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Javier Castro Bugarín
3 de febrero de 2016
Una crisis con rostro humano
2015 no será un año fácil de olvidar, sobre todo para los centenares de miles de
refugiados que, en estos precisos instantes, están en terreno europeo y al mismo tiempo
en tierra de nadie. Los atentados de París y la amenaza terrorista internacional han
propiciado un aumento del control y la vigilancia fronteriza dentro de la Unión, algo que
repercute directamente sobre el flujo migratorio que desde antes del pasado verano
amenaza con desbordar la capacidad de los países del Mediterráneo. Cada día,
centenares de refugiados llegan a la isla griega de Lesbos. Muchos, sin embargo, no
logran escapar de las aguas del Egeo.
Europa, y consecuentemente Alemania, se enfrentan a una de sus crisis más peliagudas,
pues la solución no pasa por una vía única, ni por un liderazgo monopolístico en su
gestión. A un lado queda el consenso que sí se consiguió entre los ministros de economía
y finanzas con la crisis del euro. En esta crisis migratoria, la omisión se ha superpuesto a la
acción. Tal y como argumenta Angeliki Dimitriadi, especialista en migración de la ECFR
berlinesa, "la Unión Europea no estaba preparada para la llegada de los refugiados, no
por falta de capacidad sino porque sus Estados miembro han carecido de la voluntad y del
interés para hacerlo".
Las cifras de refugiados reubicados hasta el momento son ilustrativas. En el momento de
escribir estas líneas, solo 414 de los 160.000 a los que se habían comprometido los
Estados miembro de la Unión Europea han sido reubicados. El país que más refugiados
ha reubicado hasta el momento ha sido Finlandia (140), seguido por Francia (62) y Países
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