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Recabalgar al hidalgo:
transponer un imperialismo narrativo
*
Héctor M. Leyva**
S
in habérselo propuesto el Quijote ha
presidido un lugar central en la historia literaria como modelo fundador
de la novela moderna, pero como todo
modelo con una influencia normativa
sobre las prácticas de la ficción narrativa que pudo haber aumentado con el
paso de los siglos hasta convertirse en
un imperial reinado contra el que seguramente el propio Cervantes se habría rebelado.
Como se sabe, Cervantes fue un fiel
vasallo de su reino por el que profesó
las armas, por el que fue herido y por
el que sufrió cautiverio y muchas otras
penalidades, pero en materia literaria
se permitió atacar a los autores consagrados de la época y sus anticuados
y pomposos estilos. Su figura fue la de
una inteligencia anónima con cierta picardía contestataria que al margen de
la corte y de las instituciones académicas sorprendió a legos y eruditos, y a
los tiempos venideros con su ocurrente novela. Después de cuatro siglos, el
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estilo de novelar de Cervantes que en
su momento pudo hallarse aliado con
cambios interesantes en su sociedad,
ha llegado a institucionalizarse. Cervantes echó las bases en la literatura
del racionalismo europeo occidental
que en ese tiempo se levantaba contra
el pasado medieval y caballeresco. Ese
racionalismo que conduciría a la revolución francesa y al auge de la ciencia
y la tecnología, lo mismo que al endurecimiento de los procesos de colonización en el Tercer Mundo, fundó su
autoridad descalificando por absurdas
y fementidas otras formas de la ficción
(...).
En el comienzo mismo de la novela, en
su prólogo, puede hallarse expresada la
tensión contradictoria que orienta su
composición: por un lado, la seducción
por el humor y el vuelo de la imaginación (que sabemos que acicateaban
la escritura de Cervantes) y, por otro,
el llamado a la contención y al buen
juicio (que inclinaba al autor hacia los
modos más equilibrados de los humanistas). En boca de un amigo pone los
consejos que han orientado su escritura. “Procurad —le había dicho el amigo— que leyendo vuestra historia el
melancólico se mueva a risa, el risueño
la acreciente, el simple no se enfade, el
discreto se admire de la invención, el
grave no la desprecie, ni el prudente
deje de alabarla”1. En pocas palabras,
que la escritura habría de mover a la
risa pero con una invención moderada, y a esto añade el amigo que es buen
camino el que ha seguido de atacar las
novelas de caballerías. “En efecto —le
dice— llevad la mira puesta en derribar a máquina mal fundada destos
caballerescos libros, aborrecidos de
tantos y alabados de tantos más; que si
esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco”. A la postre, sin embargo,
el propio Cervantes parece lamentarse
de una obra que a su juicio pudo haber sido más rica en imaginación y
aún en conceptos. Es una lamentación
incluida en el prólogo de la primera
parte, que habla de su discreción y de
su modestia, pero también de cierta inconformidad con esa forma de escribir
que al final había reducido la creación
al horizonte de lo que podía explicarse
(…).
El personaje que crea Cervantes en
don Quijote es del todo conveniente
para representar que lo que se halla en
disputa son distinta razones. El Ingenioso Hidalgo está loco pero no por
