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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
como si fuera un lobezno, mis padres lo tomaron como una señal y decidieron llamarme
Loob. — Digo encogiéndome de hombros.
Laab parece relajarse, así que sigo con la misma estrategia.
—Dime, Laabita, ¿cuántos años tienes? — Le pregunto mientras me siento enfrente
de ella.
—Ocho. — Me responde.
Ocho. Ocho años y ya le toca pasar por esto, los dioses son muy crueles a veces.
Seguramente tendrá pesadillas de estos días el resto de su vida.
—¿El dragón malo nos va a comer? — Me pregunta de golpe, otra vez con lágrimas
en los ojos.
—No mientras yo esté aquí, y no es un dragón, no es más que un indefenso wyvern,
en cuanto te ponga a salvo lo cazaré. —Dije aparentando exultante de confianza para
intentar tranquilizarla.
—¡Sí que es un dragón, todo el mundo lo decía! — Me dice gritando como una niña
que es.
—No, los dragones son mucho peores, más grandes y escupen fuego, no como estos.
— La corrijo
—Pero si el dragón malo también escupe fuego. — Dijo claramente enfadada.
Joder, es verdad, con toda la adrenalina de la huida no había caído en la cuenta, el
muy cabrón incendió la frutería, de primeras pensé que estalló algo, pero no tiene
sentido que hubiera ningún tipo de explosivo en una frutería, y pensándolo bien, hay
muchos edificios carbonizados en el pueblo, como la taberna en la que me oculté el
primer día. Venga ya, ya no es solo gigante sino que exhala fuego como un verdadero
dragón. En la orden de trabajo no ponía más que cazar a un dragón que había atacado un
pueblo, no dijo nada del tamaño y de que escupiera fuego, joder, es más dragón que
wyvern, de esto se enterarán a la hora de cobrar, ya verás.
—¿Señor Loob? — Me llama Laabita preocupada.
Doy un suspiro y digo:
—Sí, es más dragón que wyvern, así que tienes razón, es un dragón malo. — Le digo
y es entonces cuando me doy cuenta de lo jodidamente cansado que estoy, cada vez veo
peor la situación.
Una niña pequeña muerta de hambre, yo muerto de hambre, sin comida ni agua, y un
dragón de dos patas a unas manzanas de aquí contra el que no puedo hacer nada.
Nos quedamos en silencio, y eso en un pueblo vacío se resume en un silencio
sepulcral, muy indicado por lo que hay en la primera planta. Yo no dejo de darle vueltas
a lo surreal de la situación y pensando en mil posibilidades para escapar, ninguna me da
demasiada esperanza. Laabita se queda callada mirándome fijamente, hasta que da un
brinco aterrada y se tumba en el suelo acurrucada en posición fetal, sin hacer un solo
ruido. Afino el oído y oigo unos pasos en la calle, pero pasos de persona, no es el
dragón, pero sí que puede ser uno de los saqueadores que mataron a los de abajo. Me
asomo despacio y con cautela al borde de la barandilla, no consigo distinguir a nadie,
pero a mi izquierda, a unas casas de aquí, cuando pasa por encima de un poco de luz que
proyecta la luna entre dos casas lo veo. Vestido completamente de negro, con capa y
capucha negra, unas botas altas y gruesas hasta casi las rodillas, con la punta de metal
pintado de negro, protectores de cuero duro con escamas de dragón negro a los lados de
los muslos hasta las rodillas. Unos protectores de piel de wyvern negro alrededor de la
cintura, dos largos acabados en punta tanto por arriba como por debajo que tienen más
función estética que protectora y una tela hecha con hilo metálico oscuro, con forma
rectangular debajo de su estómago cubriéndole sus partes nobles con dos alas de
diablesa rojas marcadas con hilo metálico rojo en el centro, más unos adornos estéticos
Darío Ordóñez Barba
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