BerliÌn, cara y cruz Reportaje.pdf

Vista previa de texto
Javier Castro Bugarín
3 de febrero de 2016
De hecho, recientemente Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, ha
recriminado con dureza a los 28 Estados miembro por incumplir sistemáticamente con
sus compromisos, con un inciso particular sobre los del Este: "Tendremos una tremenda
crisis de credibilidad si no resolvemos esto antes de primavera: van a llegar centenares de
miles de personas". Tanto sus palabras como las intenciones de Alemania, apoyada en
todo momento por la Comisión, parecen haber caído en el olvido, tal y como demuestra
la actitud de numerosos países respecto a la inmigración.
En Dinamarca, por ejemplo, el ejecutivo ha propulsado un proyecto de ley para permitir a
la policía la confiscación de dinero y objetos por valor de más de 1.340 euros a los
refugiados. En países como Hungría o República Checa también se ha procedido a la
detención de inmigrantes, obligando a que permanezcan en centros de internamiento de
forma involuntaria. Otros, como Eslovaquia, solo se han comprometido a acoger a 200
refugiados, siempre y cuando fuesen cristianos, para "favorecer la integración y cohesión
social", según el Gobierno. En Middlesbrough, Reino Unido, se han pintado de rojo las
puertas de la casa de los refugiados, y en Cardiff se les ha obligado a llevar pulseras de
identificación para poder recibir alimentos, lo que ya ha desencadenado ataques racistas
de diversa índole. A pesar de la intención del Gobierno federal, en Baviera también se
pueden requisar dinero y activos si superan los 750 euros, algo que se repite en el Lander
sureño de Baden-Württemberg, en donde el límite de dinero que se les deja a los
refugiados es de 350 euros.
Terreno cultivado para la xenofobia
Merkel no sólo está preocupada por las controversias y "rebeliones" internas al respecto
de su política migratoria entre los democristianos. El partido de extrema derecha
Alternativa para Alemania, apenas a dos meses de las regionales, ya cuenta con un 11%
de apoyo entre la población. Esta situación no es exclusiva de Alemania. Ya en octubre
del año pasado, el partido ultranacionalista PiS logró la mayoría absoluta en Polonia. En
Francia, el ascenso de Marie Le Pen es incuestionable y ha obligado a Hollande y a
Sarcozy a unir fuerzas en las pasadas elecciones municipales. Igualmente, vemos una
importante presencia de Amanecer Dorado en Grecia, de la Liga Norte en Italia, del
Partido del Pueblo Danés (segunda fuerza política en Dinamarca), del UKIP británico o
del FPÖ en Austria, sin olvidar al gobierno ultranacionalista húngaro de Viktor Orban, con
mayoría absoluta y que ya en verano causó revuelo por sus medidas contra los
refugiados. Todos ellos eurófobos o euroescépticos, y cuyo discurso ha ganado brío con
la llegada de refugiados y valiéndose del malestar perpetrado entre la población tras la
crisis económica. Ciertamente, un Consejo Europeo formado por fuerzas de este tipo
rompería la dicotomía clásica entre conservadores y progresistas que ha regido el
consenso europeo desde el principio. Eso Alemania lo sabe, al igual que es consciente de
su lógica incapacidad para gestionar la política migratoria de toda la UE.
Berlín, cara y cruz 10
