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acontecimiento. A los ojos criteriosos del hombre no
vale lo mismo la vida del otro cuando éste ha sido el
recipiente de sus pasiones comparada con la del que
vive mil kilómetros más allá y pierde su nombre en la
inmensidad de listas y registros que nuestro siglo sigue
acumulando. Incluso esa vida, sentida como propia,
puede valer en términos hipotéticos más que la de diez,
cien o hasta mil hombres cruzando el océano, si de una
sola persona dependiera. Pero qué pasa, se preguntaba,
cuando suprimes esa ilusión que crea la distancia
física -más fuerte ante cada llanura, montaña o lago
que sumas- y quien está junto a ti -compartiendo un
asiento en la locomoción, esperando en su puesto de
la fila- deja de importarte. Al momento en que ese
otro se vuelve un aspecto decorativo de lo que es tu
propia existencia, entonces qué pasa. Sumida en estas
consideraciones se encontraba Diana cuando sintió
algo incómodo entre sus piernas y, nerviosa, volvió al
otro tema que la llevaba preocupando varios días.
Antes de entrar a la sala de clases pasó al baño, donde
bajó sus pantalones y alzando con destreza parte de sus
calzones revisó la toalla. Pequeñas manchas de sangre
sumergieron en dicha el corazón de Diana, quien tras
cambiarse salió al pasillo para llamar al departamento
de Héctor. Después de intentarlo un par de veces más,
se resignó, asumiendo que su novio estaba en algún
otro lugar. Aguardó un momento, pensativa, y se quedó
mirando hacia la entrada de la facultad: los chicos

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