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En definitiva, lo que realmente crea patrimonio, es decir, aprecio por el valor de algo que
nos pertenece y que debemos transmitir a las siguientes generaciones, es la comprensión
de su significado. Las acciones que generan efectivo patrimonio están más próximas a la
interpretación que a la reconstrucción. Y, además, son mucho más baratas. Lo realmente
paradójico es que la única manera de que los decisores asignen recursos a un mantenimiento decoroso de los elementos materiales del patrimonio es que haya una presión social
suficiente, y esta sólo se producirá si hay una complicidad con el significado de esos elementos materiales.

El patrimonio industrial
y minero

ZONA DE EXPLOTACIÓN DEL CERRO DEL CINTO. DIQUES 2 Y 3
FOTO: R. Caparrós

Por acercarnos al tema que me preocupa hoy, hay que anotar la relativamente reciente
aparición de conceptos como el de patrimonio industrial, en el que cabe incluir también el
patrimonio minero (en 1987 participé en Granada en la creación de una Asociación para la
promoción de la Arqueología Industrial, impulsada por el que fuera profesor de Historia en
mi instituto, Miguel Ángel Rubio Gandía).
Lo novedoso de esta incorporación es la reivindicación de los espacios, instrumentos y
jerga del trabajo industrial como elementos significativos para formar parte del legado patrimonial. Esto supone, en la práctica, un socialización y democratización del concepto de
patrimonio. Hasta ese momento, los bienes del patrimonio cultural eran siempre producto
de la acción de las clases o instituciones dominantes: eran las manifestaciones, la forma
de expresión de los poderosos. Ahora se incorporan también los espacios del trabajo, tanto
industrial como agrario o rural.
Dentro de este “patrimonio industrial”, tiene también su espacio el minero. Los espacios
de la minería son impactantes. Suponen grandes alteraciones del medio, y, con frecuencia,
dan cuenta de la evolución tecnológica de una sociedad, especialmente en la metalurgia.
Los espacios mineros abandonados, ocasionalmente acompañados de fundaciones urbanas
específicas, tienen una gran capacidad evocadora y conmovedora. Son terreno abonado
para intervenciones de clarificación del significado. Pero no siempre están en los mejores
lugares para su disfrute. Por otra parte, suelen ser lugares peligrosos, en los que la adecuación para la visita o el disfrute resulta muy costosa. Y, no nos engañemos, somos un país
pobre, no tanto por nuestras variables económicas, sino, sobre todo, por la falta de comprensión y apoyo a las políticas de desarrollo basadas en la identidad y en la recuperación
patrimonial.