Huida de las cerdas .pdf



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No podía decirse que fueran buenos tiempos para la lírica. En sólo unos meses,
el ambiente se había convertido en monstruosamente práctico, digamos. La Gran
Crisis Intermitente arrasaba con lo mejor de las personas, dejando en su lugar una
especie de desencanto activo que se traducía en odio. Un odio sociópata, un odio
teledirigido por poderosas presencias ausentes que observaban a la población desde
una pantalla multiplicada. El paraíso de Amber nunca había estado tan amenazado,
su destrucción era casi el principal objetivo de los autóctonos, que no estaban
dispuestos a dejar vivir a nadie, ni a ellos mismos, por esa falta de felicidad que les
caracterizaba. Saber que tan cerca de ellos había un ejemplo de que las normas son
convenciones que incumben únicamente a la conciencia individual, les atacaba una
neurona, la directamente conectada con los ojos que miraban la pantalla, que es una
neurona muy violenta contra lo que tuviera aroma de risas, y la casa de Amber olía a
carcajadas.
La alquimista se daba cuenta de que su comuna no podría resistir mucho tiempo
más. Los gatos no eran una preocupación, cabían todos en la mochila. Pero las
cerdas volvían a tener el futuro amenazado. Habían estado viviendo sin dinero
desde que "Se venden sueños" tuvo que cerrar por falta de pedidos; los hijos de las
ranas son siempre los primeros en notar los coletazos de las crisis sociales. Pero lo
más terrible era que la tierra había sido maldita por una sequía extraña, contundente,
testaruda, de cara cicatrizada, y la huerta ofrecía cada vez menos frutos.
Amber no dudaba en pedir ayuda cuando la necesitaba, y supo que tenía que ir a la
casa del árbol. Ranaguay la esperaba, un aguilucho le había puesto al corriente de lo
que ocurría. Sentados en la terraza, Amber miraba el horizonte y no era capaz de
adivinar una sola nube. El cloudbuster no podía funcionar, la energía orgónica
positiva del bosque había desaparecido misteriosamente.
-He estado pensando mucho para encontrar una solucion, Rana -le gustaba llamarle
así-, y creo que debemos acudir a la piedra filosofal.
-Tienes razón, el desequilibrio avanza y todo se cae a nuestro alrededor. He
terminado de resolver los misterios de Flamel, pongamos en marcha la fórmula de
la transmutación.

Ranaguay se refería al famoso grimorio de Flamel, el documento que muestra el
camino de la transformación y de la eternidad mediante símbolos complejos,
nombres extravagantes y recetas que no siempre son lo que parecen.
Nicolás Flamel, maestro de maestros, el alquimista que logró resolver los misterios
de la metamorfosis, vivía con su esposa Perenelle en los montes de León, donde
decidieron retirarse cuando se supo que la "muerte" de ambos había sido fingida.
Alguien abrió la tumba en la que supuestamente yacía el matrimonio, y únicamente
encontró vacío.
Nacieron en el siglo XIV, lo habían visto casi todo; ahora habitaban una enorme
cueva, invisible para no iniciados, transmitiendo sabidurías ancestrales a los hijos de
la lluvia de las ranas.
Nicolás, cuando vivía en París, allá por la Edad Media, tuvo un sueño que no podía
olvidar. No se le iban de la cabeza las palabras del ángel que, presentándose cuando
dormía, le dijo: "Mira bien el manuscrito, Nicolás. Al principio no se comprenderá
nada de lo dispuesto en él, ni tú ni nadie podrá, de momento, traducirlo. Pero algún
día llegarás a donde nadie más ha conseguido acercarse."
Al poco tiempo, entró en su librería -un local de compra-venta de libros que servía,
además, como lugar de encuentro para buscadores de verdades-, el mismo ángel del
sueño, esta vez sin rayos ni alas, parecía un muchacho normal, con un manuscrito
antiguo que pretendía poner en venta. El legajo era exactamente el visto en sueños,
lo adquirió y decidió comprenderlo, aunque le costara el resto de su vida. Dedicó a
su estudio más de 20 años, viajando por el mundo en busca de los alquimistas más
famosos de su tiempo, quería aprender todo de ellos para saber qué tenía que
mezclar exactamente cuando leía en el antiguo documento palabras tan enigmáticas
como "Acero mágico", "Imán", "Vulcano", "Dragón ígneo" o "Saturno mirándose
en el espejo de Marte".
Fue precisamente en León donde encontró al Maestro Canches, el sabio que le hizo
entender el simbolismo del grimorio. No era ninguna casualidad que hubiera vuelto

a aquella tierra misteriosa, tras haber vencido a la imposición de la muerte, sino por
agradecimiento a la diosa sabiduría.
Flamel sabía que una información semejante no serviría de nada sin haber
conseguido, en primer lugar, merecerla. Y después, amarla, para descifrar las claves
de sus símbolos. Cuando Ranaguay habló con el anciano alquimista en la cueva de
León, el maestro francés le indicó que el documento estaba escondido en el pico del
Urriellu, dentro de una urna de plata, enterrado en algún lugar de su cumbre.
Comenzó su iniciación ganando la confianza del manuscrito, fue en su busca y lo
consiguió: el libro se dejó ver. Sólo entonces Nicolás Flamel le desveló sus arcanas
enseñanzas.
Rana había sintetizado alkalhest, el disolvente universal paracelsiano que llevaría
las moléculas de las cerdas a su estado primigenio, a su materia original, el éter
celeste, obrando, a través de sus formas astrales, en la polaridad de sus partículas,
disolviéndolas antes de reorganizarlas en lo que se iban a convertir en el futuro.
-Tienen que hacer su viaje iniciático, Amber, y vivir en el fondo de los mares con
otras especies transmutadas antes, libres ahora, como lo serán nuestras amigas
cuando consigan ser anfibias.
Y comenzó a explicarle el plan que había trazado cuidadosamente: Amber
entregaría a cada una de las cerdas un pequeño frasco con el elixir de la
transmutación, que deberían guardar hasta llegar a la playa. No podrían tomarlo
antes, porque sólo se activa al pisar los granos de la fina arena mojada por el mar. El
alquimista se despidió de ella en estos términos:
-Resueltos a fenecer antes que morir sin remover el plasma en la cuarta estación de
la materia, los iones se cargarán por la propiedad fundamental de lo cuadrado en su
estado más abundante de agregación, positivo idéntico al electrón contrario. La
noche abrirá puertas a soles en alza que iluminarán ríos de plata azul inmortal. Una
nueva especie camina hacia el mar.

-Lo conseguiremos, Ranaguay -dijo Amber, con un deseo de intensidad hasta
entonces desconocida.
La nieta de Lee ya había hablado con las seis, todas estaban de acuerdo con el
nuevo y definitivo plan de evacuación. Al fin se iban a mover en terreno seguro
forever and ever, como decía Malibú, que sabía idiomas. De hecho, la habían
nombrado jefa de comunicaciones por unanimidad, ella sería la intérprete de las
aves que las iban a acompañar hasta la orilla, avisando de peligros, trampas o
cualquier otro problema que pudieran vislumbrar desde el cielo.
Cuando todo estaba preparado (Amber había cosido unos pequeños bolsitos que les
ató al cuello, cada una llevaría su elixir de transmutación dentro de una cápsula de
azúcar que sólo deberían disolver en la boca), se dijeron adiós.
La humana había supuesto que le costaría mucho no volver a verlas, pero en ese
momento descubría que era más duro de lo que pensó. Lloró y lloró, haciendo llorar
a las cerdas, todas lloraron por la maldición que no las dejaba vivir tranquilas.
-¡Recordad, el viaje lo tenéis que hacer sólo de noche, de día os escondéis!
-Amber, ya lo sabes, pero te vuelvo a decir que nunca te olvidaremos.
-Calla, Lylith, que lloro otra vez...
Formaron piña, un saludo que Amber aprendió de las cerdas; se trataba de frotarse
las cabezas unas a otras en una especie de juego de transmisión de sentimientos.
Alondras, ánades, palomas, lavanderas, ruiseñores, búhos, lechuzas, autillos, azores,
gorriones callejeros... ya estaban dispuestos para ayudar a Xisca, Mami, Malibú,
Susi, Lilith y Eva. El viaje no sería largo, no se encontraban lejos de la costa. Pero
sí peligroso, tendrían que cruzar bosques de tendido eléctrico, autopistas, ciudades y
pueblos grandes, y era imprescindible que nadie las viera. Amber sabía que eran
muy inteligentes y responsables, pero... ¡qué ganas tenía de recibir la noticia de su
llegada al mar...!

Salieron a las doce de la noche y nueve minutos -manías de la humana- con su
frasquito al cuello y un carabo y un cuco por encima, para guiarlas en la primera
etapa de su viaje, que sería la menos expuesta, ya que no había poblaciones en 25
kilómetros a la redonda.
Bien juntas, para que todas supieran en cada momento dónde estaban las demás,
fueron subiendo peñascos y cerros con esa agilidad innata que poseían, disfrutando
de la fresca brisa que movía sus largas pestañas.
El aire les venía muy bien para que se removieran y les llegaran mejor los olores de
lo que había en una gran extensión de terreno; su sentido del olfato es muy potente,
en el genoma del cerdo hay un número muy alto de duplicaciones de genes de
receptores olfativos, se han identificado nada menos que 1.301, no se les escapa
nada por la nariz.
El cuco iba hablando con Malibú, mientras Xisca y Susi se miraban con cara de
alucinación contenida, como diciéndose: "¡estamos fuera!”, felices y emocionadas
de verdad.
-...Y si quieres una brújula infalible, mira la Estrella Polar, es aquélla, ¿la ves...?
Siempre está en el mismo sitio, para indicarnos el camino hacia el norte...
-Hay tantas estrellas... ¿las conoces todas? ¿todas señalan algo? -preguntó Malibú al
cuco.
-Todas tienen su historia, y la cuentan al que pueda verlas. Porque hay pueblos
grandes donde no se pueden ver porque las luces apagan los cielos por la noche. Yo
creo que eso es para que los humanos no puedan descansar y trabajen, y se gasten lo
que ganan y vuelvan a trabajar para volvérselo a gastar... como las gallinas, pobres,
que las tienen poniendo huevos durante 24 horas. porque no saben cuándo
anochece.
Malibú recordó una canción que escuchaba su amiga Amber en los atardeceres de
invierno, al lado de la chimenea y mirando por la ventana: “El Cuco es un pájaro

bonito, canta como vuela. Siempre trae noticias buenas, no miente nunca. Liba
de flores blancas para mantener su voz limpia, y no aparece hasta que el verano
se dibuja.”
Era John Renbourn, lo sabía porque a la ranera le gustaba que escuchasen música y
les hablaba de ella, quién la interpretaba, el contenido de la letra... “Lamento no ser
erudito y manejar bien la pluma. Escribiría a mi amante y a todos los hombres
errantes, les diría que la pena y la desgracia se extiende sobre sus mentiras, me
gustaría que tuvieran compasión por la flor, cuando se muere.” En esos instantes
la echaba mucho de menos.
Así fueron transcurriendo las primeras cinco horas de viaje, cuando:
-Aquí descansaremos tranquilas, no nos vería nadie ni aunque nos buscasen -dijo
Mami-, estaremos bien hasta que se vaya la luz y nos pongamos de nuevo en
camino.
Hicieron una rosca de cuerpos entre las seis, y los pájaros nocturnos se fueron a
descansar, dando paso a un alcaudón y una perdiz moruna viajera, atentos a
cualquier hoja que hiciese ruido cerca de sus protegidas.
Iban consiguiendo acercarse a la costa, en sólo tres días habían recorrido 50
kilómetros sin mayores sustos, gracias a los avisos de las aves amigas.
-Mañana pasaréis por un pueblo enorme, de los que no duermen nunca, habrá que
poner el máximo cuidado para que nadie os vea. Entraremos a las cuatro de la
madrugada, que, según mi experiencia en vuelos nocturnos, es la más tranquila de la
noche. Os guiaré hasta un parque frondoso con olor a mar, de lo cerca que
estaremos de la playa.
Era un precioso, serio y esponjoso búho real. Las seis morenitas se miraron entre
ilusionadas y temerosas, ya se habían dado cuenta de que el mundo humano era
realmente peligroso en sus circunstancias. Fue entonces cuando recibieron un
mensaje telepático de Amber, que no podía esperar a saber de sus amigas:

-¡Lo estáis consiguiendo, ésas son mis chicas!
-¡Amber, qué susto nos has dado, que estamos muy cerca de las luces y andamos
más mosqueadas que nutria en peletería!
-Sé que llegaréis, no tengáis miedo ahora, sino mucha precaución, que ya sabéis la
diferencia que hay entre los dos conceptos.
Amber era, a veces, tan madraza como maestra, ya les estaba dando la charla, y
como las cerdas sabían que si se ponía pesada con los consejos no dormirían esa
mañana...
-Estamos recias, Amber, qué bien nos ha venido movernos por los bosques -era
Lilith.
-Por dentro y por fuera, no te preocupes por nosotras, ya sabes que lo que se nos
mete entre ceja y ceja, lo conseguimos -era Eva.
-Todos los días como manzanas, las de estos arboles son pequeñitas, pero como hay
muchas... -le dijo Xisca.
-Da recuerdos a los gatos y un abrazo muy grande a Freakylin -Susi y Freaki eran
muy amigos-, y cuelga ya, anda, que tenemos que prepararnos para la etapa de la
noche.
Amber se dio cuenta de la madurez que había adquirido Susita en unos días. No hay
nada como la independencia.
A las cuatro y cuarto de la madrugada, las dejaba el búho real en un rincón del
parque urbano, una esquina discreta rodeada de un alto seto de aligustre que las
escondería de miradas ajenas al grupo. Habían sufrido un pequeño retraso porque
Xisca se había negado en redondo a cruzar una autopista:

-Este río no moja, pero quema, tiene unos animales muy grandes que están
enfadados, ¡me dan mucho miedo!
-El búho nos dirá cuándo podemos cruzarlo, venga, nena, haz caso a mamá...
Pero, si se ponía cabezona, no había manera de hacerle entrar en razón, perdieron
varias buenas oportunidades de pasar a la otra orilla del asfalto, y no podían
permitírselo. El búho, ligeramente preocupado porque se les echaba la mañana
encima, bajó de una farola, posándose con toda suavidad sobre el lomo de la
asustada cerda. Acercó su poderoso pico a la oreja de Xisca, algo le contó, traducido
por Malibú, en voz baja, y rápidamente la cerdita tomó con el morrete el rabo de
Mami, que es así cómo estos animales se dan la mano, diciéndole:
-Cuando quieras...
Al llegar al otro lado de la autopista de seis carriles, Lilith preguntó cómo había
logrado convencerla.
-Muy fácil -dijo la intérprete-. Le contó que o cruzaba con nosotras o él mismo la
llevaría con el pico del pescuezo.
Se echaron a reír y siguieron rumbo al parque. Cuando las cerdas vieron que el ave
que las ayudaría en la siguiente etapa de su viaje era una gaviota, hicieron piña con
las cabezas, frotándose la frente unas a otras, para demostrar su alegría. ¡Estaban tan
cerca del mar...!
Entraron en esa especie de escondite medio natural del parque, dispuestas a
descansar un poco hasta que la gaviota les dijera que cruzasen a la playa; estaban
agotadas, pero también nerviosas. Una vez acopladas todas juntas, escucharon un
ronquido casi a su lado. Un ronquido humano.
A Susi se le escapó un grito inmediatamente sofocado por Eva, pero ya era tarde.
Ahora veían, entre las sombras, un cuerpo que se removía en el suelo y que las
miraba con tal cara de asombro que, de no tener tanto miedo, Xisca se habría

partido de risa. Ese cuerpo dirigió sus ojos como platos a un cartón de vino D.
Vinegrón, situado en lo que podría haber sido la mesilla de su cama, pero como
tampoco había cama, el vino yacía, como el cuerpo, sobre unos cartones reciclados.
Volviéndolas a mirar, intentando limpiar los cristalinos con incrédulos guiños,
declaró:
-Si sois presencias óptimas, manifestadme vuestra buena voluntad mediante un
gruñido grave, que los sonidos agudos no los soporto. Si sois producto de mi
imaginación, igualmente bienvenidas, imágenes que me representáis el rostro de lo
inesperado.
Menos mal que la gaviota era amiga del vagabundo, un hombre que siempre estaba
cerca de la playa, y habían aprendido a comunicarse. Ella le contó, a grandes rasgos,
el objetivo de las cerdas. Quedó el hombre un momento pensando, con la mano
izquierda sobre la barbilla, escondida bajo una larga y rizada barba blanca, hasta
que dijo:
-Aquí no podéis quedaros ni un minuto más, es imprescindible acelerar este tiempo
que aún nos pertenece.
Malibú estaba extasiada, escuchando a esa buena persona que no sabía si le
recordaba más a Max Estrella o a Don Quijote de la Mancha.
Entre todos, y mediante las traducciones de la gaviota y de la instruida cerda,
decidieron que apenas una hora después sería un suicidio intentar llegar a la costa,
pues, al ser verano, con los primeros rayos del sol acudirían en masa los turistas
jubilados con la idea de clavar la sombrilla en primerísima linea de playa, para
cuando llegara la familia, cinco horas después, por lo menos.
El vagabundo tenia una roulotte, como llamaba a un carro de la compra tamaño XL,
porque lo consiguió en un macro, que le servía como baúl de todas sus pertenencias.
Se levantó con actitud de “no preocuparse”, comenzó a vaciar el carricoche y,
cuando lo hubo hecho, las miró:

-¿Quién es la primera? Os llevaré ahora mismo, de una en una y tapadas con mis
mantas. Imposible que os vean los que riegan el paseo marítimo, nínfulas
afortunadas por el encuentro con mi persona...
Mami precedió a las demás, luego Xisca, Malibú, Susi, Eva y, por último, Lilith.
Todas ellas fueron conducidas por el vagabundo, que las dejó en una cueva formada
por farallones a los que besaban las olas, recuerdo lejano de un algún acantilado
extinguido.
Apenas eran las cinco de la mañana, pero no podían perder tiempo. Una vez en la
gruta, las cerdas desataron, las unas a las otras, con el morrete, los bolsitos
anudados a los cuellos, y sacaron las cápsulas de azúcar color de algas eléctricas,
absorbiendo su contenido. Dijo Mami, por medio de la gaviota y de Malibú, a la
última persona que verían:
-Por humanos hemos padecido, por humanos nos salvamos. Mira bien, viajero de
las calles, pero nunca hables de lo que verás ahora o te llamarán loco, borracho,
bobo o mentiroso. Y tú no eres nada de eso. Bueno, el vino sí que te gusta.
Las cerdas se acercaban a las olas, cada vez más húmedos los granos de arena que
pisaban, mirando la Estrella Polar sobre las aguas primitivas. Lo que pudo observar
el vagabundo no volvió a repetirlo más que para sí mismo.
Cuando las primeras espumas saladas mojaban las patas de las morenitas, les
salieron alas... no, eran aletas, su cuerpo se pareció de repente al de los delfines, y
desaparecieron en un horizonte por donde comenzaba a salir la cabeza de un sol
naranja. Cum lucem salute mutatio, como hubiera dicho Fulcanelli.
En aquél momento, una alondra pió en la ventana de Amber:
-Han llegado -dijo-, y ha sido más bonito de lo que habrías podido imaginar.
La hija de las ranas miró el cielo, de pronto cubierto de nubes perfectas: enormes,

multiplicadas, negras... y empezó a llover, y llovió hasta que la tierra volvió a
saciarse de vida.
"Si vas a intentarlo, ve hasta el final, de lo contrario, no empieces siquiera. Tal vez
suponga perder novios, esposos, familia, trabajo, y quizá la cabeza. Tal vez suponga
no comer durante tres o cuatro días. Tal vez suponga helarte en el banco de un
parque. Tal vez suponga la cárcel. Tal vez suponga humillación. Tal vez suponga
desdén, aislamiento...el aislamiento es el premio. Todo lo demás es para poner a
prueba tu resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás, a pesar del rechazo
y de las ínfimas probabilidades. Y será mejor que cualquier cosa que pudieras
imaginar. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás
solo, con los dioses, y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida
hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar."
(Charles Bukowski)
Ah, no habíamos dicho que el otro abuelo de Amber Lee se llamaba Henry Hank
Chinaski.


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