Policromática MatÃas Castro Arias.pdf

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metros adelante, se mostraría más favorable.
Bajo algunas capas de ropa, el cuerpo de Diana se abría
paso entre la multitud para llegar a la universidad.
Debía alcanzar el paradero, tomar la micro y al bajarse
volver a caminar algunas cuadras antes de sentarse en
una sala gris, donde se dedicaría a escuchar durante
horas los desvaríos de su profesor. La ciudad estaba
convulsionada, las esquinas saturadas ofrecían como
postal rostros de sujetos preocupados por el porvenir
inmediato, aciago según ellos. ¿Resistiría el sistema de
drenaje una lluvia así de fuerte? O peor: una vez que se
largara, ¿cuántos minutos pasarían hasta que colapse
todo? La mayoría oraba para que ese momento se
dilatara tanto como fuera posible, y si llegaba, que lo
hiciera cuando la familia ya hubiera vuelto a casa. Poco
importaba si el vecino quedaba en pana o tenía que
cruzar a saltos una poza gigantesca cuando uno lograba
alcanzar su sillón y en la tibieza del hogar veía cómo,
tras el borde de un cristal, el resto se caía a pedazos.
Caliéntame la comida, amor. Qué triste todo, mi vida.
Diana se preguntaba en qué punto un hecho de esta
magnitud se convertía en desgracia. Dependería, acaso,
de la percepción que tenemos, de cómo o cuánto nos
afecta. Claro, el hombre somete a juicio sólo lo que puede
existenciar, ya sea de una forma directa o mediante el
velo de las palabras, imágenes o sonidos; pero ese juicio
estará supeditado al compromiso que sostenemos,
sea este a propósito o una mera casualidad, ante tal
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