la parroquia de soncillo.pdf

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proceda, con tal de aportar serenidad, paz, buena convivencia e incluso
perdón. Pues si de algo es signo nuestro templo sagrado es de estas virtudes
que tantas veces suenan en él. Ojalá que de este deseo participáramos todos
y que desde esta bondad que emana, todos caigamos en la cuenta de que
una guerra fratricida requiere el diálogo, la comprensión y el perdón. En
activa y pasiva por parte de todos. Este es el camino de la reconciliación.
Por supuesto, no se encuentra en mis manos la potestad de retirar la
placa ni añadir nombres de otras personas diferentes. Naturalmente, salvo
que los responsables decidieran lo contrario. No tuve ni tengo poder para
intervenir en este sentido. Sé muy bien cuáles son mis atribuciones y hasta
donde llegan sus límites. Un servidor en este caso se limita sencillamente a
obedecer. Hay otras personas a las que incumbe esta decisión y haré lo que
me manden. Pero con mi obediencia no quiero desentenderme de aquello
que si en algo pudiera aportar a mejorar las relaciones de convivencia en el
pueblo, estoy dispuesto a realizarlo. Y todo ello desde mi simpleza y desde
mis mejores deseos en bien de todos. Ojalá que todos constataremos que la
guerra fue una desgracia común y que los dos grupos enfrentados lloraron
mucho. Con la única diferencia que unos lo hicieron antes, otros después y
todos a la vez en la contienda. Por esto no cabe la pretensión de
monopolizar el sufrimiento en uno solo, como pretende hacerlo la ley de
memoria histórica, promulgada por otro gobierno. Desde este
posicionamiento no estamos en el mejor camino, ni de conocer la verdad,
ni de llegar a la convivencia en la paz tan deseada y querida por todos.
En algún momento, ante tanta reincidencia de protesta y de tantos
manifestantes que han pasado por delante del pórtico; llegue a pensar, si
bien es cierto, llevado de mi ingenuidad y de mi falta de autoridad en el
ofrecimiento de algo, que carezco: en la posibilidad de aumentar la lista de
los caídos, pero siempre y, cuando, fuese una decisión querida y
consensuada por todos, con el deseo de “UN RESPETAOS” grabado en la
placa y en el corazón de las personas. Así se lo expresé a uno de los grupos
que visitaban el lugar. Su contestación fue radicalmente negativa y
lacónica: “No. Eso se debe quitar...” Reitero lo que os he dicho: no tengo
poder para decidirlo. Recurrid a quien le corresponda. Mi apreciación y
valoración primera de aquel pequeño grupo quedaba muy lejos de esta
contestación. Entonces pensé que lo oportuno, lo más sensato e indicado
era: seguir encomendando este “respetaos” al tiempo y a Dios.
Ahí quedó toda mi actuación. Debo constatar, sin embargo, que la
presencia de los grupos que antes frecuentaban este lugar no lo hacen
ahora, o por lo menos, con esos signos tan evidentes de antes.
Muy crítica esta última etapa
Se entiende fácilmente que la densidad de esta crítica procede en su
mayor parte de unos presupuestos ideológicos que se han acentuado estos
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