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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
que tampoco estoy seguro, con los días que lleva ahí y los destrozos, puede estar
perfectamente famélica o con algún hueso roto. Así que, por mucho que me aterre la
idea, debo meterme en el edificio.
Entrar por la entrada principal está descartado, está llena de tablones rotos tapándola
y un reptil tan grande como el edificio está ahí pegando cabezazos, así que confío en
que en la parte trasera haya una puerta trasera, y hay suerte, hasta está abierta de par en
par, entro por ahí y veo que este edificio fue una frutería, a la vez que una casa familiar:
Todo está lleno de cestos con frutas podridas, pero debajo de lo que parece el mostrador
veo unos plátanos y unas naranjas que no parecen demasiado mal, los cojo y me los
guardo en uno de los bolsillos interiores de la gabardina. Voy a ponerme a buscar entre
los escombros y debajo de lo que sea cuando vuelvo a oír el grito, esta vez acompañado
de un “¡Socorro!”, viene de la planta de arriba… genial, más cerca de la boca de esa
mole de escamas, pero en fin, subo corriendo por lo que queda de escaleras y llego a un
pasillo con varias puertas, no consigo distinguir de donde viene el grito, y el humo y
todos los pedazos de madera que están volando, unido a las sacudidas que provoca el
wyvern con cada cabezazo estoy del todo desorientado, aparte que esas malditas
embestidas hacen que me caiga varias veces. En la primera puerta a la izquierda lo
único que veo es aire, ese maldito bicho ya se ha cargado toda esta habitación, ya de
paso lo veo a él embistiendo lo que creo que es la habitación de al lado, que estando esta
como está, si la niña estuviera allí ya habría dejado de gritar. Y pensando en eso me doy
cuenta de que ha dejado de gritar. Mierda, ahora que estoy tan cerca no puede morir, no
me habrá servido de nada meterme en la boca del wyvern si no.
—¡Pequeña! — La llamo a voces, solo ahora caigo en que no me dijeron ni como se
llama. — ¡Vengo a salvarte, sigue gritando, dime dónde estás!
—¡Aquí! — Me responde un hilo de voz a mi izquierda.
Lado bueno: La niña sigue viva y ya tengo una idea de donde está. Lado malo: El
wyvern también me ha oído y ahora se me ha quedado mirando.
En cuanto distingue que yo también soy comestible me lanza una dentellada con esa
boca larga y redondeada, una dentellada que se lleva todo lo que es el marco de la
puerta, casi nada. Consigo evitarlo por los pelos saltando con todas mis fuerzas hacia la
habitación de enfrente, de donde venía la voz. Me levanto lo más deprisa que puedo, y
veo una especie de fuerte con colchones y sábanas.
—Pequeña, ¿estás ahí? — Pregunto intentando aparentar tranquilidad mientras el
wyvern se ha centrado y este lado de la casa.
Una pequeña cosita con los ojos enormes llenos de lágrimas aparece entre las
sábanas, con un leoncito de peluche entre sus bracitos. Está famélica, como me temía.
Me mira totalmente aterrada, de golpe mira detrás de mí y suelta el chillido más agudo
que he oído jamás, el wyvern vuelve a la carga y pega otra relampagueante dentellada
que no me da por pocos centímetros, se queda brevemente quieto, como palpando con la
lengua si ha pillado algo de carne, momento que aprovecho para sacar con la mano
izquierda la cadena de mi manga derecha, le doy unas vueltas rápidas para sacar la
longitud necesaria y le estampo la bola metálica del borde en todo el ojo izquierdo, creo
que lo ha cerrado a tiempo, pero el impacto le ha dolido, empieza a chillas como un
perro al que le han dado una patada, se echa para atrás y se sacude la cabeza. Es ahora o
nunca.
—Pequeña, vengo a rescatarte, y nos vamos ahora o ese monstruo vendrá y nos
comerá. — Le digo como cualquier adulto le hablaría a un niño pequeño, como si le
estuviera diciendo que si no se acuesta temprano vendrá el duende del saco y se la
llevará para hacer un potaje con ella.
Darío Ordóñez Barba
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