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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
El wyvern se para delante de mí, olfatea el aire y mira por la zona en la que estoy, se
pasea un poco por aquí, creo que no consigue distinguir bien el olor entre tanta ceniza, y
parece que no puede verme. Jodra me dijo una vez que la mayoría de los wyvern no ven
como nosotros, sino solo el calor corporal de la presa, así que supuse que la ceniza fría
de los restos de este bar taparía mi calor como si fuera barro. No tengo ni idea de si no
me ve gracias a eso, o simplemente está lleno a más no poder, que tiene que estarlo, con
la cantidad de civiles y mercenarios cazadores que se ha llevado a la boca, pero el caso
es que se aleja muy tranquilamente.
Aparte del descomunal tamaño que tiene, no parece tener nada más fuera de lo
común, tiene las escamas del lomo de color oro viejo, más claro en la panza y la parte
del cuello que da al suelo, al igual que la mandíbula inferior, como siempre, la parte de
arriba tiene escamas más gruesas y la de abajo más finas, si no puedes atravesar esas,
olvídate de las de arriba que sirven a modo de armadura. Un cuerno enorme en la punta
del morro y cuatro cuernos finos y largos de hueso en la parte de tras de la cabeza, y
unos ojos de gato dorados. Al menos no es de esos que tienen en la punta de la cola una
maza, ya sabéis, los que tienen la punta de la cola como un huevo enorme de hueso con
muchos pinchos, esos cabroncetes son jodidos por delante y por detrás.
El caso es que se va y pasa de mí, de normal no me gusta que nadie ni nada me
ignore de esta manera, pero por esta vez se lo pasaré por alto. Me levanto y me sacudo
bien la gabardina de cuero marrón que me llega hasta las rodillas, cuatro capas de
protección económica, los guantes y botas igual, de cuero marrón a juego, la gabardina
lleva en el cuello y en las mangas pelo de león de nieve, el buenazo de Colega me lo
regaló por mi cumpleaños, me queda de lujo, me da mucho estilo, y para qué
engañarnos, me queda genial esa mata de pelo blanco cubriéndome el cuello y la mitad
de la espalda, me da mucho porte. Tengo el pelo largo, castaño y ondulado, como debe
de ser, con el pelo recogido en una coleta que llevo colgando en el hombro izquierdo.
Luego están los pantalones blancos normales, o eran blancos cuando los compré, con
unas protecciones para los muslos, la rodilla y las espinillas y un chaleco de escamas de
dragón pequeño, cortesía de Jodra, a ella sí tuve que pagarle, pero al menos me hizo un
pequeño descuento, que viniendo de una tacaña como ella bien puedo darme con un
canto en los dientes. Me tiro un buen rato quitándole la ceniza a todas partes de la ropa,
y lo que se ha metido dentro, pero más me cuesta limpiar mis cadenas y hoces, y más
aun mi guardacadenas. Esas son mis armas, dos cadenas de cinco metros cada una con
una pequeña bola de metal al borde, y dos pequeñas hoces al final de otras dos, con los
mangos lo suficientemente largos para cogerlo con las dos manos sin cortarme con la
hoja, unas armas de lo más versátiles, os lo digo yo, y raras, lo cual me asegura siempre
el factor sorpresa, incluso entre las bestias. Mi guardacadenas es una obra maestra de la
mecánica, modestia aparte, la llevo en la espalda, a la altura de los riñones, tapada por
mi gabardina, y lleva un mecanismo simple que guarda las cadenas lo justo para tener
las dos bolitas a la altura de las muñecas, dentro de la ropa, la cadena está dentro de la
manga y pasa por mi espalda hasta el guardacadenas, las llevo ocultas y a mano, puedo
tirar de ellas toda la longitud y cuando las suelto, el guardacadenas las recoge solo
gracias a un mecanismo de lo más simple. Mis hoces las llevo en la cintura en sus
fundas, para evitar cortarme tontamente.
Me he subido a la azotea del edificio más alto que he encontrado, así mientras limpio
mis armas y mi guardacadenas puedo estar pendiente por si ese bicho se me acerca. Sin
la ceniza encima me encontrará sin duda, pero como cuando le entre hambre me va a
encontrar igual, al menos ahora sé que vendrá a por mí, que es muy diferente a no saber
si pasará de ti o no.
Darío Ordóñez Barba
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