01 Loob Cazadores.pdf

Vista previa de texto
Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
también rojos en los bordes. Una chaqueta de cuello alto de piel de uro con un peto de
acero pintado de negro que cubría el estómago, el pecho y el costado con las alas de
diablesa rojas grabadas también.
Lleva consigo un buen número de armas consigo, en su protección del muslo derecho
lleva enrollado un látigo, en un intento banal de conseguir un arma tan versátil como la
mía, sabiendo que no podría dominar las cadenas como yo, y porque su estilo es muy
diferente, él se basa en sus dos espadas que tiene atadas por un segundo cinturón en el
lado izquierdo de su cadera, una de ellas es una espada de las islas del este, de un único
filo, larga y fina, no sirve de mucho para defenderse de las embestidas de otra arma,
pero joder, cuando ves con la facilidad que lo corta casi todo, te das cuenta de que no la
vas a usar nunca para defenderte de nada, con una empuñadura con forma de cabeza de
dragón, que hace parecer que la hoja de la espada es la lengua del dragón, aunque es un
dragón muy raro, creo que de los que habitaban antiguamente en el archipiélago al que
daba nombre, el Archipiélago del Dragón Marino. La otra es más clásica y occidental de
doble hoja, más corta que la anterior pero también fina, por tanto, podría usarse como
escudo si es necesario, aunque no es muy recomendable usarlo demasiado así, es un
arma destinada a ser ligera y por tanto rápida, la que sí sirve como arma pesada y como
ofensiva total como digo yo, es a la que yo he llamado, su Espada Lamia, es una espada
serpiente pero muchísimo más grande de lo normal, la lleva colgada en la espalda, justo
detrás del hombro derecho, es casi tan larga como él, y eso que él es más alto que la
media. La lleva en una funda de cuero tachonado. En sus antebrazos lleva unos
guanteletes que le protegen el lado exterior únicamente, con una forma lisa desde los
nudillos hasta la muñeca, y de ésta hasta el codo acabado en tres puntas ligeramente
levantadas desde la muñeca, más fuera conforme avanza por el antebrazo hasta el codo,
donde se separa del brazo unos tres o cuatro centímetros. Y como colofón lleva una
ristra de dagas sin puñal ni nada, pequeñas y muy finas, dagas para lanzar, parecen poca
cosa pero en un instante se pueden clavar en un ojo o en el cuello, y la verdad es que le
saca mucho partido en momentos difíciles.
Ahí está, caminando tranquilamente en mitad de la calle en este pueblo en ruinas
custodiado por un wyvern gigante escupe fuego yendo a paso lento hacía la gran
columna de fuego, ese es mi amigo, mi compañero mercenario, el hombre al que llamo
Colega.
Darío Ordóñez Barba
Page 8
