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Javier Castro Bugarín
3 de febrero de 2016

Berlín tras la crisis económica
Ciertamente, Merkel siempre ha tenido que lidiar con ser la cara amarga de los
programas de ajuste, la que siempre ha encabezado las palabras más duras y las
posiciones más socialmente impopulares. Pero no ha sido del todo inmovilista. Hubo un
momento, precisamente contemporáneo al encuentro de Deauville, en los que la canciller
llegó a retar al destino planteando la salida
de Grecia del euro como un hecho
asimilable. Al fin y al cabo, la economía
helénica nunca superó el 2,5% del PIB de la
Eurozona. No era lo mismo que dejar caer a
España o a Italia, tercera y cuarta economías
del euro. Pero en Berlín se entendió que para
que Alemania fuese bien, era condición sine
qua non el bienestar de esa convergencia
monetaria. Un panorama diferente habría
sido inabarcable, de tal forma que comenzó a
crearse una conciencia de que los intereses
alemanes no podían desligarse de los
intereses del euro. No podía darse un paso
atrás tras haber conseguido semejante logro
histórico y político.
No obstante, las cifras con las que Alemania
ha salido de la crisis invitan cuanto menos a la reflexión. Evidentemente, la economía
alemana no permaneció ajena al panorama internacional, cayendo en recesión junto con
el resto de economías occidentales entre los años 2008 y 2009. Sin embargo, a partir de
2010, año en el que estalló la crisis de deuda soberana, la cosa fue a mejor. Desde
entonces, la superpotencia europea ha conseguido reducir más de un 6% su deuda
pública, ha registrado un superávit fiscal del 0,3% en 2014 y se ha convertido en el
segundo país de la Eurozona que más ha aumentado su PIB per cápita desde 2010, un
2,85%, solo superado por Luxemburgo (3,4%).
A esto ha contribuido en gran parte la reducción de intereses de su deuda pública. Según
un estudio del Instituto de Investigaciones Económicas de Halle, Alemania se habría
ahorrado en esos años un total de 100.000 millones de euros en intereses de la deuda.
Algo que, junto con la inyección de decenas de millones de euros del propio ejecutivo
alemán para evitar la quiebra de su sector financiero, contrasta con la situación y con la
actitud mostrada hacia los países del Sur. Una actitud en ocasiones más injusta de lo
deseable a ojos de esas sociedades, pero que diverge de la mostrada por la propia
Angela Merkel ante la última gran crisis migratoria internacional: la de los refugiados.

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