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culpa moderna .pdf



Nombre del archivo original: culpa moderna.pdf
Título: culpa moderna
Autor: Hugo

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CULPA MODERNA

Ismael Blanco

LIYO editora

culpa moderna

Ilustración de tapa: “You (Kaleidoscope no.2)” de Ma Qiusha
Ilustraciones del primer texto: sacadas del tumblr /revistaliyo

Primera edición: Junio 2017
© Blanco Ismael
© Liyo editora
www.liyo.wordpress.com

IMPRESO EN ARGENTINA / PRINTED IN ARGENTINA
No queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Índice:

Prefacio (por Leopoldo Veres)…….……………..5
No puedo escribir poemas…………………………6
Papeles sobre la pobreza………………………….15
Auditoría………………………………………………35

Prefacio

Por Leopoldo Veres

Ismael Blanco construye dos voces retóricas y las articula bajo el
nombre Culpa moderna. El adjetivo es ambivalente: por un lado puede leerse
como sinónimo de “contemporánea”; los textos se presentan con una trama
elástica, de carácter fragmentado, como si Blanco tuviera el ojo puesto en la
textualidad del entorno digital. Pero por otro remite a la modernidad en términos
literarios: formalmente evidencian un carácter autorreflexivo y “Papeles sobre la
pobreza” señala su máscara al representar, en un abismo, un escritor que
escribe. El sustantivo “culpa”, por su parte, se relaciona con un fondo que
atraviesa las dos voces y que tiene un evidente peso moral.
En cuanto a la datación de los textos (2006 y 2010) cabría pensar algo
en términos políticos. Para György Lukács (y por extensión para Bertolt Brecht),
el problema con Kafka es su pesimismo, es decir, la falta de una perspectiva
progresista –sí presente en Balzac o Goethe– incluso en un contexto
desalentador, de decadencia capitalista, guerra mundial y fascismo. A partir de
esa clave que propone Lukács para leer las manifestaciones artísticas, me
pregunto si necesariamente hay que producir una literatura optimista. Al revés
de lo que proponía Lukács –hacer obras acabadas, totales, para criticar la
realidad fragmentada y alienante del presente– se pueden hacer obras por
contraste en un presente de estabilidad socioeconómica, a partir de la
representación de una realidad desencantada o incluso decadente, como
testimonio de cierta potencialidad de la cultura, de lo que siempre puede ser
una organización social, política, y que eso no sea, necesariamente, una crítica
al estado de cosas del momento o incluso específicamente a un gobierno de
turno. La pregunta, enunciada en términos temerarios, podría ser por lo que
Brecht (ya no Lukács) puede aprender de Kafka. Más allá de la reticencia para
con su pesimismo histórico, puede aprender, justamente de ese pesimismo,
algo acerca de los peligros de su historia contemporánea, como la burocracia
alienante o las profecías ciegas acerca de una policía secreta nazi o soviética,
y eso no ir en desmedro de una idea progresista de la historia. Ernst Bloch
escribió, en respuesta al ataque de Lukács contra el expresionismo: “¿No
existen relaciones dialécticas entre la decadencia y el ascenso? ¿No hay aquí
también materiales de transición de lo viejo a lo nuevo?”. De ahí, la pregunta
que en realidad me quería hacer: ¿no somos acaso los de la generación de
Blanco, políticamente formados durante el kirchnerismo, hijos de diciembre del
2001?

6 de junio de 2017

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No puedo escribir poemas

No puedo escribir poemas. No me desvela no poder escribir poemas.
Incluso diría que no quiero escribir poemas. El colectivo tarda media hora hasta
llegar allá. Desde la ventanilla puedo ver el centro y cómo se une la parte norte
con la parte sur de la ciudad. Y en este trayecto (las ocasionales veces que lo
hago) pienso cosas. Cosas dispares. “No puedo escribir poemas”, por ejemplo.
“Volví a agarrar los lentes negros”, por ejemplo. ¿Volví a agarrar los lentes
negros? Sí, los agarré otra vez, después de mucho tiempo y los guardé en el
bolso. ¿Por qué hace tanto que no uso lentes negros? Quiero usar lentes
negros. Quiero sentirlos puestos otra vez. Mañana a la mañana voy a bajar
(estoy yendo a una parte alta de la ciudad) y voy a comprar una cerveza con el
sol de frente y voy a mirar para el costado cuando el tipo que me da la cerveza
por una ventana enrejada se vaya para adentro: voy a ver una publicidad
pintada a mano en un paredón, va a pasar un colectivo viejo, zumbando,
echando humo negro y voy a pensar que tengo puestos los lentes negros,
esperando una cerveza, abajo (me voy a dar cuenta de que tengo que subir) y
voy a ver que el tipo se acerca a la ventanita y me pregunta “¿algo más?”. “Sí”,
le voy a contestar, “dame un atado de cigarrillos” (voy a pensar cuánto tengo en
la billetera) “Chesterfield”. Y el tipo va a volver para adentro y me va a traer un
atado de cigarrillos Chesterfield. “Tengo los lentes puestos”, voy a pensar
mientras suba con la botella en la mano. Quiero tener los lentes puestos. ¿Por
qué hace tanto que no usaba lentes negros? Quiero usar lentes negros cuando
sea de día. Quiero usar lentes negros a la mañana. Quiero, algún día, estar
despierto a la mañana. Quiero estar en el centro cuando esté despierto usando
lentes negros. Quiero estar sentado en la plaza viendo cómo la gente va a
lugares mientras sé que el día recién empieza y estoy usando lentes negros.
Quiero fumar un cigarrillo mientras esté sentado en la plaza y la gente pase en
distintas direcciones. Tengo que entrar al club Olimpo en algún momento de
esa mañana. Tengo que volver al club Olimpo antes de las once de la mañana.
Tengo que entrar al hall con los lentes puestos. Tengo que sacarme los lentes
una vez transpuesta la entrada. Tengo que mirar de reojo las ventanillas de
atención. Tengo que parar un momento y mirar el cuadro inmenso que hay en
alguna de esas paredes del hall con la foto de un jugador de básquet que está
gritando un doble, en blanco y negro, expresivo. Tengo que caminar un poco y
pasar al segundo nivel. Si no hay nadie tengo que quedarme un rato ahí (no
mucho) mirando la pista de patinaje, los círculos que se van abriendo y se
confunden con otros círculos pintados de colores más suaves. Tengo que
seguir caminando y pasar al tercer nivel y quedarme un rato (no mucho)
mirando la cancha vacía de pelota paleta, larga, el paredón, la línea que separa
las pelotas buenas de las malas, los puntos marcados en la pared. Tengo que
seguir caminando y pasar al cuarto nivel en donde están los vestuarios y pasar
rápido, doblar a la derecha, llegar al final del pasillo y volver a doblar a la
derecha, hacer cinco metros aproximadamente en otro pasillo oscuro, doblar a
la izquierda y agarrar el último pasillo, el más largo, el que da a la salida de
atrás y caminar un poco y llegar hasta la puerta que da a la tribuna de la pileta.
Tengo que entrar y llegar al último nivel, donde hace calor, donde hay vapor en
el aire, olor a cloro, y subir hasta el último escalón de la tribuna y sentarme un

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rato. Ahí tengo que ver la pileta, gente nadando, las puertas que dan a los
vestuarios por donde acabo de pasar. Tengo que sentir calor. Tengo que
transpirar. Estar, como mínimo, dos minutos sentado. Y una vez que pasen
esos minutos tengo que volver a los pasillos, salir por la puerta y doblar a la
izquierda (no a la derecha como sería previsible) y caminar hasta la segunda
salida, la que da a Rodríguez, encontrarla cerrada y entonces ahí sí, tengo que
volver sobre mis pasos y recorrer el camino de vuelta pero en sentido inverso a
como lo hice hace un rato y volver a salir por donde entré, y tengo que darme
cuenta de que todavía es temprano, de mañana, y tengo que ponerme los
lentes de sol cinco pasos antes de salir del club definitivamente, para no estar
en ningún momento afuera y con los ojos al descubierto.
Tengo que viajar. Me haría bien viajar. Tendría que viajar no a una
ciudad sino a un lugar tranquilo. Tengo que viajar a Buenos Aires. Dentro de
unos días tengo que viajar a Buenos Aires, pero cuando vuelva, a eso me
refiero, tengo que irme a otro lado, a algún lugar con playa o sierras, a una
cabaña (puedo conseguir una por un pariente que está afiliado a un sindicato) y
tengo que irme unos días pero con un ácido encima. Esa es la condición. Me
voy de viaje si consigo un ácido en estos días. Facundo va a conseguir un
ácido en estos días. Si consigue un ácido Facundo me va a llamar. Y le voy a
decir que puedo conseguir una casa con playa o sierras y que podemos ir unos
días a tomarlo ahí. Podemos decirle a alguien más. A Baltasar. A Ignacio. Y ser
un grupo tomando ácido en las sierras. Pero va a ser dentro de un tiempo,
cuando Facundo consiga el ácido y yo me ponga a llamar por teléfono para
conseguir la cabaña. De eso voy a hablar más adelante cuando haya pasado y
haya vuelto y tenga la cabal idea de lo que pasó realmente. Pero ahora no
tengo ningún ácido ni ninguna cabaña y me estoy por ir a Buenos Aires, y de
eso capaz también hable pero cuando haya pasado y haya vuelto y pueda
contar todo desde otra óptica, con la distancia adecuada y la capacidad de
contar las cosas sin tener que después arrepentirme. Estoy mirando en mi
libreta (en sentido figurado). Este último párrafo es diagramático, programático:
veo lo que voy a hacer en un futuro no muy lejano (viajo a Buenos Aires en tres
días y cuando vuelva puedo planear el otro viaje).
Suelo pensar en estructuras que se van repitiendo. Suelo pensar en
estructuras como puestas en abismo que se repiten. Suelo pensar con
estructuras básicas. A veces incluso pienso en sujeto-verbo-objeto. Suelo
pensar cosas. A veces creo ver algo más en lo que se repite, en las estructuras
que se repiten entre sí y en lo que hay adentro de cada una, que a su vez se
repite en formas básicas. A veces creo que todo es una excusa. Lo que digo es
una excusa para que aparezcan las estructuras. Si miro por la ventanilla veo
gente. Y veo, también, que hace frío. Y pienso que tengo un par de lentes
oscuros en mi bolso. Yo pienso algo. Pienso que tengo lentes negros en mi
bolso. Puedo pensar con cláusulas subordinadas pero cuando lo hago siento
que se me están perdiendo cosas, como en un pliegue. Si digo “yo pienso
cosas” todo es más claro. El colectivo dobla a la derecha cuando llega a
Sócrates. Estoy subiendo otra vez, como cuando subo en esas veces
ocasionales. El colectivo dobla a la izquierda cuando llega a Necochea. Puedo
decir lo que quiera porque adentro de mi cabeza nadie lo va a escuchar. El
colectivo ahora va a subir hasta una especie de villa. Pero antes pasa por el
neuropsiquiátrico de Necochea. El neuropsiquiátrico es rojo y blanco. Alguien
mira televisión adentro. Cuando pienso a veces también pienso con adverbios.

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Hay gente que está durmiendo en el neuropsiquiátrico de Necochea, justo hoy
que está nublado y que llevo un par de lentes negros en el bolso.
El colectivo dobla por una de estas calles que ya no sé cómo se llaman.
Y sube, porque el terreno va subiendo. Y se ven casas precarias ordenadas
hacia arriba como en una favela. Siempre me llamó la atención, pero nunca me
detuve a pensar seriamente en la estética de estas casas. Y mucho menos en
lo que podrían llegar a significar. Siempre me excitó perder. Cuando era chico
me excitaba perder. Ahora también me excita perder. Es raro, pero cada vez
que veo la construcción de estas casas me acuerdo de que me excita perder. Y
que podría sentir mucho placer adentro de estas casas precarias. El colectivo
llega a unas canchas de fútbol y el espacio se abre y pueden verse las casas
subiendo en construcciones precarias. Es raro, porque nunca me detuve a
pensar en la estética de estas casas. Y en este viaje primero fue Diego que me
dijo mirando por la ventana de la casa de Brian: “este barrio es cualquiera, las
casas suben como en la villa”. Y después, más tarde (creo que ya era de día) lo
dijo el May: “las casas estas son cualquiera”. Hay viento. Desde la ventana de
la casa de Brian hay viento y se ven las casas. La gente de ahí arriba tiene
revólveres. Esto me lo dijo Brian antes de que me fuera, cuando estaba
mirando por la ventana y sentía cómo era ser un idiota o un mogólico. Dormí en
la casa de Brian. Diego también durmió en la casa de Brian. Me desperté a
media noche mientras dormía en casa de Brian. Me despertaron las puntadas
en el pecho. Cada tanto me despiertan unas puntadas en el pecho. Cuando
me vienen las puntadas tengo que levantarme y quedarme sentado un rato.
Mientras estaba sentado miré las construcciones del barrio de Brian por la
ventana. Y me acordé de que cuando era chico me excitaba perder. Después
pude dormir unas horas y me volvieron las puntadas. Después dormí unas
horas más y volvieron las puntadas en el pecho y en la garganta. Antes de irme
de la casa de Brian esperé el colectivo, de nuevo desde la ventana atento a
que apareciera por la calle de tierra. Y tenía una campera abrigada. Y un
pantalón negro y viejo. Y unas zapatillas grandes y viejas pero abrigadas. Y
una mochila con cosas adentro. Y tenía guantes puestos. Y un vaso que me
había regalado Brian metido en una bolsa. Y cuando Brian vio que lo había
metido en una bolsa se rió. Y yo le dije que lo hacía para darle miedo a la
gente. Y Brian me contestó que la gente de ahí arriba tenía revólveres. Y me
quedé mirando por la ventana un rato, con todo encima, sin haber dormido
nada por las puntadas y empecé a creer que era una especie de idiota que se
pone a ver las cosas por la ventana, o un mogólico o un loco (pero un loco
medio tonto). Me dolía el pecho y la cabeza por no haber dormido nada y
porque tenía que volver a cruzar la ciudad y me estaba sintiendo como alguien
que tiene problemas mentales, una especie de retraso o algo así. Y cuando
llegó el colectivo sentí miedo porque pensé en la posibilidad real de volverme
loco. Como si estuviera demasiado sensible para escuchar y ver y viajar y
hacer las cosas que hace todo el mundo. Y en el colectivo había una mujer, me
acuerdo, que hablaba por celular y gritaba y se reía a la mañana y en cada risa
que emitía yo pensaba que me iba a volver una especie de idiota. Y un nene se
sentó al revés en el asiento de adelante y empezó a mirarme. Y le hice un
gesto como para que dejara de hacerlo porque pensé que no iba a poder
soportarlo mucho tiempo. Y el colectivo se llenó de gente. Y la gente no me
miraba. La gente no me pedía el asiento porque ya era una especie de idiota o
algo así. Y sentí miedo. Me sentí sucio. Me sentí despeinado. Me sentí

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encorvado. Sentí las ojeras. Me sentí cansado. Me sentí frío. Me sentí pobre.
Me sentí sucio. Me sentí pálido. Me sentí idiota. Sentí que la gente no quería
verme. Me sentí en la escala más baja de la vida social. Y fue algo feo.

Cuando llegué a mi casa dormí mucho. Soñé que iba en la 502 por la
avenida Arias, la que va al puerto, aunque no sé si la 502 va por ese
empedrado que va al puerto. Estaba contento porque esta ciudad se veía
distinta. Cuando me bajaba del colectivo me daba cuenta de que la calle por la
que había estado yendo era Arias y no la avenida Cerri como había creído en
un principio. Entonces pensaba en la necesidad de una nomenclatura precisa.
Y veía el empedrado. Y veía cómo el colectivo seguía para el puerto. Y esta
ciudad estaba cambiada, como siempre que sueño con esta ciudad. Eso me
ponía bien. Y decidía caminar para donde se veían los edificios, por el solo
hecho de no seguir alejándome más de las cosas. Y pensaba: al final hice esto,
me subí en un colectivo y fui por ahí y me bajé por ahí. Nadie me lo va a creer,
pensaba, cuando les cuente que me subí a un colectivo cualquiera y fui sin
pensar dónde estaba yendo. Y los edificios del centro se veían distintos porque
toda la ciudad se veía distinta, como se veía distinta la avenida Arias. Y
pensaba: se necesita una nomenclatura precisa. Y también pensaba: esta
ciudad está cambiando, aunque no lo parezca, aunque no nos demos cuenta,
esta ciudad ya no es lo que era hace un tiempo. Esta es la avenida Arias. Para
allá se va al puerto. Los edificios del centro se pueden ver porque la geografía
se hunde en un pozo. Y empezaba a caminar despacio para donde se veían los
edificios y había gente en una garita esperando el colectivo. Y era de día.
Había sol. Había sol. Y eso me ponía contento.

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No tengo que usar tanto la cabeza. Cuando uso la cabeza siento fiebre.
Cambiar una imagen móvil por otra esta vez fue algo positivo. No quiero ser un
idiota (en el sentido médico del término), pero sé que puedo convertirme en
algo así. Cuando uso la cabeza me doy cuenta de que me puedo convertir en
algo así y me da miedo. Tengo que acordarme de la corbata negra. No ver
gente no me ayuda en el intento de mantenerme lúcido. No ver mujeres puede
que sea una de las causas de mi excesivo intelecto y este exceso puede que
sea, a su vez, una causa de la eminente posibilidad de volverme un idiota o
algo así. En cualquier momento puedo volver a una imagen distinta de las
cosas moviéndose. Tengo que acordarme de la corbata negra. Tengo que
tomar un colectivo de nuevo. Tengo que viajar, pero por adentro de la ciudad
tratando cada vez de que sea como en los sueños en donde siempre hay un
poco más para ver, estructuras arquitectónicas un poco más viejas y grandes y
oscuras, y adyacentes, continuándose siempre un poco más de lo que se
continúan en realidad, por diez cuadras, por veinte cuadras, desde la plaza
para todos los puntos de la ciudad, por treinta cuadras, por cuarenta cuadras,
antes de que empiecen los suburbios, antes de que empiecen las villas, antes
de que empiecen los campos, antes de que empiecen las rutas. Tengo que
acordarme de la corbata negra. Antes de salir tengo que acordarme de la
corbata negra. ¿Puede ser que no pase nada? ¿Adónde están pasando las
cosas? ¿Qué cosas están pasando? Los titulares de los diarios me interesan,
el tamaño, el color negro, la forma de decir que en algún lugar están pasando
cosas importantes. La recuperación de Fidel Castro es una incógnita.
Paracaidistas israelíes dan un duro golpe comando contra Hezbolla. Acusan al
tirador de Belgrano de matar “por placer”. Alquileres: propuestas para frenar el
aumento. Tengo que acordarme de la corbata negra. Cuando viajo en colectivo
pienso cosas. Qué tengo que hacer para ir de lo general a lo particular. Qué
tipo de conocimiento se desprende de la repetición de cláusulas. Por qué tengo
la sensación de que no estoy pensando en estructuras básicas. La 513 me deja

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en la primera cuadra de la avenida Colón. Puedo caminar por la avenida
cuando me bajo del colectivo. Y me siento bien. El movimiento de la gente me
reconforta. Empieza a ser de noche y el movimiento hace que esta parte de la
ciudad parezca una de las ciudades modernas. Me siento alguien. Puedo mirar
a la gente a los ojos para ver qué están escondiendo. Todos tienen algo. Estas
personas que caminan de un lado para el otro tienen complejos. Y yo soy
alguien importante caminando a algún lugar importante para hacer alguna cosa
importante. Querría enfrentar a alguno.
Me gusta cómo está iluminada la primera parte de la avenida Colón. En
las escaleras de Colón 80, mientras pasaba, se me acercó Gonzo y me dijo
qué hacía. Me tocó el hombro, justo cuando me estaba sintiendo alguien
importante. Bajó la mirada hasta la hebilla de mi cinturón y la subió hasta el
cuello de mi camisa moviendo la cabeza en forma negativa. Frunció un poco
las cejas, como tratando de descifrar un dilema complicado. Sacó su mano de
mi hombro y yo le miré los ojos. Todo el tiempo, nunca dejé de mirarle los ojos.
Incluso, estoy seguro, disimuladamente volvió a bajar la mirada hasta el piso y
la volvió a subir hasta el cuello de mi camisa pero no me dijo nada. Empezó a
entablar una comunicación azarosa y yo lo miré a los ojos todo el tiempo. Lo
miré todo el tiempo porque me gustaba verlo. Me gustaba verlo a Gonzo
básicamente por dos razones: porque tiene rasgos femeninos y eso me gusta
en cualquier tipo de persona. Y por la iluminación del lugar, la luz sepia que hay
en las escaleras de Colón 80, esa luz académica. Estas dos cosas, en el marco
de esta parte de la ciudad y de esta hora del día (está anocheciendo) hace que
no deje de mirarlo ni un momento. Podría verlo a Gonzo un poco más de cerca.
Ver cuál es su complejo. Pero cabe la posibilidad (de esto estoy seguro) de que
mirando a través de lo que esconde no encuentre nada más que un lugar
común y vacío. “Qué hacés así”, me preguntó mientras volvía a bajar la vista.
“Nada”, le contesté, “paseo”. “Está bien”, me dijo, “me parece bien. Hay que
salir a romper las bolas”. “Sí”, le contesté, “qué se yo, a romper las bolas o no;
hay que salir, de eso no cabe duda”. “Sí, sí”, me dijo él, “a eso me refiero, a que
hay que salir”. Y pasó gente. Y pasaron autos. Y pude ver atrás de Gonzo la
estación de servicio dándole luz a una esquina. Y pude ver a través de Gonzo,
a través de ese vacío transparente, las luces del kiosco que hay en la otra
esquina, en frente de la estación de servicios. Y pude ver a un costado de
Gonzo (sin dejar de mirarlo a él) el edificio viejo del colegio que hay en la otra
esquina. Y pude ver a través de ese vacío transparente y a través de las luces
del kiosco de la esquina el inmenso edificio de lo que alguna vez fue (y ahora
sigue siendo de manera indirecta) un Paseo de Compras. Y Gonzo volvió a
bajar la vista una vez más y a subirla hasta el cuello de mi camisa blanca y me
dijo: “¿una corbata?”. Entonces me acerqué hasta su cara para saludarlo y le
respondí: “siempre quise ser un funcionario del Estado”. Y seguí caminando
para las luces del kiosco que está en una de esas cuatro esquinas que estuve
mirando a través de Gonzo. Y doblé a la izquierda. Y llegó un colectivo. Y un
grupo de personas se subió antes que yo. Y esperé hasta lo último. Y me subí
al colectivo. Y pasé el molinete. Y miré a la gente que estaba sentada. Y me
quedé parado unos segundos en el lugar que sigue inmediatamente después
del molinete. Y pude ver a la gente viajando en colectivo. Y vi que era gente
mediocre. Y que algunas personas llevaban bolsas entre las piernas. Y que por
un momento todos me miraron, porque estaba parado en frente de todos. Y
entonces eso me causó una especie de gracia y de oculto placer. Porque era

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gente mediocre y yo estaba parado ahí, sintiendo el nudo en el cuello de mi
camisa blanca. Y moví el cuello para un lado y para el otro y fui hasta el fondo
donde había un asiento vacío.
Dentro de las posibilidades que tengo hoy (me miro detenidamente en el
espejo, acabo de despertarme, es de día, el baño es blanco y está iluminado
por la luz del sol) la más cabal, la que más lógica parece tener y a la vez más
fuerza, es la de reventarme la cabeza mirando televisión. Mirar televisión hasta
que no pueda soportar un sonido, una imagen en movimiento, un corte
publicitario. Mirar televisión todo el día. No moverme de mi casa. No salir a dar
vueltas como un loco. No es lo mismo ser un loco que un idiota. No me da
miedo convertirme en loco pero me asusta mucho la idea de volverme un
estúpido, o algo así, convertirme en lo más bajo de la escala de la vida social.
Reventarme la cabeza mirando televisión corresponde más al intento de vivir
una vida tranquila que a cualquier otra cosa. Y eso, para mí, es algo muy sano.
Pero cada intento (léase cada viaje en colectivo, cada impulso de movimiento
incluso adentro de mi casa) tiene diferencias a veces nimias y a veces rotundas
que si me las pusiera a analizar seguramente entendería todo de una manera
más clara y real. No es lo mismo reventarse la cabeza con horas excesivas de
televisión que salir a buscar el lado oscuro de la gente. Puedo verme la cara en
el espejo. Puedo ver la barba en la cara en el espejo. Puedo ver la luz en la
barba en la cara en el espejo. No me pienso afeitar. No me pienso bañar. No
me pienso cambiar. Me gusta la idea de abandonarme por un tiempo, de
sentirme sucio. De quedarme tirado reventándome la cabeza con horas
excesivas de televisión cuando afuera el día es hermoso y hay sol y no hace
frío. No me voy a cambiar las Topper de lona desatadas que tengo puestas
para venir al baño. No me voy a bañar. No me voy a quedar reventándome la
cabeza con horas excesivas de televisión. Voy a salir de nuevo. Tengo que
salir de nuevo. Tengo que salir así como estoy vestido. Tengo que aprovechar
el día. Tengo que salir urgentemente de mi casa.
La 502 me deja en Florencio Sánchez. En Florencio Sánchez sé que
puedo encontrar al coreano. En Florencio Sánchez encuentro al coreano. El
coreano es mucho más chico que yo. En Florencio Sánchez a la hora de la
siesta esta ciudad parece un pueblo vacío, pero con algunas calles más sucias
que las que hay en un pueblo. En Florencio Sánchez a las tres de la tarde
encontré lo que estaba buscando. A las tres de la tarde en la calle Florencio
Sánchez estaba buscando al coreano. Y en Florencio Sánchez antes de llegar
a Salta el coreano estaba andando en bicicleta. Y entonces a esa hora y en ese
lugar pude saludar al coreano. “Estoy drogado”, me dijo el coreano. “Sos un
pelotudo”, le contesté yo. “Ya fue”, me dijo. “Sos un idiota”, le dije y lo ataqué
con un extenso discurso moral. “¿Estás yendo a la escuela?”, le pregunté
después de terminar ese discurso. “No”, me contestó el coreano. “¿Por qué?”,
le pregunté yo. “Porque me aburro”, me contestó él. “Sos un tarado”, le dije yo.
“Tenés que ir a la escuela y no drogarte más”. “Sí, ya sé”, me dijo, “siempre es
lo mismo”. “¿Ahora qué haces?”, le pregunté. “Voy a jalar pegamento”, me dijo
él. “Sos un boludo”, le contesté yo. “Jalar pegamento es de villero; si te querés
drogar drogate bien, boludo”. “Ya fue”, me contestó él. “Jalar es de villero”, le
volví a decir. Y él me dijo que se iba a las vías. Y yo le dije que no se fuera, que
me llevara en el caño de la bicicleta. Y él me dijo que se iba a jalar pegamento.
Y yo le dije que quería ir con él, que lo acompañaba a jalar pegamento. Y

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entonces abrió la pierna derecha y me subí en el caño de la bicicleta. “¿A
dónde vamos?”, le pregunté. “A la ferretería”, me dijo él, “vamos a comprar el
pegamento”. “Yo entro”, le dije. “Bueno”, me dijo él. “Una lata de Fortex”, le
pedí al de la ferretería. “Tres con veinte”, me dijo él. “Tome”, le dije yo.
“Gracias”, me dijo él. “De nada”, le dije yo. “Vamos a las vías”, me dijo el
coreano. “Vamos”. El coreano se sentó abajo de un árbol. El coreano sacó una
bolsa de nylon y abrió la lata que había comprado recién. El coreano con un
palo metió pegamento en la bolsa. El coreano me miró y se rió mientras ponía
el pegamento en la bolsa. El coreano tiene los dedos con mugre. El coreano
tiene manchas en el pantalón. El coreano tiene el pelo sucio y enredado. El
coreano usa Topper de lona. El coreano agarra la bolsa desde arriba con una
mano. El coreano mete la boca en el espacio que queda en su mano. El
coreano sopla e infla la bolsa. El coreano aspira y la bolsa se vacía adentro de
él. El coreano gesticula como si fuera un idiota. El coreano se queda un poco
así, como un idiota, y vuelve a hablar con palabras normales. El coreano me
mira y se ríe de nuevo. “AHORA YO”, le digo. Y entonces yo. Yo agarro la
bolsa que tiene el coreano. Yo me fijo y veo lo que tiene la bolsa. Yo puedo ver
una pasta verde adentro de la bolsa que me da el coreano. Yo cierro la bolsa
como lo hizo el coreano. Yo soplo como sopló el coreano. Yo aspiro como
aspiró el coreano. Yo me veo haciendo algo que dura cuatro segundos. Yo veo
esa misma acción repitiéndose una y otra vez. Yo escucho que esa Secuencia
tiene sonido. Yo escucho que ese sonido se divide en tres partes. Yo escucho
que ese sonido se repite en cada Secuencia como “quedó algo cerrado”. Yo
veo que la imagen se repite una y otra vez. Yo siento que lo que estoy
haciendo se repite una y otra vez. Yo siento que todo lo que estoy haciendo se
repite una y otra vez. Yo siento que el coreano me mira. Yo siento que puedo
hablar con el coreano que está al lado mío mirándome. Yo siento que el
coreano se está riendo. El coreano vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar.
Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano vuelve a agarrar la
bolsa y vuelve a jalar. Yo vuelvo a agarrar la bolsa y vuelvo a jalar. El coreano
vuelve a agarrar la bolsa y vuelve a jalar. Yo agarro la bolsa, la abro y veo que
la pasta que estaba verde ahora es transparente. Y es como si hubiese estado
viendo televisión tres días seguidos.
En las vías no pasa nadie. Creo que el coreano habló. Creo que dijo
“cuando las vías son tu paseo habitual”. Pero no tiene mucho sentido. Además
el coreano no diría algo así. Está ahí con la boca adentro de la bolsa, en otro
lado. Entonces me levanto y bajo hasta las vías (estábamos a la sombra de un
árbol, donde el terreno sube un poco y hay una pared alambrada que casi toca
la calle bien pavimentada que va a Sarmiento y que separa las vías del barrio
en donde se acumula una de las mayores cantidades de capital económico de
esta ciudad) y me pongo al sol y espero a que el coreano vuelva para no irme
sin decirle algo, para que entienda que me estoy yendo. Entonces el coreano
me mira desde abajo del árbol, pongo los ojos chinos por el sol y le digo “me
voy a la mierda”. Y el coreano se levanta y me dice “esperá que te llevo”. Y le
digo “no, no te hagás drama, seguí jalando”. Y el coreano me dice que soy un
puto. Y me voy caminando despacio por las vías, sintiendo las piedras en la
suela de mis Topper de lona. Camino abajo del sol y no sé bien por dónde
salgo y camino entre las casas vacías, por las calles vacías de la siesta. Voy
sintiendo el gusto en la garganta, como infectado, y los ojos afiebrados. Más
que nada, después de haber estado ahí en las vías es el gusto en la garganta

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todo el tiempo. Atravieso el barrio universitario y llego hasta una parada de
colectivos y paro la 517 y el colectivo viaja y no pienso en cosas como suelo
pensar y siento el gusto que tengo en la garganta y el calor en los ojos. Cuando
llego a mi casa es de día y es temprano y voy a mi pieza y cierro la ventana y
cierro la puerta y es calmo y es de día y me acuesto y duermo y me despierto
con calor pero temblando y siento el olor del pegamento en la ropa transpirada.
Y duermo un poco y me despierto y me saco la ropa y me siento sucio y me
veo al espejo y me veo la barba y me siento sucio y me miro las manos y tienen
pegamento y me saco toda la ropa y me veo la panza y me veo el pecho y me
veo los ojos rojos y me veo el pelo despeinado y me siento sucio. Y me baño.

Todos los juegos terminan de forma fatal. Todos los juegos de cartas terminan
de forma fatal. Cualquier tipo de juego termina de forma fatal.

Bahía Blanca, 2 de agosto de 2006

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Papeles sobre la pobreza

“Alguien que lleva una existencia doble
no puede ser sino ambiguo”
(Pier Paolo Pasolini)

Marzo, 2010
Antes de empezar a escribir estos papeles sabía el título que iban a llevar pero
en vez de “pobreza” escribí “suciedad”: “sobre la suciedad”. Y me quedo con
ese detalle en primera instancia menor. ¿A qué me quería referir con estar
sucio, en qué estaba pensando? En cuestiones físicas seguro pero también,
como cuando quise escribir “pobreza”, en cuestiones morales. Iba a partir
inconscientemente, y acertadamente, de una imagen que atañería la cuestión
física. Y de ahí me parece vino la confusión, ya que iba a ser invariablemente
una imagen sucia.
Hay gritos, que salen del televisor y a veces me parecen demasiado. Un
televisor que tiene dos canales y estoy sucio, abajo de las uñas y etcétera. No
puedo detenerme en el detalle y ahí está todo. Por eso no escribo. Sería como
poner la superficie de algo cuando lo verdaderamente consistente se me
estuviese escapando. A veces pienso que debería escribir de esa forma: dando
cuenta solamente de la superficie de las cosas. Llenar hojas que no contengan
demasiado pero que sobre el final permitan algunas etiquetas importantes para
movilizar los motores de búsqueda. Esto último, las etiquetas y los motores de
búsqueda, es en un sentido figurado porque no pienso en blogs sino en
distintos tipos de producciones. Las que fueren, a veces pienso, tendrían que
ser producciones superficiales pero que me permitiesen vestir y vivir de
determinada forma, a tal punto de que el fondo de las cosas llegase a no
importar. Pura superficie radiante y sin fondo. No sé cómo me llevaría con esa
puesta en imagen a través del paso del tiempo, pero obligadamente necesitaría
mantener las formas de manera obsesiva. En eso consistiría mi trabajo y en
parte me terminaría convirtiendo en una prolongación de mis textos. Si no,
aunque también en una prolongación de mi escritura, puedo convertirme en
otro: intentar textos que lleguen al fondo de las cosas, por lo menos de aquellas
que me sobrevuelen la cabeza, al tiempo que mi imagen física se iría
deteriorando, el pelo crecido y desparejo, las uñas sucias, la escasa ropa
gastada. Eso es lo que estoy viendo ahora: qué imagen quiero para mí mismo y
qué tipo de producción escrita prefiero intentar hacer.
//
Hay una serie de espacios públicos donde transcurre la mayoría de los eventos
culturales y que una persona pobre (económica y moralmente) puede

15

frecuentar. Incluso si decidió empezar con una producción escrita que intenta
llegar al fondo de las cosas y eso trasuntó en suciedad física: en manchas y
desprolijidades en el propio cuerpo. Son espacios arquitectónicos de corte
aristocrático pero que permiten, más allá de las contradicciones reprochables,
la aceptación del “bicho” cultural que decide entrar por los arcos bien
iluminados, pensando que los organizadores lo conciben en plena conciencia
de sus capacidades creativas. Y entonces puede comer un tentempié, tomar
una copa de vino y sentirse más pobre.
//
La organización de los papeles de una persona pobre, que sabe o cree tener,
más allá de esa pobreza visible, cierto capital simbólico acumulado. La
escritura de cosas que intentan llegar al fondo de las cosas. Los papeles
sucios, mal impresos, fotocopiados ciertos textos, de otros, para construir junto
con ese capital una serie de citas que conformen el lugar de autoridad. Y la
ecuación es plena, aunque indirectamente proporcional: el cuerpo del texto
crece, se hace más denso, mejor tejido, los papeles se acumulan con una
irrefutable lógica aditiva, se desparraman por los espacios de la habitación
alrededor de la computadora vieja, del televisor con dos canales, se pierden
partes importantes, de fotocopias corridas, al tiempo que el cuerpo (ya no del
texto sino de uno mismo) se mancha naturalmente a raíz de reacciones
químicas, se dibujan figuras rosas en el cuello, manchas violeta abajo de los
ojos, el pelo crece desparejo, brilla por la acumulación de polvo, la tierra se
junta abajo de las uñas, las manos se manchan con tinta, con tóner de
fotocopiadora, con óxido de cerraduras trabadas.
//
No nací en una villa miseria. Yo no soy una villa miseria. Hay una diferencia
crucial entre calles “fogosas y polvorientas”, casillas de chapa, paredes de
adobe en el mejor de los casos, una diferencia de infraestructura entre
construcciones informales no planificadas abajo de un sol terrible de mediodía
y el barrio donde vivo. Más allá de eso una serie de relaciones personales,
complejas, caracterizadas por algunos denominadores comunes entre los
cuales entran la suciedad y la pobreza, hicieron que durante un tiempo
prolongado tuviese que frecuentar el interior de una de esas casillas de chapa:
una cocinita con un living, un baño, una pieza vacía y otra con una cama de
hierro con medicamentos a los costados. Mi no pertenencia a ese mundo (lo
mismo que al interior de aquellas construcciones aristocráticas donde de vez
en cuando puedo comer algo y tomar una copa de vino) paradójicamente, mi
no pertenencia a esos pasillos internos intercomunicados siempre me hizo
sentir todavía más pobre. Sobre todo porque las relaciones que me llevaron
hasta ahí fueron políticas, incluso ocasionales, por lo que me privaron de
cualquier tipo de sentimiento de empatía. No obstante esta politicidad, lo cierto
es que durante un tiempo visité no sólo el interior de una de esas casas sino su
más profunda intimidad. En aquel tiempo, sobre todo, estas visitas fueron una
posibilidad de acercarme a antidepresivos, ansiolíticos y particularmente
Tramal, que había en blisters y goteros desparramados a los costados de la
cama.

16

//
APLICAR EL ZOOM QUE PERMITE EL PROCESADOR Y VER QUÉ DIBUJA
EL TEXTO EN SUS ESPACIOS BLANCOS, LOS CAMINOS BLANCOS QUE
SE GENERAN ENTRE LAS PALABRAS. En la página uno hay una persona
mirando para abajo, en la página dos hay una mancha en la piel y así
sucesivamente.
Los espacios públicos centrales de las ciudades medianas o grandes, más allá
de los cordones periféricos, contienen a la persona pobre. Es una presencia
irrevocable por la amplitud de la base de la pirámide social. Efectivamente en
ese amplio perímetro aparece un grupo disímil condensado en un mismo color,
pensando en términos de referencias en una página censal. Esta homologación
puede ser nefasta en algunos casos o liberadora en otros. Si la persona pobre
no tiene más ambiciones que la de producir un texto que llegue al fondo de
determinadas cosas en la privacidad de su departamento entonces esa
homologación puede servirle para ver el flujo de la ciudad, la corriente continua
del sistema funcionando, desde un lugar que pasa precisamente por afuera de
ese flujo. Esto, dependiendo de la persona pobre, puede servirle o no para
llegar al fondo de determinadas cuestiones. Un kiosco de revistas en una calle
del centro es también flujo de información condensada. Todos los días la
estructura estética, marcada por la azarosa distribución de las noticias en las
páginas, los encabezados de los diarios y revistas en relación con la foto de
tapa, los titulares y copetes ordenados con la lógica del marketing, los colores
característicos de cada editorial con sus tipografías reconocibles en primera
instancia, los ejemplares de La Nación en el margen inferior derecho,
Página/12 en el superior izquierdo, la revista Noticias en el centro, toda esta
distribución que difiere en cada kiosco es también un río de información
cambiante. Una persona pobre, sin otra ambición que la de llegar al fondo de
las cosas a través de una producción escrita, puede invertir el día entero, pasar
todo un día enfrente de uno de los tantos kioscos de revistas del centro sin
hacer nada o simulándolo hacer además de leer esa estructura estética, aquel
flujo volátil, en definitiva, como lo que es: un sistema de signos complejo,
significante en sí mismo más allá del contenido semántico de las impresiones
periódicas. Un sistema que desde una superficie vana y colorida, desde
simetrías generadas a través de grandes acumulaciones o ausencia de color,
equilibrios y discontinuidades, puede conducir a un entendimiento profundo e
imperecedero que va más allá de los contingentes sucesos políticos,
económicos, culturales, deportivos y sociales de un día determinado.
//
Podía tener la cabeza como un biombo, cada mañana o cada noche, cuando
volvía de la villa o me levantaba en mi departamento apenas amueblado y no
me importaba porque la producción de un texto que llegase al fondo de las
cosas ni siquiera era una posibilidad. Se trataba, más bien, de hacer lo que
tenía que hacer, de frecuentar los lugares que tenía que frecuentar,
obligadamente, cumpliendo mi rol de la manera más operativa, tratando de no
complicar ninguno de los desarrollos posibles, sobre todo porque gran parte del
tiempo lo pasaba en un lugar que no era el mío, rodeado de personas que

17

conformaban un mundo al cual no pertenecía ni iba a pertenecer nunca. Mi
carácter opaco, seguramente la única constante que se mantuvo hasta el día
de hoy, me facilitó hacer mi trabajo de la mejor manera, sin grandes
sobresaltos incluso cuando ocasionalmente en la vereda, sobre todo los días
festivos, me veía obligado a interactuar más de la cuenta, a dejar expuesta mi
vulnerabilidad tomando una sidra con los vecinos que siempre había, en las
calles de tierra sentados viviendo la verdadera vida de la villa todo el tiempo. Mi
carácter opaco, decía, fue una especie de pátina, una manera de decir
naturalmente sin ningún tipo de impostación que no era peligroso en ningún
sentido, algo que notaron siempre las personas que pertenecen a la escala
más baja de la vida social como las de los eslabones más altos. Nunca
representé ningún peligro para nadie y eso sumado a una actitud de pasividad
voluntaria por parte mía hizo que me moviera por los caminos más disímiles
con la menor cantidad de problemas posibles. “Soy un pobre tipo (económica y
moralmente) incapaz de hacerle nada a nadie”: sobre ese postulado se
fundaba el contrato de contigüidad ocasional que podía entablar con alguien
apenas conocido y sobre todo el éxito en nuestras posibles triviales
transacciones. Podía entonces, mientras tanto, y al tener acceso a un cóctel de
medicamentos en esa época, andar por la vida con la cabeza como un biombo.
//
Pensando en lo que uno es, hace y tiene, existe la posibilidad de ser, hacer y
tener otra cosa. En principio podría sentir la determinación de escribir, en vez
de un texto que intente llegar al fondo de las cosas, uno superficial que
solamente roce la superficie de determinadas cuestiones, con una lógica
funcional. Funcional en el sentido de la finalidad del texto: conseguir poder
adquisitivo. Acumular, siguiendo la lógica aditiva del texto, objetos de consumo.
Objetos de lujo para ascender en el status quo y posicionarme de una mejor
manera para la producción de un texto que acumule párrafos y párrafos sobre
distintos temas para acceder a más poder adquisitivo, lo que redundaría en una
cantidad mayor de objetos de consumo y cerraría un círculo en constante
movimiento. Para eso se necesita, como en la producción de un texto que
llegue al fondo de las cosas, una competencia particular. Y esta competencia,
en la posibilidad real de llevarla a cabo, trasuntaría en un modo de hacer
diferente, lo cual derivaría en formas de ser y de tener muy distintas. Hay una
casa que es así: una puerta inmensa que se abre a una gran escalera de
mármol que conduce a una sala de estar con sillones rojos y reproducciones
técnicas de cuadros famosos, donde se pasa a una biblioteca altísima que
tiene una escalera corrediza para llegar a los libros más inaccesibles, desde
donde se ve una puerta entreabierta que da a una habitación matrimonial con
un somier también rojo, de cubrecamas rojo, con cuadros famosos
reproducidos técnicamente en la cabecera de la cama. Esa casa tiene, del otro
lado de la sala de estar, una cocina amplia, con una mesada cómoda y una
heladera industrial, gris, con un freezer en la parte de abajo con productos
exóticos. Esa cocina tiene, sobre el margen derecho, un patio verde en altura,
una terraza verde con paredes pintadas de rojo ladrillo, adonde hay una pileta
mediana, no muy grande, entre una artificiosa vegetación tropical de palmeras
enanas, iluminadas a la noche con luces que salen desde el suelo. En esa casa
hay una pareja que acumula bienes materiales y que, por lo tanto, se ama.

18

//
En el centro escuché hablar a dos personas relativamente jóvenes sobre los
beneficios de haber elegido una profesión liberal, charla que desencadenó en
mí una serie de elucubraciones dispares que se fueron ramificando y que, con
no menos fuerza, me llevaron a concluir en los beneficios de no haber elegido
ninguna profesión.
No soy un desocupado, ni un asalariado ni tampoco un cuentapropista. Alguien
que acaba de quedarse sin trabajo puede caminar, rico en tiempo, por las
obras en construcción de la ciudad y ver a los obreros, la imagen más acabada
de lo que representa un trabajador y pensar que esa representación adquiere
sentido a partir de que cobran un sueldo todos los meses y se levantan a una
hora determinada, pero sobre todo porque lo hacen para llevar a cabo un
trabajo específico centrado en su fuerza física y en algunas condiciones
técnicas que los posicionan, dentro del complicado entramado social, en una
serie de derechos y obligaciones civiles. Uno de esos tipos al quedarse sin
trabajo repentinamente por reducción del personal o lo que fuere, es
entendible, podría decidir terminar con su vida.
Últimamente estuve teniendo un pensamiento recurrente en situaciones
triviales que ni siquiera es importante precisar. Es decir: ante un par de
desenlaces posibles generé, en este último tiempo, una estructura lingüística
obsesiva, reiterativa, en primera instancia con un significado bien claro, pero
que al gestarse como se gestan ciertas actitudes incomprensibles supuse que
estaba significando otra cosa más allá de lo que enuncia desde un punto de
vista semántico. El significado profundo, me parece, pasa por afuera de las
diez palabras que lo conforman y en esa ambigüedad suelo desecharlo sin
mayores preocupaciones. Voy caminando hasta el barrio de al lado a hacer
alguna compra necesaria o vuelvo de hacer algún trámite y aparece. Prendo el
televisor para ver las noticias o salgo a la ventana de mi pieza a mirar el
movimiento del barrio y aparece: “de última me pego un tiro y a otra cosa”.
//
Escribir un texto que llegue al fondo de las cosas modifica la estructura mental,
sobre todo porque se encuentra encorsetada en un mundo regido por
relaciones de sentido y cláusulas construidas gramaticalmente. Mis sueños, la
forma de mis sueños, más allá de los contenidos ocasionales, sigue la lógica
de ese mundo y ese es el signo palpable de mi total compenetración con la
empresa de escribir aquel texto. No tengo descanso posible: las veinticuatro
horas del día, más allá de grandes espacios vacíos en mi producción, se
subordinan a una sola cosa demasiado ambiciosa. Antes, en cambio, cuando
andaba por la vida con la cabeza como un biombo, era distinto. Mis días
también se reducían a una única actividad, pero todo en mi estructura mental, a
raíz del cóctel de medicamentos del que disponía y a una predisposición a vivir
una vida sin sobresaltos, era descanso, frío mental. Me levantaba muy
temprano, en invierno a veces cuando todavía no había amanecido y me iba a
la villa caminando o en bicicleta a cuidar a la Lechuza. Era lo que me había
tocado hacer y más allá del escaso provecho que podía sacar de esa actividad

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nunca cuestioné mi suerte. Llegaba a la villa atravesando campos prendidos
fuego, grandes espacios de pastizales siendo prendidos fuego, a través del
humo blanco en la madrugada y entraba sin avisar en la casilla oscura, adonde
a veces encontraba a la Lechuza ya despierta, levantada desde muy temprano,
tanto como para haberse trasladado por sus propios medios a la habitación de
entrada, donde se sentaba en silencio y me esperaba en la oscuridad con los
ojos abiertos. Esta imagen, que solía repetirse en las madrugadas de invierno,
hizo que esa señora gorda con severos problemas de motricidad, casi
desconocida, no tuviese un nombre propio sino solamente un apodo: la
Lechuza. Así la llamaba y ella respondía en silencio, moviéndose de un lado
para otro, cuando caía la tarde o se cerraba de nuevo la noche sobre la casilla
de chapa. Mi tarea se reducía a estar ahí, a prepararle mate cocido, a hacer
algunas tostadas de pan viejo, a darle la medicación y a ayudarla a acostarse a
la noche en la cama de hierro hospitalaria. Llegaba siempre tarde a mi
departamento del fonavi, pero, casi a falta de actividad intelectual, descansado
mentalmente. No me sentía disconforme: la vida que me había tocado me
parecía una vida sencillamente adecuada.
//
En la página cinco hay un cristal roto, en la seis una flor cerrada y en la siete
una esvástica nazi.
A veces me miro al espejo en mi departamento del fonavi y encuentro que soy
la proyección de mi texto. No sé cómo podría explicarlo pero sé que los signos
que aparecen en mi cara, las manchas atribuibles a una reacción alérgica o a
cierto malestar nervioso, no son más que la reproducción física de un texto que
intenta llegar al fondo de las cosas. Si un día de estos al levantarme decidiera
abandonar la empresa y me pusiera a escribir un texto superficial tengo la
certidumbre, estoy convencido, de que el espejo me devolvería otra imagen. Mi
departamento carece casi de bienes materiales: tengo una mesa ratona y un
televisor, una computadora en una de las piezas, una heladera mediana en la
cocina y dos colchones apilados en otra pieza donde duermo en promedio diez
horas por día. A la mañana, cuando estoy despierto y abro la ventana, entra
luz. Mi ventana da a una serie de pasillos muy característicos, bordeados por
ligustros donde a veces corren chicos y se esconden, juegan a cosas que
jugaba yo cuando era chico, en esos mismos pasillos rodeados por hileras
verdes. A veces, cuando salgo a mirar por la ventana y me quedo un rato,
puedo pensar retrospectivamente, hacerme una idea del paso del tiempo y
comparar mi estado actual de relativa independencia con mi posición social en
este mismo barrio hace más de quince años, cuando era un chico y las
relaciones estaban signadas por acuerdos tácitos, además de por la absoluta
carencia de una visión proyectiva hacia el futuro. No obstante esa serie de
relaciones en donde estaba posicionado relativamente bien, imagino que la
escena actual, este mismo departamento emplazado en el piso más alto del
mismo monoblock de siempre, no hubiese sido la escena que hubiese
imaginado en aquel entonces para mi futuro. Me refiero a que veinte años atrás
no hubiese imaginado que iba a estar viviendo en el mismo barrio, en el mismo
departamento en el cual crecí, de manera austera, moviéndome alrededor de

20

una computadora vieja repleta de fotocopias mal sacadas, intentando escribir
un texto que llegase al fondo de las cosas y que no es éste.
//
Cuando uno va entrando por una autopista a la ciudad más importante del país,
mientras se detiene a observar el flujo constante del tránsito por nueve carriles
en una misma dirección y los primeros grandes aglomerados urbanos,
construcciones en altura de viviendas populares con las persianas oxidadas por
el tiempo, abajo de las múltiples colectoras que conectan esa autopista con los
diferentes barrios y ve los grandes carteles publicitarios, las blancas sonrisas
monumentales contrastando fríamente con esos grupos de edificios viejos de
contención social, y después de ver a las personas en las ventanas colgando
toallones y ropa lavada llega hasta una colectora de la autopista que la conecta
con uno de los sectores que cambió más vertiginosamente en los últimos años
a partir de un “plan maestro” políticamente construido, y ve las dársenas del
puerto y las altísimas torres de oficinas plateadas, torres que brillan por la
noche, entiende que la sociedad es una alianza, para bien o para mal, pero una
alianza de todas maneras. Entrar a la ciudad más importante en términos
económicos y demográficos, estar entrando significa situarse en el plano más
amplio, más significativo donde todos ven y oyen la cosa común desde distintas
posiciones; es situarse en el marco de una simultánea presencia de
innumerables perspectivas. Lo público, podría llegar a pensar uno mientras
hace este recorrido, que va del acceso sur hasta el sector céntrico de la ciudad,
une y separa al mismo tiempo. ¿En qué consiste hoy la publicidad de la esfera
pública? ¿En qué sentido el espacio privado es privativo? Puede pensar, más
allá de ese famoso postulado de que “la propiedad privada es un robo”, en
tanto el aumento de esa propiedad ha ido en detrimento de la riqueza social,
que lo único que tiene en común el pueblo son sus intereses privados. Uno
puede reconstruir, si es que tiene imaginación y algo de experiencia, el interior
de alguna de las habitaciones de esos primeros edificios sociales al mismo
tiempo que el de una de las oficinas lujosas. Y en esa reconstrucción intentar
poner los intereses cruzados, uno al lado del otro, para ver los puntos de
contacto que tienen entre sí. Y de esta manera llegar a un mejor entendimiento
de determinados procesos.
//
A primera vista un texto superficial no difiere de uno que intenta llegar al fondo
de las cosas. Los dos pueden dibujar la misma estructura en la página, tener el
mismo volumen en los párrafos. La diferencia de sentido es perceptible sólo en
una lectura medianamente crítica. En un texto superficial la mera acumulación
de párrafos es ya un valor en sí mismo. La posibilidad de etiquetarlo de varias
formas de manera que los motores de búsqueda sean activados más veces es
una razón suficiente para que quien lo escriba adquiera objetos de consumo. El
acceso a estos objetos, a partir de la escritura de un texto orientado a la
acumulación obsesiva de párrafos, es un logro objetivo del propio texto. Un
reloj pulsera de primera marca es un logro objetivo. Un perfume importado es
un logro objetivo. La adquisición de estos logros objetivos, para quien escribe
un texto intencionalmente superficial, significa haber llegado a un

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entendimiento que se revela como medular en el funcionamiento del sistema.
Este entendimiento, no obstante, es mucho menos objetivo que un reloj
pulsera. Hay gente que vive en un barrio residencial (no un barrio cerrado) al
lado de un club de golf, en casas con bancos ubicados estratégicamente para
poder sentarse por las tardes y ver la caída del sol sobre el césped rasante,
entre la frondosa vegetación del campo y las trampas de arena. Esta gente,
consciente de sus logros objetivos, puede pensar ese amplio campo verde
semipúblico como una continuación bastante lograda de la propia vegetación
de su barrio semiprivado. Algunas casas incluso tienen su pertinente bow
window, para que en las tardes frías de invierno sus habitantes, además de
estar viendo algún programa de televisión, tengan la posibilidad de sentirse en
el centro de una artificiosa inmensidad natural. Ese bow window es un logro
objetivo, en primer lugar, del propietario de la casa, y sólo en segundo lugar de
la persona a quien se le haya ocurrido alguna vez que era posible que el afuera
sin límites de nadie podía entrar en el estrecho perímetro de unas cuatro
paredes.
//
Mirándome al espejo en mi departamento del fonavi acabo de descubrir un tic
nervioso que seguramente tengo hace días y que no había notado. Un triple
movimiento compulsivo de la cabeza, la mandíbula y los ojos. Trato de
encontrar una explicación a un posible estado de nerviosismo no ordinario y
más allá de lo que puede generar la situación de escritura en la que estoy
pienso sobre todo en los murciélagos. Desde hace unos días que van de un
lado para el otro a través del perímetro del techo buscando una salida que no
hay. Golpetean contra la chapa y chillan. Este proceso, que se repite casi
constantemente, hace que me sea difícil conciliar el sueño. A veces tengo que
ir a adonde está el televisor para aunque sea no escucharlos durante un rato.
El tipo que vino me dijo que para sacarlos tenía que levantar todo el techo y
que era casi imposible. Por eso decidió cerrar el perímetro por donde entraban
y salían, para que sencillamente se quedasen atrapados. Olor, me dijo, no va a
haber porque los murciélagos no se pudren, se secan, y el “proceso”
(textualmente usó esta palabra) no dura más que un par de días. Pero mientras
tanto me cuesta dormir a la noche y las imágenes que me vienen a la cabeza
son mortuorias. Demasiado vívida, por ejemplo, se me figuró aquella de hace
unos años cuando fui a cuidar a la Lechuza como un día cualquiera y volví
pensando que no estaba cuidando a una Lechuza, o por lo menos no
solamente a una Lechuza, sino también a una Araña. La Araña, así la terminé
nombrando para mis adentros. A ella nunca la llamé así, en voz alta quiero
decir, nunca me dirigí a ella nombrándola de esa forma, contradiciendo, me
parece ahora, una máxima defensiva que generé ese día ante la imagen que
me hacía llamar Araña a la Lechuza. Una sentencia con fuerza de manifiesto,
una fuerza vital, que me decía nada menos que me negaba a vivir bajo el orden
impuesto por la superstición. Ese día, por acumulación de horas de
aburrimiento, salí al patio y estuve jugando con los perros y los gatos,
numerosos que estaban siempre adentro y afuera de la casilla, entre los tachos
vacíos dados vuelta y las cubiertas con agua acumulada, entre la ropa
desparramada por el suelo. Y sin darme cuenta de lo que estaba haciendo volví
a entrar a la casilla y en una de las piezas, también repleta de ropa

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desparramada, me detuve en una montaña de frazadas y cobijas y empecé a
sacar primero una y después otra, hasta llegar al suelo de tierra donde
encontré un perro seco, los restos de un perro tapado mucho antes de que yo
entrara por primera vez a esa casilla. Inmediatamente volví a poner las
frazadas como estaban y me quedé pensando en la fuerza de un mundo
alternativo, no menos real que el legitimado por todos, con leyes propias que
mantienen entre sí una lógica cerrada. Pensé en la Lechuza y en su capacidad
para generar ese mundo. Entonces fui hasta donde estaba mirando televisión y
me quedé con ella, no sintiéndome parte de nada, sino con una sensación rara
en el estómago y aquella sentencia en la cabeza que me decía “me niego a
vivir bajo el orden impuesto por la superstición”. Sentencia de una aparente
contundencia formal, aunque vacía de contenido en la práctica, ya que la
Lechuza, en tanto Araña, y en tanto capaz de generar un mundo alternativo,
me subordinaba a una mera posición de asistente.
No me quedaba más que recluirme en un abismo construido de manera
artificial. El cóctel de medicamentos trabajando en mi sangre, en la intimidad de
mi departamento, pero sobre todo en la de mi propio cuerpo, representaba la
esfera más privada, aquello que despertaba una serie de procesos invisibles a
primera vista (además de inaudibles) y que se ejecutaban más allá de lo que
estuviese pasando afuera (de mi departamento y de mi cuerpo): los efectos en
mi estado nervioso, en mi actividad mental, era en aquel entonces la
“quintaesencia de toda mi propiedad”, lo que podía tener absolutamente, sin
ninguna restricción de ningún tipo. Esos momentos de alteración química de mi
organismo eran, ahora que puedo verlos retrospectivamente, la posibilidad más
acabada, a la vez que sencilla, de sentirme libre en los acotados márgenes de
mi habitación del fonavi.
//
Una persona pobre puede entrar a un restaurante del centro con la intención de
usar el baño y, mientras escucha el sonido monocorde de la vajilla sonando
como una música mala, detenerse en las personas que están sentadas en las
mesas esperando ser atendidas o en la gente que ya está comiendo de su
plato, o en cualquier otro detalle del movimiento natural de un lugar así,
siempre y cuando logre abstraerse de lo que implica su presencia para los
empleados encargados de mantener el orden y el buen gusto. Esa persona
pobre, si logra abstraerse, puede hacer un recorte casi en términos
cinematográficos: encuadrar a dos señoras de cincuenta años tomando el té en
una mesa, para después recortar un poco más el plano y encuadrar sus caras y
después los accesorios femeninos (el detalle de los aros, los colgantes, la
tintura, el volumen del peinado, el maquillaje en los ojos y los labios) para
terminar deteniéndose en cierta tersura artificial de la piel y en algunas
terminaciones, en ciertos acabados de los ángulos de sus caras (en la nariz,
los labios y sobre todo en los pómulos) y concluir que la deformación de una
persona que fue sometida reiteradamente a operaciones estéticas, incluso
cuando muchas hayan sido fallidas, es para un amplio grupo un rasgo marcado
de clase. La cirugía plástica, puede concluir, es un accesorio más, al nivel
material de unos aros y un colgante. No importa el producto final siempre y
cuando se vea la artificialidad de la expresión. Esa artificialidad es el objeto y

23

por lo tanto una marca de poder tenerlo encima, en resumidas cuentas no de
otra cosa sino de poder adquisitivo. Esa persona pobre, mientras es invitada a
salir a raíz del mirar atontado, puede pensarse a sí mismo malformado
congénitamente (a diferencia de la malformación artificial de las señoras), una
malformación que lleva ausente la mano del hombre y que devino en una
posición desfavorable en la esfera social; una que habla, casi en términos
medievales, de una relación sexual con el demonio, de un callado pacto a
través del cual puede enfrentar los procesos represivos de las clases amantes
del orden, que se sienten amenazadas con su presencia y buscan
sencillamente hacerlo desaparecer por una cuestión de higiene pública.
//
En la página once hay un camino de piedra.
La escritura de aquel texto que intenta llegar al fondo de las cosas se centra,
sobre todo desde un nivel formal, en distintas contorsiones de la técnica. Se
detiene en el detalle a través de la generación de cláusulas una adentro de la
otra que, ramificándose, van abriendo el texto en un procedimiento fractal.
Formalmente, visto desde arriba, aplicando el zoom que permite el procesador,
el texto es un gran monoblock de palabras, denso, de difícil acceso, a
contracorriente de las preferencias editoriales. Ese monoblock, su misma
figuración en la página, es la prueba más acabada de una convicción incluso
filosófica: la de que en el detalle, en la deconstrucción sistematizada de los
objetos mediante distintas contorsiones, uno puede encontrarlo todo. Se trata
de analizar una imagen o una secuencia en sus diferentes partes,
aisladamente, sin olvidar la posición que está ocupando en el sistema. El mero
análisis de las partes como universos cerrados lleva al conocimiento del
proceso general, a tal punto que uno puede quedarse con los párrafos que
focalizan en aspectos parciales, ramificados en cláusulas, y no hacer referencia
a la totalidad que los contiene. El proceso mental que se requiere para llenar
los espacios vacíos empieza a pasar por afuera del texto o incluso muchas
veces pierde toda importancia, ya que en la propia deconstrucción del detalle
suele revelarse un conocimiento más importante que el que se desprende de la
imagen general que lo está conteniendo. Como el fotógrafo de “Blow up” que a
partir de contorsiones de la técnica fotográfica reduce la imagen y realiza su
mayor hallazgo recortando sucesivamente, en lo que en primera instancia era
sólo una mancha en una imagen mayor.
//
Cuando fui a lo del Pitufo estaba buscando salir de mi mundo cerrado porque
me daba cuenta de que progresivamente estaba perdiendo la noción de lo que
ya había empezado a ser mi trabajo diario. Caí sorpresivamente, después de
mucho tiempo de no ver a nadie, y el Pitufo me recibió de manera natural. El
portero del edificio me abrió la puerta del hall y subí los quince pisos por el
ascensor, evitando el espejo. Cuando llegué al departamento nos saludamos
sin efusividad, pero inmediatamente me di cuenta de que el Pitufo, excitado,
estaba construyendo otro mundo, basado en lo que parecían sistemas de
signos revelados a partir de una nueva sensibilidad suya. Esto no me

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sorprendió tanto como me produjo, paradójicamente, una sensación de soledad
instantánea, ya que no me veía reflejado en esa construcción sino todo lo
contrario. Encontraba que de nuevo, bajo un sistema que me era
completamente ajeno, como en aquellos años en que cuidaba a la Lechuza, me
convertía en el asistente ocasional de otra persona. Estaba ahí para darle
legitimidad a ese mundo aparte, inentendible, repleto de mensajes
trascendentes en las cosas más mundanas. Todo lo demás en la vida del Pitufo
seguía igual que siempre: los mismos litros diarios de vino barato rebajados
con jugo o gaseosa.
El Pitufo sacó de la heladera una caja de vino, me sirvió un vaso y fuimos al
balcón donde me explicó el hallazgo de ese día: el circuito repetitivo de un auto
blanco que, desde la mañana muy temprano, estaba dibujando la misma forma
a raíz de seguir el recorrido por las mismas calles. “¿Lo ves?”, me preguntó, y
apareció un auto desde abajo de nuestro ángulo de visión, entre otros autos,
visible todo el tiempo gracias a que el edificio del Pitufo es el último del sector
sur de la ciudad y se puede ver cómo suben las calles, incluso
geográficamente. “Ahora dobla a la derecha”, me dijo y el auto dobló a la
derecha. “En la plaza dobla a la izquierda”, dijo y el auto efectivamente en la
plaza dobló para la izquierda. Lo seguimos hasta que cruzó las vías y
desapareció. En una hora y media, en teoría, iba a volver por donde había
venido para repetir la secuencia por las mismas calles. “Está así desde la
mañana”, me dijo el Pitufo y se rió de manera frenética. Pero después, cuando
tomamos otro vaso de vino, el Pitufo se mostró preocupado y me di cuenta de
que estaba siendo preso de un trabajo monumental. Cuando cayó la noche en
el horizonte repleto de luces (de la ciudad y del polo petroquímico), entramos al
departamento y antes de despedirme me mostró la mesa donde come, una
mesa de madera llena de rayitas hechas con cuchillos y navajas, puntos
anotados en juegos de cartas y nombres viejos que pertenecen al pasado, de
personas que ni siquiera están, rayas que por acumulación se fueron cruzando
hasta formar una red mínima en relieve, más oscura que el color de la madera,
y donde radicaba según el Pitufo el verdadero mensaje que tenía que descifrar
y no podía. Me di cuenta de que cabía la posibilidad de que se quedase
atrapado en la construcción de su mundo alternativo, como pegado a la red
oscura que se formó naturalmente en esa mesa.
Fue entonces cuando decidí no ver más a la gente y recluirme en mi
departamento del fonavi.

***
Abril, 2010
Hay una faceta interruptiva, que suspende cualquier actividad (salvo la de
seguir el desarrollo de un acontecimiento), en la transmisión sostenida de un
hecho periodístico por televisión durante cinco horas en tiempo real. La
programación se descompone en uno de los canales que tiene mi televisor y
decido quedarme a seguir una sesión en el Senado en la que está el Ministro

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de Economía de la Nación a punto de dar unas explicaciones y que van a
derivar en un cruce con uno de los senadores radicales más representativos,
sobre formas de administrar la república y, posteriormente, cuestiones
personales en relación a la ocupación de cargos políticos en el pasado. Puedo
quedarme en mi departamento mirando televisión, a la mayoría de los
senadores sentados en sillones lujosos como de living familiar y darme cuenta,
transcurridos los primeros minutos, que lo que estoy viendo en realidad no es
un acontecimiento en sentido periodístico sino una serie de mensajes dirigidos
en primera instancia a la sociedad, pero pasados por un filtro personal, de
relación personal entre un Ministro y un Senador, que hacen de la política un
espectáculo televisivo, mensajes que no se presentan como un debate sino
como una publicitada comunicación privada. Esta transmisión maratónica
resulta un aliciente efectivo a la falta de voluntad para escribir o pensar en
cualquier tipo de actividad que pase afuera de mi departamento. Entonces,
después de tres horas de sesión televisada, de grandes espacios vacíos
difíciles de ver (de moderaciones oficiales y discursos vacuos), el Senador pide
la palabra y habla de planes de cooperativas como una estrategia
gubernamental para reclutar un “ejército de rehenes” y amenaza con una
denuncia penal por la firma del Ministro en un Decreto de Necesidad y
Urgencia para un “Fondo de Desendeudamiento”. Entonces el Ministro justifica
el uso de reservas del Banco Central para pagar deuda pública y también el de
un decreto en lugar de un proyecto de ley y le recuerda al Senador aquel
helicóptero que se fue volando sobre la Casa de Gobierno hace casi diez años,
mientras en las calles había un estallido social justamente por políticas
implementadas en la gestión a la que pertenecía en aquel momento el presente
Senador: medidas de control del gasto público y congelamiento de los
depósitos bancarios que terminaron con treinta y nueve muertos. A raíz de esto
último me veo en la necesidad de restablecer la dimensión pública del
acontecimiento político, ya que ese cruce, recibido en mi ámbito privado, al
estar cargado de cuestiones personales requiere de un trabajo que de cuenta
de los intereses comunes que están en juego. Y me resulta complicado
delimitar claramente los márgenes de cada esfera a tal punto que llego a una
conclusión defectuosa, en donde no puedo distinguir si mi habitación es una
prolongación oscura del Senado o si el recinto donde están los senadores
cómodamente sentados es una prolongación luminosa de mi departamento del
fonavi.
//
El televisor queda prendido incluso cuando no hay más programación y la única
función que cumple en la noche cerrada es la de proporcionar una luz
relativamente blanca en mi departamento vacío.
//
Cuando vino Ulises en plena madrugada yo estaba doblado sobre la cama con
un dolor en la boca del estómago que me parecía totalmente nuevo, una forma
seca de dolor. Antes había estado soñando: me había ido a Bellocq, había
vuelto a ese pueblo perdido en la llanura bonaerense y después de haberme
encontrado con Matías habíamos hecho un recorrido por los lugares más

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característicos, acotados, los grandes silos, las calles de tierra, la casa donde
viví durante dos años cuando era chico. Habíamos ido hasta un galpón lleno de
trigo y había saludado a su papá, después de más de quince años de haberlo
visto por última vez. Después habíamos ido hasta su casa y me había
sorprendido al ver a su hermano más chico porque seguía igual que hacía
quince años, con la misma estatura y la misma apariencia, pero sobre todo me
sorprendía una triplicación que había sufrido: había otro hermano igual jugando
con él como si fuesen gemelos y un tercero un poco más bajo pero que
aparentaba ser considerablemente más viejo, como si hubiera pasado la línea
de los cincuenta años. Después habíamos entrado a la cocina, había saludado
a su mamá y habíamos hablado de cómo seguía todo en el pueblo; me había
contado que este tercer hermano era un problema para ella porque desde la
separación con su marido, ante la aparición de algún pretendiente, la celaba, la
espiaba y le hacía la vida imposible.
En otro momento de la noche también había estado soñando con mi familia, en
un living de uno de los dúplex de este mismo fonavi, con una luz suave y una
mosca o una clase de insecto de vuelo estático que estaba ahí, volando y
produciendo la sensación de haberse paralizado todo, felizmente, mientras
hablábamos envueltos en esa luz hermosa. Después, cuando me desperté y
dejé de soñar me vino este dolor nuevo en el estómago y apareció Ulises, el
gato del departamento de al lado que suele meterse en el mío y quedarse
hasta muy tarde, para en algún momento de la madrugada entrar a mi
habitación y pedirme salir por la ventana. Así que cuando vino yo estaba
doblado sobre la cama y me paré desnudo como pude y le abrí la ventana por
donde entró un frío nocturno, y Ulises no se animó a salir porque había una
montaña de frazadas acumuladas en la mesa donde a veces leo (y que está
justo abajo de la ventana), por lo que tuve que alzarlo y acercarlo a las rejas
por donde se contorsionó con mucha habilidad y salió disparando, agarrado al
poste que pasa bordeando la pared del monoblock, hasta que desapareció por
el techo.
//
Desde hace unos días no puedo escribir nada de ese texto estructurado en
bloques que intenta llegar al fondo de las cosas. Por lo tanto mis alternativas se
reducen considerablemente. Apenas salgo de mi departamento al barrio de al
lado, a hacer alguna compra a uno de los almacenes que hay en los bulevares
internos. El resto del tiempo lo paso mirando por la ventana o viendo televisión,
por lo general buscando alguna transmisión maratónica. No me siento mal pero
sé que cada día que pasa sin haber escrito una sola línea es un día perdido en
términos productivos. En cambio cuando cuidaba a la Lechuza este era mi
estado natural y las raras veces que pasaba algo por afuera de mi rutina chata,
sobre todo en el contexto de las construcciones conglomeradas, de materiales
precarios en las calles de tierra, lo miraba distanciado como a través de una
pantalla. Así tenía la cabeza y en algún punto esa solución química que
encontré a los costados de la cama fue, sencillamente, una solución a secas.
Más allá de los diálogos insustanciales con la Lechuza y de los limitados
encuentros con la gente que tomaba algo en la vereda, gente mayor y gente
joven que acertadamente me veía como un personaje secundario (que no

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podía proveer de mucho más que de informaciones contingentes en relación al
tránsito en una rotonda de entrada o al nivel de barro en alguna calle un día de
lluvia), más allá de esos encuentros ocasionales la villa solía ponerme enfrente
espectáculos a los cuales no estaba acostumbrado y que los entendía como
propios de ese lugar y de ningún otro. Una manifestación de vecinos, por
ejemplo, con carteles improvisados y grandes gritos, que pasaban por dos
calles paralelas a la de la Lechuza y que pedían justicia por un chico que había
sido prendido fuego por otro grupo de chicos, en el patio de su casa mientras
dormía en el interior de un auto sin motor. La gente pedía justicia en las calles
del barrio mientras dos cámaras de televisión los iba siguiendo a todos, y a mí
me pareció un espectáculo gratuito, al fin de cuentas como había sido la
muerte de ese chico que aparecía impreso en blanco y negro en los papeles de
los carteles. Me acuerdo que en aquel entonces me costó entender la
dimensión de las cosas, la legitimidad del reclamo, y de haber visto a aquel
grupo de personas (incluyendo los camarógrafos y cronistas), caminando abajo
de un sol fuerte de mediodía, como una gran puesta en escena destinada a
romper con la calma pacífica de esas calles a la siesta. Y cuando finalmente
entré de nuevo a la casilla de la Lechuza y ella me preguntó qué era todo ese
ruido le dije que era un grupo de gente, fomentistas, que estaban pidiendo “por
las cosas del barrio”. Esa fue mi respuesta y fue la construcción discursiva más
compleja a la que pude recurrir, que me parecía reflejaba de manera más clara
y contundente la situación que se estaba viviendo. La gente había salido de sus
casas para pedir por las cosas del barrio.
En cambio, otro mediodía nublado tuve que presenciar una imagen soberbia, y
esa sí en mi estructura mental significó la generación de un sentimiento de
empatía muy fuerte, a tal punto que durante el día, cuando ya había pasado
todo, por momentos en la casa de la Lechuza me venía un llanto incontenible.
Tenía que levantarme de la mesa y salir al patio para disimular cada vez que se
me venía la imagen a la cabeza. Un operario, después de que intentara
arreglar un colectivo que había quedado atascado en una zanja (producida en
una calle de tierra por el agua que corre en los días de lluvia), había tenido que
ser llevado en una ambulancia acostado en una camilla por un fuerte golpe en
el pecho a raíz del desprendimiento del terreno. Yo solamente había visto irse a
la ambulancia, mientras el colectivo todavía estaba trabado en la calle hundida,
y después de unos minutos al dueño de la compañía de colectivos separado de
la multitud, llorando solo contra un poste, envuelto en una nube de tierra,
desconsoladamente. Y esa fue la imagen que me produjo una impresión tan
profunda, aquel dueño que lloraba por la salud de su empleado, la forma infantil
de llorar de aquel hombre envuelto en una nube. El operario finalmente perdió
la vida en el hospital, pero eso no me impresionó tanto como la imagen del
dueño de la compañía. Durante días mientras cuidaba a la Lechuza me sentí
devastado. Había algo de una sensibilidad fraternal en la forma en que lloraba
este hombre, pero sobre todo una terrible conciencia de lo irremediable: se
reflejaba un sentimiento trágico que después me pareció ver impregnado en
cada cosa de la villa, en cada auto desvencijado, en cada calle polvorienta, en
cada construcción no planificada emergiendo de los terrenos baldíos,
precisamente con la fuerza de la fatalidad.

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Estos fueron los dos grandes acontecimientos en la villa durante el año que
tuve que cuidar a la Lechuza, acontecimientos de los cuales pude ver con mis
propios ojos algunas imágenes parciales. Después, todo lo demás en los días
insignificantes eran noticias que me llegaban incluso a través de la propia
Lechuza: el suicidio de algún chico o los abusos sexuales reiterados por parte
de un vecino hacia su hijastra. Estas noticias eran pasadas a través de un filtro
poderoso que había en mi cabeza y no me afectaban en lo más mínimo.
Correspondían (a diferencia de la muerte de aquel operario que había venido
de afuera) a los sucesos lógicos del barrio, a lo que de lógica propia podía
haber en aquel lugar: como la música muy fuerte a la siesta, la cumbia del
polaco rubio sonando todo el tiempo, o los grupos de chicos a la noche en las
esquinas. Todo, para mi cabeza como un biombo, pertenecía al mismo orden
de cosas. Ahora, en cambio, mi actividad mental es muy distinta y el tiempo
que paso sin escribir lo siento irrecuperable. Hace días que lo único que hago
es mirar por la ventana, moverme por el departamento como un animal
encerrado, sin la capacidad para terminar de cuadrar ninguna idea ni poder
sentarme en la computadora y escribir un párrafo. Miro televisión cuando
encuentro algo que me interesa, alguna sesión en el Congreso, y vuelvo a la
computadora para mirar el texto y recorrerlo de arriba a abajo. No escribo. Voy
a la habitación y me acuesto mirando el techo, que refleja la luz de una
lámpara. Intento leer textos programáticos teóricos y tampoco, casi nunca
puedo. Vuelvo a la computadora y abro el archivo con el texto que intenta llegar
al fondo de las cosas, aplico el zoom que permite el procesador y lo sobrevuelo
por arriba: en la página veinte hay un horizonte lluvioso.
//
Una persona pobre puede entrar al Congreso de la Nación y seguir una sesión
especial de diputados directamente desde uno de los palcos. Puede detenerse
en los ornamentos de las paredes altísimas y en las columnas que suben.
Puede ver la herradura de butacas cerrándose en orden de importancia hasta
reducirse a una mesa con pocas personas. Puede ver el detalle de las butacas
de cuero, perfectamente conservadas, alternando con sillas movibles de paño
rojo para que se sienten los asesores de los diputados. Puede ver el tablero
electrónico y los diputados trajeados, acercándose alternadamente al micrófono
para emitir sus discursos, algunas veces acalorados y otras no, sobre una
alfombra roja repleta de papeles diseminados. Puede ver, siempre desde
arriba, a los diputados que están sentados y a los que caminan por el recinto
con carpetas, los que se encuentran y hablan mientras la sesión está en su
curso. Puede ver los palcos enfrente suyo, repletos de personas y cámaras de
televisión. Puede ver el movimiento en las butacas y cómo entra una fila de
fotógrafos ante una inminente resolución o juramento, y cómo los que estaban
sentados en la mesa paralelamente a las butacas son fotografiados atrás de la
Constitución Nacional y los Santos Evangelios. Puede ver cómo se desordena
todo en un segundo y empiezan a bajar cantos desde los palcos como si fuese
una cancha de fútbol.
Una persona pobre puede entrar al Congreso de la Nación y ver, en definitiva,
un gobierno de nadie.

29

//
Hace días que empecé a pensar en la posibilidad de pasar una semana
afiebrado. Algo me decía que mis defensas habían bajado considerablemente y
desde hace dos días me encuentro afiebrado.
La fiebre, escribí hace mucho, “es un lugar adonde uno está y listo”. Ahora con
casi 39 grados me doy cuenta de que es así. Además, en otro tiempo leí que la
fiebre es algo secreto, una instancia donde uno se acerca a un conocimiento
vedado a la conciencia cotidiana, “como caer en un pozo por el que nadie
puede seguirte”. Y algo de eso hay, de materialidad topográfica en los delirios
de la fiebre y de oscura revelación, en los cambios bruscos de temperatura, en
el sudor frío que te despierta en plena madrugada. El cuerpo acalorado te
despersonaliza y cada pensamiento viene cargado de una semántica ajena a
partir de la cual la estructura febril (tanto los signos visibles en el cuerpo como
los procesos interiores incapaces de ser vistos en primera instancia) toda la
estructura febril, decía, adquiere aquel carácter secreto.
No obstante la fiebre volví a la escritura del texto que intenta llegar al fondo de
las cosas. Me pareció que el hecho de estar cerca de un conocimiento
extraordinario debía ser operativo para volver a determinados procesos de
pensamiento y sobre todo de producción. Las imágenes que nacen del centro
mismo de la fiebre, por lo general desordenadas, implican una posibilidad
nueva en términos cognoscitivos, pero también estéticos. Me refiero a que la
parte febril de aquel texto tiene el ritmo impuesto por la fiebre: a diferencia de
los fragmentos de este diario aquella parte la escribo cuando está en su punto
más alto. Duermo mucho y mal, y me siento como puedo en la computadora a
reflejar ese estado. Cuando baja, después de haber tomado un jugo de naranja
exprimido y algún analgésico, puedo sentarme a mirar televisión o acostarme
de nuevo en la cama e intentar dormir sin la omnipresencia del secreto
acechando todo el tiempo, sin esa especie de lengua caliente y oscura “que te
lame y te lame hasta (que finalmente logra) despertarte”.
En el baño por un momento quedé paralizado en pleno brote de la fiebre.
Después de haber estado sentado en el inodoro un rato, cuando quise tirar la
cadena vi las grietas en eso que estaba flotando en un agua ya turbia y me
pareció que en sus hendiduras, como le había pasado al Pitufo en dudosas
facultades intelectuales con su mesa del living, había un mensaje a decodificar.
Me quedé un rato mirando atentamente los matices del color y las hendiduras
ramificadas conformando un itinerario discontinuo y, como pude, a partir de una
relación libre e instantánea, fui a la computadora para abrir un archivo con un
poema que Kosac me había pasado hacía mucho, cuando iba a chatear a un
ciber, y que contenía, en principio, la misma imagen que estaba tratando de
entender. Entonces me encontré con “tres mierdas de forma parecida” leídas
en términos de arte poética y más allá de en algún punto cierta analogía con mi
propia escena (en la similitud de algunas imágenes precisas como “trazos
gruesos marrón oscuro” y en tanto en el poema esas mierdas se presentan
como “una posibilidad de abstracción”), más allá de estas similitudes sentí que
quedaba un espacio vacío en el propio objeto, marrón flotando en un agua
turbia, que no pasaba por la serie de significados y connotaciones a partir de

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los cuales se sostiene una metáfora. Había en mi inodoro una mierda propia,
con el status innegable de un objeto material, que pasado por el filtro de la
fiebre me quería decir algo por sí solo en sus mismas hendiduras y matices de
color, en la forma de flotar y teñir el agua, que no terminé de entender nunca y
que hizo que sintiera a aquel texto que intenta llegar al fondo de las cosas,
cada vez más, como un producto inacabado.
//
En un cuaderno de anotaciones que casi no uso:
«Me gustaría escribir poesía aunque escribí que “no puedo escribir poemas”, y
que “no me desvela no poder escribir poemas”.
La poesía tiene su propia lógica formal. La instancia de cortar un verso está
llena de significado.»
El único poema que escribí, hace ya bastante, es uno mentiroso:

La anterior caracterización
La anterior caracterización no quiere
en primer término
quiebras en el orden económico
pensamiento político del grupo
para los nacionalistas la solución
esa aceptación obliga
el sector triunfante
decididamente neutralistas del Ejército.

Hay dos grandes factores que movilizan o paralizan un texto escrito en prosa:
la acción y la falta de acción. Puede haber un equilibro entre estos extremos o
puede generarse una estructura asimétrica. Cuando hay acción la lectura se
hace ágil, los párrafos transcurren vertiginosamente. Cuando no la hay la
lectura se traba, se requiere un trabajo adicional para no quedarse afuera de
las digresiones del texto. Estas digresiones tienen su función, así como la
tienen las secuencias que narran un acontecimiento. Las digresiones, no
obstante, pueden desembocar en una anécdota y las secuencias que narran un
acontecimiento pueden ser analizadas a partir de preceptos teóricos. Estos
cambios en el ritmo del texto, producidos a partir de la acción o la ausencia de
acción, más allá de lo que cada secuencia esté trasmitiendo desde un punto de
vista semántico, están repletos, como en la poesía, de un significado formal.
Cuando uno aplica el zoom que permite el procesador, sin embargo, estas
diferencias desparecen. El texto se transforma en un bloque compacto y
homogéneo que dibuja formas abstractas con los espacios blancos que se
generan entre las palabras. El texto, el tejido minucioso, adquiere un significado

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nuevo: los patrones estéticos de la obra plástica empiezan a desplazar a toda
otra relación de sentido.
//
En los días festivos, sobre fin de año, a riesgo de exponerme más de la cuenta
solía merodear la vereda: el movimiento del barrio en algún punto me atraía.
Los petardos sonando abajo del sol en contraste con la habitación oscura de la
Lechuza y el ruido de tanta gente afuera trasladándose de un lugar a otro, de
un almacén a otro con botellas de cerveza, era para mi acotada concepción de
las cosas una verdadera fiesta. Me había erigido en una especie de informante
de la Lechuza, que prefería la sombra pero seguía interesada en los
movimientos del barrio, por lo que cada una hora salía a buscar la novedad y
me sentaba sobre un bloque de cemento a ver pasar la gente. Ya conocía cada
detalle del recorte de la cuadra: las construcciones en altura sin revocar que se
abren a pasillos internos, la pared de enfrente con la publicidad artesanal de
una gaseosa, las mediasombras colgando en el interior de los pasillos, los
cables que cruzan la calle y que forman un entrelazado caótico, un Ford
Taunus amarillo estacionado encima de la vereda. Llegué a conocer el
escenario casi de memoria y era a partir de un intento de mimetización con el
ambiente que trataba de ver el elemento nuevo, lo que se destacaba o podría
interesarle a la Lechuza.
Dos días antes de navidad salí de la casa de la Lechuza con la intención de
siempre y me ubiqué en el bloque de cemento a ver pasar la gente. A veinte
metros, en la vereda, había un grupo familiar: un viejo y un gordo tomando
sidra con unos pibes alrededor de una camioneta blanca. En un momento
pensé que su cercanía, y sobre todo el ambiente festivo que los envolvía, los
gritos a veces demasiado fuertes, podrían llegar a presentarme algún
problema. Casi al instante el gordo me gritó que me acercara y entonces
entendí que había pasado el límite de lo que en un principio, cuando llegué a la
villa por primera vez, era un grado aceptable de exposición. No pude más que
acercarme al gordo, entre las miradas de los pibes sentados en la camioneta
con las puertas abiertas, y vi que quería ofrecerme un trago de sidra e
integrarme aunque fuese momentáneamente a su grupo familiar. Agarré la
sidra y tomé del pico mientras el viejo salía del interior de la casa con una
banqueta en la mano para que me sentara y pasara a formar parte del cuadro
que hacía unos segundos podía ver como a través de una pantalla.
Afortunadamente nadie me preguntó qué hacía ni me preguntó, sobre todo, qué
vínculo me unía a la Lechuza. Solamente siguieron como cuando no estaba,
agregándome a la ronda de la sidra fría y haciéndome algún comentario
aislado. El viejo y el gordo, a diferencia de los pibes, parecían estar borrachos.
Dos pibes se quedaron y otros dos fueron en la camioneta a hacer una “onda”,
literalmente, mientras los demás seguimos abajo del sol de la siesta casi
navideña festejando la inminencia de otro fin de año. Unos chicos más chicos a
veces salían de la casa y tiraban algún petardo. En una ocasión me tiraron uno
entre los pies y cuando explotó el gordo se rió exageradamente. Otro de los
chicos más chicos en un momento se acercó al viejo y le preguntó “¿adónde
fue el Tico?” y el viejo le contestó “me fue a comprar una remera”. Yo trataba
de no exponerme más de la cuenta, por lo que me limitaba a agarrar la sidra y

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después de tomar unos tragos a hacerla circular. Las interacciones me
parecían festivas y llegué a pensar que si aceptaban mi condición pasiva (como
un rasgo de mi propia naturaleza) hasta podía insertarme bien en ese contexto
nuevo. Un borracho crónico, desalineado, con la cara colorada por el vino y el
sol, apareció de una casilla a mitad de cuadra y cuando estaba cerca de
nuestro grupo el gordo le dijo “vení, tomate un trago”, con la evidente intención
de seguir engrosando los límites de lo que era, a esta altura, nuestra propia
familia. El borracho pasó al lado nuestro y le dijo “no, no, ahora vuelvo,
aguantame”. Siguió hasta la esquina opuesta a la que venía y se encontró con
dos mujeres, hablaron algo y volvió sobre sus pasos adonde estábamos
nosotros otra vez y cuando llegó se saludó, ahora sí, formalmente con el gordo:
“¿qué hacés Marito? ¿Todo bien?”, le preguntó el gordo y el borracho le
contestó “todo rebien”. Se quedó un rato parado al sol tomando la sidra que le
llegaba a las manos y sin decir más nada siguió caminando por donde había
aparecido la primera vez. “Suelda abajo del agua”, me dijo el viejo cuando se
fue. “¿Quién?”, le pregunté yo. “Este que pasó”, me respondió él, “gana guita”.
“¿Y qué hace con la plata?”, le pregunté mientras veía cómo se iba
tambaleando. “Se la toma”, me dijo el viejo, entonando las palabras de manera
voluntaria como quien dice algo que no tendría que decir de tan evidente.
Cuando unos minutos después dije “San Martín” para responder a la
interpelación “vos que fuiste a la escuela, ¿quién es el padre de la patria?” y el
viejo me rectificó con “el padre de la patria fue Perón”, haciendo que el gordo
estallara en una nueva carcajada, ya no me sentía para nada cómodo y si
hubiese querido no podría haber disimulado mi impericia para absolutamente
todo: adquirir un disfraz, saber mentir o sencillamente ver qué cosa teníamos
en común. Me hundí en la silla mientras uno de los chicos le volvió a preguntar
al viejo “¿adónde fue el Tico?” y el viejo le respondió “me fue a comprar una
remera” en el mismo momento en que el Tico volvía en su camioneta blanca,
sin ninguna remera, y estacionaba al lado nuestro abriendo las puertas para
que pudiéramos escuchar las canciones del polaco. A partir de ahí me quedé
callado pensando en cómo iba a salir de esa silla de una manera decente y me
acordé de la Lechuza, sola en una habitación esperándome desde ya hacía
rato. Y cada vez más hundido vi cómo doblaba un colectivo rojo levantando
tierra, zumbando, y en uno de sus vidrios se reflejó el sol dejándome ciego por
un instante, totalmente indefenso, sin un arma ni la estatura moral para
empezar a los tiros porque sí, como si fuese Mersault en ese rapto pasajero de
ceguera blanca producida por el sol.
***
Junio, 2010
Siempre supe que aquel texto que intentaba llegar al fondo de las cosas se iba
a caer, más tarde o más temprano, por la fuerza de su propio peso. De esa
intención quedó un ícono en el escritorio de mi computadora que representa un
número cerrado de páginas que cifran mi predisposición al fracaso. Y al mismo
tiempo la posibilidad encubierta de ser otra cosa. Puedo ponerme al servicio de
la técnica, vender mi fuerza de trabajo, reconfigurarme al status de mercancía.
Ayer, por ejemplo, pude haber estado en una mesa de saldos, sucio y con la

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barba crecida ante la vigilancia de los empleados, mirando libros que sabía de
antemano no iba a comprar, haciendo tiempo entre una mesa y otra sin la
convicción para meter un libro entre mi campera marrón con capucha, vieja
pero resistente como si hubiera sobrevivido a una guerra, y al otro día estar
afeitado trabajando en la redacción de un diario procesista, llevando papers
con noticias recortadas desde una agencia opositora que intentan construir un
relato por sí mismas, más allá de los matices que pueda darles en mi condición
de empleado, de redactor raso alrededor de otras cincuenta computadoras que
están recibiendo los mismos partes de prensa.

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Auditoría

La obra literaria como si fuese un contrato financiero: norma literaria y
valor. Estas normas requieren que el auditor planifique y desarrolle la Auditoría
para formarse una opinión acerca de la razonabilidad de la información
significativa que contengan los Estados Literarios considerados en su conjunto,
preparados de acuerdo con las normas literarias.
Alcance de la Auditoría: una Auditoría incluye examinar, sobre bases
selectivas los elementos de juicio que respaldan la información expuesta en los
Estados Literarios y no tiene por objeto, ni necesariamente permite, detectar
delitos o irregularidades intencionales. Una Auditoría constituye evaluar las
normas literarias utilizadas y como parte de ellas la razonabilidad de las
estimaciones de significación hechas por la Administración. He verificado
mediante pruebas selectivas que el Estado de Resultados expresa el contenido
de la información que surge de la documentación respaldatoria de las
operaciones realizadas y que han sido puestas a mi disposición. En mi opinión:
los Estados Literarios concuerdan con los registros literarios, los que han sido
llevados de acuerdo con la técnica literaria.

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