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Ante esto no hubo ninguna oposición ni de la Iglesia, ni de ningún
partido político, ni de alguien sensato. Sencillamente era algo justo y se
debía hacer.
Si pasamos por otras actividades, las más propias de su misión, como es
el anuncio del evangelio y la celebración del día del Señor en la fiesta del
domingo, vemos en muchas personas su olvido religioso y sus vacíos de
compromiso cristiano. Y es que otras fuentes de tipo cultural, como el
consumismo y el relativismo ético y moral lo vienen sustituyendo. Aun con
este pequeño roto se compensa ampliamente con la preparación y la vida
testimonial de nuestros católicos.
No olvidamos el campo de la educación con su asignatura propia de la
“educación para la ciudadanía”. Reacción en contra de la que anteriormente
había. En su conjunto no ha sido buena según la valoración de los países
europeos que integran este colectivo, más de treinta. Dictaminó su
valoración en el quinto lugar por la cola. Hoy afortunadamente ha
desaparecido.

Balance positivo del ayer
Hasta esta fecha un sencillo balance de la religiosidad del pueblo, desde
que aparece registrado en los libros sacramentales de la parroquia, resulta
muy positivo. Se ve una comunidad cristiana que desde su sencillez de
vida, pero desde un profundo sentido de Dios, ha establecido como norma
de su obrar, los valores evangélicos. Ha descubierto la trascendencia de su
persona, que a pesar de tantas limitaciones de esta vida, sigue estando
marcada con una trayectoria de eternidad. Desde esta verdad asimilada y
encarnada en ellos, conforman una conciencia moral que sea la medida de
sus acciones. A la vez saben que les viene dada desde su sentido de Dios.
El edificio material de la Iglesia fue para ellos la medida de esta altura
religiosa. Era la casa de Dios. Había que cuidarla, protegerla. La casa del
Señor debía ser la más digna de todas. Allí se celebra la fiesta del
domingo con el recuerdo actualizado de su muerte y su resurrección. Se
escucha su palabra, que es la misma revelación del amor de Dios que nos
invita a mirar el más allá, viviendo en el más acá. A ser felices aquí y
después. Siempre actualizando el compromiso de nuestro amor a Dios y al
prójimo.

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