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─Miracle sería un buen nombre para la gatita.
─Seguro que tu primo Marcos se moriría de la risa con ese acento inglés tuyo, hija.
─Ay mamá, no seas aguafiestas ─contestó Miranda, que había quedado enamorada de
la gatita y no dejaba de acariciarla. El pequeño animal no se quejaba. De hecho hasta
parecía cómoda entre sus brazos.
VI
—¿Qué crees que estás haciendo, Milagros?
La niña tardó unos momentos en responder, echando una última mirada al muchacho
con el que acababa de hablar. Su rostro desdibujó una leve sonrisa antes de encarar a
su interlocutor.
—Nada grave, realmente. Sólo dándole un empujoncito a alguien que lo necesita.
—Entiendo que lo haces con buena intención, pero sabes muy bien que está prohibido
meterse con el orden de las cosas.
—¿Y qué, me vas a delatar?
—N-no… Pero si te metes en problemas no será asunto mío.
—Me parece bien, entonces —terminó de decir, ahora con una gran sonrisa.
Marcos caminó por cada rincón conocido y desconocido de la ciudad, perdiendo el
tiempo en cada tienda, restaurante y arcade que se cruzó en su camino, hasta que por
fin llegó la hora de volver a casa. No obstante, no se pudo sacar de la cabeza ni por un
minuto lo que la niña Milagros le había dicho. Que si estaba feliz, sucederían cosas
buenas. ¿Qué clase de cosas buenas? No lo sabía con exactitud, aunque se le ocurrían
varias. Que el boletín que decía que había suspendido hubiese sido en realidad un
error de parte del instituto, y que por ende pudiera viajar a España como lo hacía
todos los años. Eso, según él, se clasificaría como algo bueno.
Mientras su mente se encontraba ocupada con esos pensamientos, de alguna manera
sus pies lo habían llevado de vuelta al conjunto residencial donde vivía. Suspiro
profundamente y entró. Saludó al guardia que le deseó feliz navidad y se encaminó
directamente al ascensor. Una vez dentro presionó el botón que lo llevaría al quinto
piso y se dignó a esperar. Al abrir la puerta de su residencia su madre lo recibió
histérica.
—¡Marcos!, ¿dónde diablos estabas? ¡Llevo horas tratando de comunicarme contigo!
—Mamá, cálmate. Olvidé cargar la batería de mi móvil, por eso no me llegaron tus
llamadas —mintió. La verdad es que lo había apagado a propósito para evitar que su
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