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cultura y la vida del campesinado,
y la poesía pronto encontró inspiración en el lenguaje y en las
costumbres populares, haciéndose
eco de los deseos del pueblo. Los
clásicos de este populismo poético
fueron Sándor Peto´´fi y János Arany,
cuya suerte también puede verse
como ejemplos. Ambos tomaron
parte en los acontecimientos de la
revolución del 15 de marzo de 1848
con el fin de convertir en realidad,
también en tierras húngaras, el triple
lema de la revolución francesa de
1789. La revolución buscaba conquistar la independencia total del país
frente al imperio austríaco y quería
establecer la igualdad de derechos de
los ciudadanos: es decir, crear el
Estado burgués moderno en lugar
del régimen de los estamentos.
El líder de la revolución fue Lajos
Kossuth, excelente orador y pensador político, afamado también más
allá de las fronteras del país. A la
revolución sin sangre, le siguió una
sangrienta guerra de independencia.
Primero, la corte vienesa instigó a
una parte de las minorías nacionales
de Hungría contra los húngaros,
luego intervino con fuerza militar, y
finalmente sólo pudo someter la
autodefensa de los húngaros uniendo
fuerzas con el Estado más autocrático de la Europa de entonces, la
Rusia de los zares. En esta lucha en
defensa propia sacrificó su vida
Peto´´fi, y de esta aplastada guerra
guardó Arany los dolorosos recuerdos que quedan plasmados en su
poesía elegíaca.
Después de la derrota, le correspondió nuevamente a la cultura nacional, particularmente a los escritores, el papel de mantener despierta
la voluntad de vivir de la nación y de
brindar ideales a los húngaros
desilusionados. Los poemas épicos
de János Arany evocaron las páginas
más gloriosas de la historia húngara,
Mór Jókai creó, en sus novelas,
verdaderos poemas heroicos acerca
del amor a la libertad de los
húngaros, en sus novelas históricas y
ensayos políticos, Zsigmond Ke$

Ferenc Liszt

mény puso de manifiesto la necesidad del autoconocimiento nacional
y de la cuerda política realista,
mientras que Imre Madách presentó
una visión mítica de la historia y del
futuro de la Humanidad entera, en su
drama titulado “La tragedia del
hombre”. La música nacional desempeñó un rol similar : las óperas
de Ferenc Erkel y la música de Ferenc Liszt (lo mismo que su actuación personal) sirvieron igualmente
al fortalecimiento de la identidad
nacional.
Los húngaros resistieron el peso
de la opresión. En 1867, como
resultado de los esfuerzos tanto del
prudente político de la reforma, Ferenc Deák, como del monarca
Habsburgo Francisco José I, que
quería hacer las paces con la nación
y de su cónyuge, la reina Isabel,
guiada por el amor sincero que sentía
por los húngaros, se produjo el
compromiso austro-húngaro y se
formó la Monarquía Austro-Hún-

gara dualista, con sede en Viena y
Pest-Buda, y a la accidentada historia
de los húngaros nuevamente llegó
la época del progreso, a la vez
que el peso del país aumentaba
paulatinamente dentro de la Monarquía. Así pudo suceder que en el
congreso de Berlín de 1878, llamado
a regular las relaciones entre las
grandes potencias europeas, el exrevolucionario húngaro, conde Gyula Andrássy, representó a la Monarquía.
A lo largo del casi medio siglo,
transcurrido entre el Compromiso y
la Primera Guerra Mundial, en
Hungría se llevó a cabo una fuerte
transformación burguesa, se desarrollaron extraordinariamente la
industria y el comercio, se completó
la red ferroviaria y se establecieron
las instituciones de la constitucionalidad parlamentaria. Sin embargo,
este país, en vías de desarrollo y de
fortalecimiento, afrontaba problemas
sumamente graves. Casi la mitad de