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Prefacio

Por Leopoldo Veres

Ismael Blanco construye dos voces retóricas y las articula bajo el
nombre Culpa moderna. El adjetivo es ambivalente: por un lado puede leerse
como sinónimo de “contemporánea”; los textos se presentan con una trama
elástica, de carácter fragmentado, como si Blanco tuviera el ojo puesto en la
textualidad del entorno digital. Pero por otro remite a la modernidad en términos
literarios: formalmente evidencian un carácter autorreflexivo y “Papeles sobre la
pobreza” señala su máscara al representar, en un abismo, un escritor que
escribe. El sustantivo “culpa”, por su parte, se relaciona con un fondo que
atraviesa las dos voces y que tiene un evidente peso moral.
En cuanto a la datación de los textos (2006 y 2010) cabría pensar algo
en términos políticos. Para György Lukács (y por extensión para Bertolt Brecht),
el problema con Kafka es su pesimismo, es decir, la falta de una perspectiva
progresista –sí presente en Balzac o Goethe– incluso en un contexto
desalentador, de decadencia capitalista, guerra mundial y fascismo. A partir de
esa clave que propone Lukács para leer las manifestaciones artísticas, me
pregunto si necesariamente hay que producir una literatura optimista. Al revés
de lo que proponía Lukács –hacer obras acabadas, totales, para criticar la
realidad fragmentada y alienante del presente– se pueden hacer obras por
contraste en un presente de estabilidad socioeconómica, a partir de la
representación de una realidad desencantada o incluso decadente, como
testimonio de cierta potencialidad de la cultura, de lo que siempre puede ser
una organización social, política, y que eso no sea, necesariamente, una crítica
al estado de cosas del momento o incluso específicamente a un gobierno de
turno. La pregunta, enunciada en términos temerarios, podría ser por lo que
Brecht (ya no Lukács) puede aprender de Kafka. Más allá de la reticencia para
con su pesimismo histórico, puede aprender, justamente de ese pesimismo,
algo acerca de los peligros de su historia contemporánea, como la burocracia
alienante o las profecías ciegas acerca de una policía secreta nazi o soviética,
y eso no ir en desmedro de una idea progresista de la historia. Ernst Bloch
escribió, en respuesta al ataque de Lukács contra el expresionismo: “¿No
existen relaciones dialécticas entre la decadencia y el ascenso? ¿No hay aquí
también materiales de transición de lo viejo a lo nuevo?”. De ahí, la pregunta
que en realidad me quería hacer: ¿no somos acaso los de la generación de
Blanco, políticamente formados durante el kirchnerismo, hijos de diciembre del
2001?

6 de junio de 2017

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