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EL SACRISTÁN
Como es comprensible, la parroquia gozó de su presencia y de su ayuda.
Este cargo aparece ligado a ella desde que consta el primer libro de fábrica
de la Iglesia (cuentas). Comprendía tres actividades concretas: ayudar al
sacerdote en el servicio del altar, cuidar de la Iglesia y tocar las campanas.
¡Qué comparación aquélla forma de tocar del sacristán, manualmente,
con la que hoy elabora y manda un ordenador que tiene enlatado el sistema
automático! Aquel toque del sacristán con sus repiques, con los intervalos
de tiempo entre campanada y campanada, con el juego intercambiado de
ambas campanas, grande y pequeña, emitiendo sonidos diferentes era algo
que llamaba la atención y llegaba al sentimiento. Sin embargo, el toque
automático, por lo menos el que yo conozco, en mi parroquia resulta
extremadamente simplón. Pero claro, debemos contentarnos con ello
porque menos es nada.
Esta persona tan profundamente religiosa y tan cerca de la Iglesia,
ocupaba un lugar muy importante en todas las celebraciones. Ha existido
desde tiempos inmemoriales. En el año 1917 recibía una pequeña cantidad
de 50 ptas.
Ha sido una persona muy querida y necesitada no solo en el ámbito de la
Iglesia sino también en la comunidad del pueblo. Rara era la parroquia que
no dispusiera de este ayudante. Su cercanía y su constante relación con los
fieles han despertado el interés y el aprecio por él.
Claro, el sacristán de ahora se parece muy poco al de antes. Hoy es la
actividad de un empleado creyente que atiende la Iglesia en sus aspectos
materiales. Su quehacer resulta también necesario pero menos sustancial
que los quehaceres de antes. Incluso solo se encuentra al alcance de las
parroquias grandes.
Desde el Concilio Vaticano II con la Constitución de Sagrada Liturgia,
aquellas actividades reservadas al sacristán se podían realizar también por
cualquiera de los asistentes que participaban en las celebraciones. En
consecuencia que fue vaciándose de contenido su actividad. No sucedía así
anteriormente con los ritos relacionados de entierros y funerales, pues
compartía con el sacerdote aquellas celebraciones dándoles cierto tono de
solemnidad, incluso de una manera muy solemne la misa cantada de los
domingos y días festivos.
Esta forma de actuar nos descubre que no era una persona cualquiera por
más que existan algunos comentarios demasiado frívolos de ellos. Era una
persona sencillamente buena, responsable, sensata, con una vivencia
cristiana grande y no menos su coeficiente intelectual. Pues en sus
actuaciones debía leer o cantar lecturas y párrafos en latín. Nada fácil para
el sacerdote cuanto más para él.
No todas las personas tienen esta capacidad. Además su fidelidad en el
servicio suponía en algunas ocasiones bastante sacrificio.
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