Policromática MatÃas Castro Arias.pdf

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duele?, preguntó Héctor, intrigado por la expresión de
su compañera. Sí, por supuesto, me siento parte del
mundo, cada golpe lo tomo como propio, dentro de mis
posibilidades. No quiero llegar a abstraerme. Héctor se
puso de pie y caminó hasta la cocina, donde revisó un
par de cajones y calculó su próximo movimiento. Desde
esa distancia podía ver, si giraba un poco su cabeza, la
espalda de Diana, que aun cuando se escondía bajo ese
grueso pijama seguía evidenciando gran belleza, un
delicado gesto de la naturaleza que captaba su atención
cada día desde que se conocieron. Un regalo. Su cabello
ensortijado se recogía en un lazo celeste y cada tanto
acercaba las manos al nudo, que volvía a apretar hasta
que parecía en su posición correcta. Enfervorizado
la besó en el cuello y declaró sus sentimientos, largo
tiempo, hasta que se sació, y acariciándole una rodilla
le preguntó si entonces, a raíz del temporal, su empatía
la hacía sentir igual que cuando caminaba el par de
cuadras que separan el paradero del departamento,
mojada hasta los huesos. Diana se molestó y le dijo que
no era una santa. Es algo injusto reducirlo de esa forma,
Héctor.
Decisiones y madurez
La relación de Diana y Héctor se mantuvo firme durante
años, superando la media de sus contemporáneos y
sirviendo como ejemplo o motivo para muchos que
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