Policromática MatÃas Castro Arias.pdf

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llegaban con pantalones y chaquetas mojadas, el pelo
alborotado y comentando agitados cómo iniciaba el
diluvio. Una mueca de satisfacción se situaba en los
juveniles y hermosos labios de Diana, que mantenía
su pensamiento muy lejos del espacio físico en que se
encontraba.
Terminadas las clases y habiendo vivido de primera mano
el caos de la ciudad inundada, llegó al departamento de
Héctor, que la abrazó a pesar de encontrarla empapada
y desastrosa. Te voy a mojar el piso, dijo ella, lo que
tampoco pareció importarle al joven, quien había
pasado de la inquietud a un relajo creciente tras oír las
buenas noticas. La escena prometía para ambos una
velada de placentero descanso.
Prendida la estufa, los pies en calcetines sobre una gruesa
alfombra, una taza de té y muy lejos de la ropa mojada,
se quisieron y abrazaron su presente escuchando los
últimos discos que el padre de Héctor le había traído del
extranjero. Lo más cercano a estar en otro planeta, dijo
él. Diana acercaba sus piernas a las de él y fijaba la vista
en el juego que ambos aceptaban inconscientemente,
generando en su pensamiento imágenes que se volvían
fuertes, sólidas, que se encadenaban y reflotaban ideas
por las que ya había transitado. Es otro planeta, le
respondió, si pensamos qué está viviendo tanta gente
bajo esta misma lluvia. Si guardaban silencio podían oír
cómo era azotado el exterior del edificio, el fuerte silbido
del viento y, con un poco de cuidado, el horror. ¿Eso te
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