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No puedo escribir poemas
No puedo escribir poemas. No me desvela no poder escribir poemas.
Incluso diría que no quiero escribir poemas. El colectivo tarda media hora hasta
llegar allá. Desde la ventanilla puedo ver el centro y cómo se une la parte norte
con la parte sur de la ciudad. Y en este trayecto (las ocasionales veces que lo
hago) pienso cosas. Cosas dispares. “No puedo escribir poemas”, por ejemplo.
“Volví a agarrar los lentes negros”, por ejemplo. ¿Volví a agarrar los lentes
negros? Sí, los agarré otra vez, después de mucho tiempo y los guardé en el
bolso. ¿Por qué hace tanto que no uso lentes negros? Quiero usar lentes
negros. Quiero sentirlos puestos otra vez. Mañana a la mañana voy a bajar
(estoy yendo a una parte alta de la ciudad) y voy a comprar una cerveza con el
sol de frente y voy a mirar para el costado cuando el tipo que me da la cerveza
por una ventana enrejada se vaya para adentro: voy a ver una publicidad
pintada a mano en un paredón, va a pasar un colectivo viejo, zumbando,
echando humo negro y voy a pensar que tengo puestos los lentes negros,
esperando una cerveza, abajo (me voy a dar cuenta de que tengo que subir) y
voy a ver que el tipo se acerca a la ventanita y me pregunta “¿algo más?”. “Sí”,
le voy a contestar, “dame un atado de cigarrillos” (voy a pensar cuánto tengo en
la billetera) “Chesterfield”. Y el tipo va a volver para adentro y me va a traer un
atado de cigarrillos Chesterfield. “Tengo los lentes puestos”, voy a pensar
mientras suba con la botella en la mano. Quiero tener los lentes puestos. ¿Por
qué hace tanto que no usaba lentes negros? Quiero usar lentes negros cuando
sea de día. Quiero usar lentes negros a la mañana. Quiero, algún día, estar
despierto a la mañana. Quiero estar en el centro cuando esté despierto usando
lentes negros. Quiero estar sentado en la plaza viendo cómo la gente va a
lugares mientras sé que el día recién empieza y estoy usando lentes negros.
Quiero fumar un cigarrillo mientras esté sentado en la plaza y la gente pase en
distintas direcciones. Tengo que entrar al club Olimpo en algún momento de
esa mañana. Tengo que volver al club Olimpo antes de las once de la mañana.
Tengo que entrar al hall con los lentes puestos. Tengo que sacarme los lentes
una vez transpuesta la entrada. Tengo que mirar de reojo las ventanillas de
atención. Tengo que parar un momento y mirar el cuadro inmenso que hay en
alguna de esas paredes del hall con la foto de un jugador de básquet que está
gritando un doble, en blanco y negro, expresivo. Tengo que caminar un poco y
pasar al segundo nivel. Si no hay nadie tengo que quedarme un rato ahí (no
mucho) mirando la pista de patinaje, los círculos que se van abriendo y se
confunden con otros círculos pintados de colores más suaves. Tengo que
seguir caminando y pasar al tercer nivel y quedarme un rato (no mucho)
mirando la cancha vacía de pelota paleta, larga, el paredón, la línea que separa
las pelotas buenas de las malas, los puntos marcados en la pared. Tengo que
seguir caminando y pasar al cuarto nivel en donde están los vestuarios y pasar
rápido, doblar a la derecha, llegar al final del pasillo y volver a doblar a la
derecha, hacer cinco metros aproximadamente en otro pasillo oscuro, doblar a
la izquierda y agarrar el último pasillo, el más largo, el que da a la salida de
atrás y caminar un poco y llegar hasta la puerta que da a la tribuna de la pileta.
Tengo que entrar y llegar al último nivel, donde hace calor, donde hay vapor en
el aire, olor a cloro, y subir hasta el último escalón de la tribuna y sentarme un
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