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Hay gente que está durmiendo en el neuropsiquiátrico de Necochea, justo hoy
que está nublado y que llevo un par de lentes negros en el bolso.
El colectivo dobla por una de estas calles que ya no sé cómo se llaman.
Y sube, porque el terreno va subiendo. Y se ven casas precarias ordenadas
hacia arriba como en una favela. Siempre me llamó la atención, pero nunca me
detuve a pensar seriamente en la estética de estas casas. Y mucho menos en
lo que podrían llegar a significar. Siempre me excitó perder. Cuando era chico
me excitaba perder. Ahora también me excita perder. Es raro, pero cada vez
que veo la construcción de estas casas me acuerdo de que me excita perder. Y
que podría sentir mucho placer adentro de estas casas precarias. El colectivo
llega a unas canchas de fútbol y el espacio se abre y pueden verse las casas
subiendo en construcciones precarias. Es raro, porque nunca me detuve a
pensar en la estética de estas casas. Y en este viaje primero fue Diego que me
dijo mirando por la ventana de la casa de Brian: “este barrio es cualquiera, las
casas suben como en la villa”. Y después, más tarde (creo que ya era de día) lo
dijo el May: “las casas estas son cualquiera”. Hay viento. Desde la ventana de
la casa de Brian hay viento y se ven las casas. La gente de ahí arriba tiene
revólveres. Esto me lo dijo Brian antes de que me fuera, cuando estaba
mirando por la ventana y sentía cómo era ser un idiota o un mogólico. Dormí en
la casa de Brian. Diego también durmió en la casa de Brian. Me desperté a
media noche mientras dormía en casa de Brian. Me despertaron las puntadas
en el pecho. Cada tanto me despiertan unas puntadas en el pecho. Cuando
me vienen las puntadas tengo que levantarme y quedarme sentado un rato.
Mientras estaba sentado miré las construcciones del barrio de Brian por la
ventana. Y me acordé de que cuando era chico me excitaba perder. Después
pude dormir unas horas y me volvieron las puntadas. Después dormí unas
horas más y volvieron las puntadas en el pecho y en la garganta. Antes de irme
de la casa de Brian esperé el colectivo, de nuevo desde la ventana atento a
que apareciera por la calle de tierra. Y tenía una campera abrigada. Y un
pantalón negro y viejo. Y unas zapatillas grandes y viejas pero abrigadas. Y
una mochila con cosas adentro. Y tenía guantes puestos. Y un vaso que me
había regalado Brian metido en una bolsa. Y cuando Brian vio que lo había
metido en una bolsa se rió. Y yo le dije que lo hacía para darle miedo a la
gente. Y Brian me contestó que la gente de ahí arriba tenía revólveres. Y me
quedé mirando por la ventana un rato, con todo encima, sin haber dormido
nada por las puntadas y empecé a creer que era una especie de idiota que se
pone a ver las cosas por la ventana, o un mogólico o un loco (pero un loco
medio tonto). Me dolía el pecho y la cabeza por no haber dormido nada y
porque tenía que volver a cruzar la ciudad y me estaba sintiendo como alguien
que tiene problemas mentales, una especie de retraso o algo así. Y cuando
llegó el colectivo sentí miedo porque pensé en la posibilidad real de volverme
loco. Como si estuviera demasiado sensible para escuchar y ver y viajar y
hacer las cosas que hace todo el mundo. Y en el colectivo había una mujer, me
acuerdo, que hablaba por celular y gritaba y se reía a la mañana y en cada risa
que emitía yo pensaba que me iba a volver una especie de idiota. Y un nene se
sentó al revés en el asiento de adelante y empezó a mirarme. Y le hice un
gesto como para que dejara de hacerlo porque pensé que no iba a poder
soportarlo mucho tiempo. Y el colectivo se llenó de gente. Y la gente no me
miraba. La gente no me pedía el asiento porque ya era una especie de idiota o
algo así. Y sentí miedo. Me sentí sucio. Me sentí despeinado. Me sentí
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