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Un gran maestro de música ha dicho
que no es humano imponer a nadie el
castigo diario de los ejercicios de piano, sino que este debe tenerse en la
casa para que los niños jueguen con él.
Es lo que me sucedió con el diccionario
de la lengua. Nunca lo vi como un libro
de estudio, gordo y sabio, sino como
un juguete para toda la vida. Sobre
todo desde que se me ocurrió buscar
la palabra amarillo, que estaba descrita
de este modo simple: del color del limón. Quedé en las tinieblas, pues en las
Américas el limón es de color verde. El
desconcierto aumentó cuando leí en el
Romancero gitano de Federico García
Lorca estos versos inolvidables: En la
mitad del camino cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que
la puso de oro. Con los años, el diccionario de la Real Academia —aunque
mantuvo la referencia del limón— hizo
el remiendo correspondiente: del color
del oro. Solo a los veintitantos años,
cuando fui a Europa, descubrí que allí,
en efecto, los limones son amarillos.
Pero entonces había hecho ya un fascinante rastreo del tercer color del espectro solar a través de otros diccionarios
del presente y del pasado. El Larousse
y el Vox —como el de la Academia de
1780— se sirvieron también de las referencias del limón y del oro, pero solo
María Moliner hizo en 1976 la precisión implícita de que el color amarillo
no es el de todo el limón sino solo el
de su cáscara. Pero también ella había
sacrificado la poesía del Diccionario de
Autoridades, que fue el primero de la
Academia en 1726, y que describió el
amarillo con un candor lírico: Color
que imita el del oro cuando es subido y
a la flor de la retama cuando es bajo y
amortiguado. Todos los diccionarios
juntos, por supuesto, no le daban a los
tobillos al más antiguo, compuesto en
1611 por don Sebastián de Covarrubias, que había ido más lejos que ninguno en propiedad e inspiración para
identificar el amarillo: Entre las colores
se tiene por la mas infelice, por ser la de
la muerte y de la larga y peligrosa enfermedad, y la color de los enamorados.

Estos escrutinios indiscretos me llevaron a comprender que los diccionarios
rupestres intentaban atrapar una dimensión de las palabras que era esencial para el buen escribir: su significado
subjetivo. Nadie lo sabe tanto como los
niños hasta los cinco años y los escritores hasta los cien. Los sabores, los
sonidos y los olores son los ejemplos
más fáciles. Hace muchos años me despertó a media noche la voz de un cordero amarrado en el patio, que balaba
en un tono metálico de una regularidad
inclemente. Uno de mis hermanos menores, deslumbrado por la simetría del
lamento, dijo en la oscuridad: “Parece
un faro”. Una tisana hecha con hierbas
viejas tenía el sabor inconfundible de
una procesión de Viernes Santo. Cuando al Che Guevara le dieron a probar
la primera gaseosa que se hizo en Cuba
para sustituir el refresco del Cuba Libre, dijo sin vacilar ante las cámaras de
televisión: “Sabe a cucaracha”. Más tarde, en privado, fue más explícito: “Sabe
a mierda”. ¿Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan
que sabe a baúl, un arroz que sabe a solapa y una sopa que sabe a máquina de
coser? Un amigo probó en un restaurante unos espléndidos riñones al jerez,
y dijo, suspirando: “¡Sabe a mujer!”. En
un ardiente verano de Roma tomé un
helado que no me dejó la menor duda:
sabía a Mozart.
Creo que este género de asociaciones
tiene mucho que ver con las diferencias entre un buen novelista y otro que
no lo es. En cada palabra, en cada frase, en el simple énfasis de una réplica
puede haber una segunda intención
secreta que solo el autor conoce. Su validez tendrá que ser distinta de acuerdo con quien la lea y según su tiempo
y su lugar. Cada escritor escribe como
puede, pues lo más difícil de este oficio
azaroso no es solo el buen manejo de
sus instrumentos, sino la cantidad de
corazón que se entregue en el único
método inventado hasta ahora para escribir, que es poner una letra después
de la otra.

Para resolver estos problemas de la
poesía, por supuesto, no existen diccionarios, pero deberían existir. Creo
que doña María Moliner, la inolvidable, lo tuvo muy en cuenta cuando se
hizo una promesa con muy pocos precedentes: escribir sola, en su casa, con
su propia mano, el diccionario de uso
del español. Lo escribió en las horas
que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria y el que ella consideraba su
verdadero oficio: remendar calcetines.
Lo que quería en el fondo era agarrar
al vuelo todas las palabras desde que
nacían. “Sobre todo las que encuentro
en los periódicos —según dijo en una
entrevista— porque allí viene el idioma
vivo, el que se está usando, las palabras
que tienen que inventarse al momento.”
En realidad, lo que esa mujer de fábula
había emprendido era una carrera de
velocidad y resistencia contra la vida.
Es decir: una empresa infinita, porque
las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la
calle. Los autores de los diccionarios las
capturan casi siempre demasiado tarde,
las embalsaman por orden alfabético y
en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores.
En realidad, todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde
antes de ser publicado y por muchos
esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido. Pero María Moliner
demostró al menos que la empresa era
menos frustrante con los diccionarios
de uso. O sea, los que no esperan que
las palabras les lleguen a la oficina, sino
que salen a buscarlas, como es el caso
de este diccionario nuevo que me ha
llegado a las manos todavía oloroso a
madera de pino y tinta fresca.
Y cuyo destino podría ser menos efímero que el de tantos otros, si se descubre a tiempo que no hay nada más útil
y noble que los diccionarios para que
jueguen los niños desde los cinco
años. Y también, con un poco
de suerte, los buenos escritores
hasta los cien.

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