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“Y como es obligado en el ciclo
de la vida, dijo adiós; apagó para
siempre —él, el recordador—
su pródiga memoria, ingresó
por fin a la maravilla mágica
de Macondo. No lo lloramos,
lamentamos solo que no lo
veremos físicamente más, pero
su obra queda con la más alta
dignidad estética posible. Tendrán
que transcurrir otros cien años
para que aparezca un nuevo y tan
diestro cultor de la soledad.”
Julio Escoto
torio día y noche, estaría escuchando
las historias de los pasajeros y navegando las calles”.
Diez días más tarde averigüé otra característica suya. Estábamos en Roma para
el Tribunal Russel y Cortázar me llevó
a que me juntara con Gabo y una serie
de otros artistas solidarios con Chile
en una trattoria de la Piazza Navona.
Para un joven escritor de treintiún años
aquello era un sueño: Matta, Glauber
Rocha, Rafael Alberti y su mujer María
Teresa que, al finalizar la noche, aseguró
que ella iba a entrar en Madrid antes de
que Franco muriera, montada desnuda,
juró, en un caballo tan blanco como los
pelos de su esposo. Mi fascinación se vio
algo amenguada por la certeza de que
mi pobre bolsillo exiliado estaba vacío
y que no podría solventar mi parte de
la considerable cuenta. ¿Cómo supo
Gabo que eso me preocupaba? Antes de
que llegara la factura, se me acercó, me
guiñó el ojo y me confidenció que él ya
había pagado todo.
Mostraría una parecida generosidad
con causas más importantes y urgentes
en los años que siguieron. En la constante conspiración contra Pinochet y
tantas otras dictaduras latinoamericanas, nunca se negó a ofrecer apoyo,
consejos, contactos, incluso cuando se
me ocurrió, de una manera estrafalaria
e imprudente, agenciarnos un barco
mercante en que pudiéramos subir a
todos los músicos, artistas y escritores
chilenos exiliados y partir a Valparaíso
para desafiar a los generales y probar
que teníamos derecho a vivir en nuestra patria. García Márquez que por lo
general tenía los pies muy en la tierra,
se entusiasmó con tamaña locura, digna de sus propias invenciones literarias
y me consiguió una entrevista con Olof
Palme. Angélica y yo partimos a Estocolmo, donde el primer ministro sueco
me escuchó con flema escandinava, avisándome que se comunicaría conmigo
si creía que mi plan podía prosperar,
una llamada, por cierto, que —con
toda razón— nunca llegó. “Esperemos,
entonces” dijo Gabo, “que gane Mitterrand y ahí conseguimos la nave”. Pero
en 1981, cuando eso sucedió, ya había
entrado yo en mis cabales, desistiendo
de tales afanes, y Gabo y su familia ya
no permanecía en Europa, sino que se
habían instalado en México.
Transcribo ahora estos recuerdos, ahora que aquel huracán que acabó con
Macondo vino por él, ahora que ya no
podemos conversar y reírnos y confabular, los transcribo porque siento que
tal vez contengan algunas claves de
cómo su existencia y su arte se alimen-
taron mutuamente, del hombre detrás
de tantas palabras que no van a perecer.
Si me quedo con una historia personal
suya, es esta. Un día estábamos almorzando en su casa del Pedregal de San
Ángel en la Ciudad de México, y Gabo
le dijo a otro comensal: “Sabes que Ariel
me llamaba a las tres de la mañana para
contarme algún proyecto contra Pinochet. ¡Y sabes que me llamaba collect!”
Cuando el comensal partió le dije a
Gabo que era cierto que lo llamaba a las
tres de la mañana y a otras horas desalmadas, pero que él sabía muy bien que
nunca lo llamé con cobro revertido, que
Angélica y yo vivíamos de prestado en
esa época, sin tener dónde caernos vivos ni muertos, pero que siempre costeábamos nosotros aquellas llamadas.
Gabo me miró muy serio y enseguida
sonrió. “Perdóname si me equivoqué,
pero tienes que reconocer que es mucho más interesante y gracioso si me
llamabas collect”.
Y claro que se lo perdoné, se lo vuelvo a perdonar. La raíz de su genio era
tomar algo real, sumamente frecuente
y habitual y casi periodístico, y exagerarlo hasta lo descomunal. Igual que
Colombia, igual que nuestra América,
igual que nuestra increíble humanidad
que nadie como él, taxista de la eternidad, supo conquistar y expresar y volver
inmortal.
