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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
Sé que está aterrada y que no podrá reaccionar como debería, así que la cojo en
volandas y salgo corriendo por donde he venido, bajo las escaleras de dos grandes saltos
y salgo por la puerta trasera casi volando. Sigo corriendo con todas mis fuerzas todo
recto, con la intención de ocultarme entre los edificios cuando al pasar entre los dos
primeros edificios de la siguiente calle siento como si a mi espalda estallará una docena
de barriles de pólvora, me doy la vuelta y veo que el edificio en el que estaba ha
estallado en llamas, y el wyvern se pone encima del edificio y empieza a saltar haciendo
que todo el edificio se desplome entre enormes lenguas de fuego. Fue todo un
espectáculo, una historia digna de contar a mis chicas cuando vuelva, una imagen que se
me quedará grabada de por vida.
Sigo corriendo, en principio quería volver al templo, pero con todo el jaleo me he
perdido, sigo corriendo, quiero salir del pueblo, en la dirección que sea, pero no, me
dará caza antes de que pueda acercarme siquiera. A mi derecha veo un edificio con un
reloj en lo alto de una torre, debe de ser el ayuntamiento y voy corriendo hacia él.
Mientras tanto empiezo a oír como el wyvern ruge con fuerza a lo lejos, no sé qué
significa y casi que no quiero saberlo, pero tengo que saber si viene hacía aquí o se
aleja, quiero saber si nos da por muertos o no, así que entro en el ayuntamiento, no
tengo que forzar la puerta, ya que está hecha pedazos y quemada. Al entrar veo una pila
de cuerpos, unos quemados hasta los huesos y otros mutilados. Así que me pongo a la
niña entre los brazos y le aprieto la cabeza contra el pecho para que no vea nada, la
pequeña me lo pone fácil y se me agarra con fuerza. Joder, aquí no solo murieron
personas por el ataque del wyvern, aquí hay varios con heridas de armas blancas,
debieron ser supervivientes que se toparon con saqueadores que vinieron a coger lo que
hubiera en el edificio más caro del pueblo, seguramente pensaron que venían a
ayudarlos y se acercaron inocentemente a ellos puede que hasta dándoles las gracias
antes de que los mataran a machetazos. Como de costumbre, y como bien dice Colega,
el peor enemigo del ser humano no son los dragones ni ninguna otra criatura salida del
inframundo, es el propio ser humano.
Me alejo de ese dantesco espectáculo cuanto antes y empiezo a subir las escaleras
hasta que encuentro las que llevan al reloj. Subo las escaleras con la niña agarrada a mi
cuello y yo sujetándola con el brazo izquierdo hasta llegar arriba del todo, un cuadrado
del tamaño de una habitación con un tejado pero sin paredes, solo lo justo para no
caernos, una pared, si se puede llamar así, de madera hasta la cintura, nada más. Dejo a
la niña en el suelo acurrucada y me asomo, localizo la frutería enseguida, esa columna
de fuego y humo es muy evidente, el wyvern sigue merodeando el edificio, entrando
entre las llamas sin miedo, como si fuera un dragón. Da unos cuantos pisotones a los
restos, da unas cuantas vueltas como si fuera un perro y se acuesta, aún quedan unos
pocos fuegos, pero poca cosa que se irá apagando sola.
—¿Vi-vi-viene? — Me pregunta la niña entre tartamudeos, no sé porqué, pero me
sorprender oírla hablar.
—No, se ha acostado en los restos de tu casa. — Le respondo como si fuera una
respuesta normal.
—No era mi casa, estaba comprando con mi mamá cuando el dragón malo vino. —
Me dice llorando. — Me metí dentro con la frutera, que era muy buena, y ella me llevó
arriba y me dijo que no saliera. Pero ahora he salido, ¿soy mala?
Me río a carcajadas con la intención de que viera que era una tontería y quitar un
poco de tensión.
—Claro que no, pequeña. Yo te he sacado a rastras, así que el malo lo sería yo. — Le
respondo poniendo una sonrisa de oreja a oreja.
Darío Ordóñez Barba
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