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En principio les recuerdo que para valorar las cosas, bien sean humanas
o religiosas, el primer paso de todos es conocerlas. No se puede amar algo
si, previamente, no se conoce. Su conocimiento, en el caso que nos ocupa,
nos conduce a descubrir la grandeza de este Niño Jesús al que unos magos
hace 2013 años le adoran y, después de ellos, a esta distancia de veinte
siglos, que nos separan, muchos millones de creyentes le seguimos
adorando. Esto es lo que constituye la columna vertebral de la fiesta. Todo
lo demás son accesorios. Un colorido del hecho.
Este acontecimiento se conoce como la Epifanía del Señor, dicho de otra
manera más fácil de entender, la manifestación del Emmanuel, del Niño
Jesús a aquellos magos, sabios astrónomos, que han visto una estrella que
simboliza el nacimiento de una persona grande. Esta era su comprensión
¡Vaya si lo era: Verdadero Dios! Y desde esta certeza aquellos personajes
grandes le rinden tributo con esos obsequios. Dice el evangelio: “con oro,
incienso y mirra” (Mt 2, 1-12).
Esta es la raíz, el fundamento de la fiesta de entonces y de ahora.
Quedarnos simplemente con los regalos por muy característico que sea del
día y, aun expresando todos los mejores sentimientos humanos, sino somos
capaces de descubrir lo esencial, es empobrecer la grandiosidad de este
acontecimiento religioso.
Existe una reflexión china que al decir y explicar hechos sobresalientes
de la vida hay personas tan superficiales que no descubren el sentido
grande de las cosas. Ni siquiera son capaces de ver su materialidad, los
gestos con su propio significado. Se cuenta que un sabio chino, con su
brazo y con su dedo apuntando a un astro del cielo, recientemente
descubierto, algo grandioso y digno de ver, para su contemplación, algunos
con su mirada más corta y terrenal fueron incapaces de levantar los ojos a
lo alto, para quedarse simplemente con la mirada puesta en la
contemplación del brazo y del dedo.
Algo así puede estar sucediendo en algunas personas pero afirmo que la
inmensa mayoría son capaces de relacionar este acontecimiento con el
hecho prodigioso y grandioso querido por Dios. Otra cosa es su
comprensión desde su fe.
Hecha esta reflexión debemos sacar alguna consecuencia y es que si se
hace en la Iglesia debe hacerse bien. Ese contexto sagrado, de encuentro, de
adoración, de alabanza, de generosidad y de fe se debe reflejar en la fiesta
de la cabalgata y de las personas que asisten.
No podemos quedarnos simplemente con la vertiente de la cabalgata
profana ya que la Iglesia tampoco sería el lugar indicado. Debemos unir lo
profano y religioso En nuestras manos está para que la vertiente espiritual
de sentido a la cabalgata de aquel acontecimiento real e histórico del que
nuestro Señor fue su protagonista y nos sirva a todos de bien espiritual y
de gracia.

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