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cabañas. Concretamente en la pequeña Iglesia-ermita que tiene, finalizada
la contienda esta Iglesia debe compartir su espacio para el servicio de
escuela concentrando la otra población de Cabañas. Unos años antes
destruyéndolas y ahora a falta de locales resultan necesarias. ¡Qué
contrasentido cuando los odios rigen los comportamientos humanos! Pues
sí; durante varios años esta Iglesia fue escuela a la vez. Algunas personas
mayores que aun viven se acuerdan perfectamente. Incluso matizan de unas
cortinas que dividían el trocito de altar donde se decía la Santa Misa con el
resto del local, convertido en escuela.
El racionamiento y el estraperlo
Fue una ley que se estableció después de la guerra con una finalidad de
carácter social. Su motivación era buena ya que intentaba regular y
distribuir lo poco, casi la miseria, entre todos. Comprendía los artículos de
primera necesidad. España después de la guerra se encontraba
materialmente empobrecida. Todo el mundo debía apretarse el cinturón no
solo para evitar gastos evitables y superfluos sino para todo aquello
relacionado con la misma supervivencia: el pan, el aceite, el vestido, las
medicinas...
Esta situación duró 13 años. Lo recuerdo de niño, ya mayorcito. Hacía
algún recado en casa y cómo para comprar algún producto en el comercio
debía llevar la famosa cartilla del racionamiento. Con ella y, siempre con la
debida presentación, como requisito imprescindible para comprar: Arroz,
azúcar, pan, aceite eran los cuatro artículos que figuraban preferentemente
en ella. Otros artículos estaban configurados con la denominación de
varios: Bacalao, garbanzos, alubias, jabón, leche. El tabaco estaba regulado
y gozaba de la correspondiente cartilla. Todas las familias disponían de
ella.
Fue una época muy dura y difícil, Se vivió lo que era el hambre de pan.
Afectó más duramente a las personas de las capitales que a las de los
pueblos.
Se agravó aún más con el estraperlo. Una especie de comercio oculto y
fuera de la ley. Por supuesto estaba vigilado y perseguido por la justicia. Su
cumplimiento corría a cargo de la guardia civil y, sobre todo, “los de
abastos”. Su quebranto estaba multado con la perdida de aquello que se
vendía o se compraba y la multa correspondiente.
En una ocasión recordando estos tiempos difíciles, unos feligreses de mis
antiguas parroquias me comentaban las peripecias que debieron sufrir el
día, mejor dicho la noche, que decidieron desplazarse a la comarca de la
Lora, en busca de algo de trigo. Allí se producía mucho y bueno. En esta
zona lo que se producía era de calidad, también, pero muy poca cantidad.
Sus arcas se encontraban vacías y desde hacía mucho tiempo; solo un poco

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