mira bien, viajero de
las calles, pero nunca hables de lo que verás ahora o te llamarán loco, borracho,
bobo o mentiroso. Y tú no eres nada de eso. Bueno, el vino sí que te gusta.
Las cerdas se acercaban a las olas, cada vez más húmedos los granos de arena que
pisaban, mirando la Estrella Polar sobre las aguas primitivas. Lo que pudo observar
el vagabundo no volvió a repetirlo más que para sí mismo.
Cuando las primeras espumas saladas mojaban las patas de las morenitas, les
salieron alas... no, eran aletas, su cuerpo se pareció de repente al de los delfines, y
desaparecieron en un horizonte por donde comenzaba a salir la cabeza de un sol
naranja. Cum lucem salute mutatio, como hubiera dicho Fulcanelli.
En aquél momento, una alondra pió en la ventana de Amber:
-Han llegado -dijo-, y ha sido más bonito de lo que habrías podido imaginar.
La hija de las ranas miró el cielo, de pronto cubierto de nubes perfectas: enormes,