Antopoceno, capitaloceno... Generando relaciones de parentesco Donna Haraway AmigaRara .pdf


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el Speaker for the Dead de Orson Scott Card (1986) y
aún más para la repoblación de Ursula K. Le Guin en
Always Coming Home (1985).
Yo soy una compost-ista, no una posthuman-ista:
somos todos compost, no post-humanos. El límite que
es el Antropoceno/Capitaloceno significa muchas cosas,
incluyendo el hecho de que una inmensa e irreversible
destrucción está realmente ocurriendo, no sólo para los
11 mil millones o más de personas que van a estar en
la tierra hacia el final del siglo xxi, sino también para
una infinidad de otros seres. (El ininteligible pero serio
número de 11 mil millones solamente se mantendrá si
las tasas de natalidad humanas permanecen bajas;
si suben nuevamente, todas las apuestas caen por tierra). “Al borde de la extinción” no es sólo una metáfora;
“colapso del sistema” no es una película de suspense.
Pregunte si no a cualquier refugiado, de cualquier
especie.
El Chthuluceno necesita de por lo menos un eslogan
(ciertamente, más de uno); aun gritando “Ciborgs para
la Supervivencia Terrestre”, “Corra rápido, Muerda
Fuerte” y “Cállese y Entrene”, yo propongo “¡Haga Parientes, No Bebés!”. Generar relaciones de parentesco
es, tal vez, la parte más difícil y más urgente del problema. Las feministas de nuestro tiempo han sido líderes
en cuestionar la supuesta necesidad natural de vínculos
entre sexo y género, raza y sexo, raza y nación, clase y
raza, género y morfología, sexo y reproducción, y reproducción y composición de personas (nuestra deuda aquí
especialmente para con los melanesios, en alianza con
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Marilyn Strathern [1990] y sus parientes etnógrafos).
Si va a existir una ecojusticia multiespecie que también pueda incluir diversidad de personas, ha llegado
la hora de que las feministas ejerzan un liderazgo en la
imaginación, en la teoría y en la acción, para deshacer
ambos lazos: de genealogía y parentesco, y de parentesco y especies.
Bacterias y hongos son excelentes para darnos metáforas, pero, metáforas aparte (¡buena suerte con eso!),
tenemos un trabajo de mamíferos que hacer con
nuestros colaboradores y co-trabajadores sin-poiéticos,
bióticos y abióticos. Necesitamos hacer parientes
sin-chthonicamente, sim-poieticamente. Sea lo que sea
que seamos, necesitamos hacer-con —convertirnos-en,
componer-con— los terranos (gracias por ese término,
Bruno Latour-en-modo-anglófono15).
Nosotros, personas humanas en todos los lugares,
debemos abordar las intensas urgencias sistémicas.
Sin embargo, hasta ahora, como Kim Stanley Robinson
planteó en 231216, estamos viviendo en el tiempo de
“La Vacilación”17 (que, en esta obra de ciencia ficción,
se extendería desde 2005 hasta 2060 -¿demasiado optimista?-), en un “estado de agitación incierta”. ¡Tal vez
la Vacilación sea un nombre más apropiado que el de
Antropoceno o Capitaloceno! La Vacilación será grabada
en los estratos rocosos de la tierra; en verdad, ya está
siendo escrita en las capas mineralizadas de la tierra.
Los sin-ctónicos no vacilan; ellos componen y se descomponen, ambas prácticas tan peligrosas como
promisorias. Lo mínimo que se puede decir es que la
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